El poder de la palabra

En estos días, dos personas muy distintas han provocado un repudio mundial por lo que han dicho en programas de televisión. Estos dos hombres públicos no pueden ser más diferentes, lo único que tienen en común es que ambos son venezolanos. Se trata del inefable Chaderton y el aparentemente muy famoso Rodner Figueroa. El mal gusto y la crueldad implícita de sus opiniones los han convertido en tema de escarnio tanto en nuestro país, como internacionalmente.

Pero lo que llama la atención es que no se trata de casos aislados. Hace años, Uslar provocó un revuelo cuando usó públicamente la palabra “pendejo”. Hoy nos da mucha risa que dos niñas bellas se feliciten ante una audiencia mundial usando palabras que en otra época eran insultos y que los hombres jóvenes traten a sus amigos con epítetos que hubieran causado indignación en tiempos pasados. Esto puede parecernos inofensivo, pero cuando el fallecido presidente hablaba de pulverizar a sus adversarios, o el actual inquilino de Miraflores trata de “monstruo” a su más famoso preso político, caemos ya en otro plano, muy peligroso.

Igualmente reprobables son los que hablaban del “mico mandante” y siguen usando la palabra “monos” para referirse a los chavistas. Se trata no solo de la descalificación, sino de la deshumanización del otro que, sabemos por los precedentes históricos, nos puede llevar al desprecio total por los demás e incluso a cuestionar su derecho a existir. El ejemplo más famoso de la palabra como instrumento previo a la destrucción fue en la Alemania nazi, pero más recientemente en Rodesia, se llevó a cabo la descalificación en programas similares a “La Hojilla”, como preludio al genocidio.

El embajador Chaderton conoce muy bien el caso pues en Cancillería lo discutimos muchas veces. Rodner en cambio, no creo que esté enterado.

 

 

 

 
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