HISTORIAS REPETIDAS

 

04 Chavez Maduro Gomez

Era una noche caraqueña llena de augurios y temores. A las 11 y 45 pm del 17 de diciembre, moría el último caudillo, el amo de Venezuela. El país tembló. ¿Y ahora qué pasará? Los pesimistas de siempre sospecharon que una cruenta guerra civil, contenida por la mano enguantada del tirano, caería sobre la agobiada Venezuela, sobre todo si el diabólico primo del dictador, el sanguinario Eustoquio, se alzaba con el poder. El general López Contreras, sin embargo, había estado hasta el final al lado de Juan Vicente y se había ganado su simpatía. Antes de nombrarlo sucesor, la muerte lo sorprendió, pero en el gabinete tenían sus mismas aprensiones y finalmente favorecieron al moderado pero no débil ministro de guerra y marina, lo que le revolvió la sangre de la parte de la familia que quería a Eustoquio en el mando.

López descubre dos cosas: que quieren sacarlo del medio y que debe buscar apoyos más amplios, incluso de la disidencia moderada, para ampliar su propia base. Para fortuna suya, una tropelía audaz de Eustoquio le allana el camino. Con aire de pocos amigos, se abre paso entre la gente que lo odia pero le teme concentrada en la Plaza Bolívar y se dirige a la gobernación.

El general Félix Galavís y cerca de una decena de acompañantes lo esperan con la orden de disparar si aquel pelaba por su arma. Con una sarta de improperios, el bárbaro llama traidor a Félix Galavís y amaga con sacar su revólver, pero antes de que pudiera hacerlo recibe cuando menos ocho impactos. El año no ha terminado. Es 20 de diciembre de 1935.

Uno de los presentes se asoma al balcón y grita: ¡el asesino Eustoquio Gómez ha muerto! Es Corao, a quien durante muchos años le atribuirán sin fundamento el hecho letal.

López Contreras debió sentirse aliviado, pero a poco comienzan los saqueos y los atemorizados gomecistas presionan para que se aplique mano dura a los revoltosos. López no está sólido en el cargo; comprendiendo que si la apertura es necesaria, fácil no será, procede a complacer a los duros del gobierno decretando la suspensión de garantías. Es 6 de enero de 1936. Ahí ardió Troya. Estudiantes, periodistas, comerciantes recrudecen las protestas. En la oposición, Andrés Eloy Blanco, al frente de una larga lista de personalidades, había publicado una carta destinada a facilitar la apertura de López pero el retroceso represivo del gobierno le sobrepone la cólera colectiva al inteligente gesto de amplitud.

El 13 de febrero, la Federación de Estudiantes de Venezuela, presidida por Jóvito Villalba emite un comunicado terminante que sin cerrar la puerta al diálogo pone los cambios exigidos por el país para conquistar una democracia moderna. Citaré un fragmento de ese documento por su sorprendente parecido con las malas costumbres del gobierno del presidente Maduro.

“Alarma igualmente a la ciudadanía la constante práctica de acudir al expediente, inventado por Pedro Manuel Arcaya en 1928, de acusar de extremista desestabilizador a toda persona no grata al gobierno, con objeto de justificar la represión”

López viró de nuevo hacia la moderación y entre dame y te doy culminó su período que, en general, le dio un puesto relativamente decoroso en la historia de Venezuela.

Las circunstancias hoy no son las mismas, pero en algo se parecen. López, sin duda más inteligente y con mayor dominio de sí que Maduro, entendía que escalar la represión, sin abrir la mano cuando la situación lo apremiara, era el camino seguro hacia la derrota más escandalosa y la reproducción del sistema de odio recién superado.

La espiral en que se pierde el gobierno de Maduro es la contraria. Mientras más problemas, más arremete armas en mano, y si la gente no se rinde escala el conflicto. Esa lógica ilógica se repite en escala internacional. En el mundo el retroceso del gobierno es continuo, como acaban de demostrarlo la no presencia de Maduro en la toma de posesión del presidente uruguayo Tabaré Vásquez, y muchos otros incidentes en estos días. El aturdido régimen venezolano ha decidido atribuir a la oposición su hondo fracaso en todas las áreas del hacer gubernamental; a la “oposición coludida” -según repite como muñeco al que se le acaba la cuerda- con la inminente invasión gringa.

Son tonterías reveladoras. El gobierno necesitaría dialogar con la oposición en la crítica situación que lo atormenta, pero ha preferido refugiarse en el apocalipsis decretado por la brutal obsesión de meter presa a la dirigencia disidente y golpear en forma salvaje a estudiantes y pueblo que hacen uso del derecho constitucional a la protesta pacífica.

Ante la cercanía de las parlamentarias y las críticas hasta de países hace poco incondicionales, parece reventar en el oficialismo un brote de arrebatos desesperados. Los estertores de la guerra económica, el “golpe inminente”, la “invasión ya lista”, el magnicidio que nunca llega, serían tomadas a guasa de no ser por el gran peligro que amenaza a los venezolanos de todas las banderías, de todas las aceras.

Pese a la tozudez del poder es posible derrotar la violencia. Pero hay que hacer un mayúsculo esfuerzo a favor de la unidad de todos los rostros, y no solo de algunos. Un documento suscrito por ellos, incluida la MUD, que afronte el muy cercano reto comicial; por supuesto, quedando claro que esa unidad supone respaldar a los perseguidos cualquiera que sea su condición social y su bandería política.

Unidad, sí, unidad sin cuentas por cobrar y sin aquella pasión desatada que impide la reunificación democrática de Venezuela.

 

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