EL DESAFIO MAYOR

06 Pobreza Socialismo Siglo XXI

 

Entre los éxitos de los actuales gobernantes hay que anotar la creación de una narrativa que les permitió reescribir la historia para alterarla, forjar una leyenda que los presentara como héroes, sustituir valores, descalificar en bloque a los gobiernos pasados y desterrar por criminal toda clase de oposición.

La nueva narrativa dividió la sociedad en dos y se propuso que ambas partes se incomunicaran, se enfrentaran, se excluyeran y se odiaran irreversiblemente.

El cuento oficial dominó el discurso público hasta el punto de colarse sobre el de la oposición. Sus argumentos y modos de razonar fueron admitidos también por quienes lo resistían, de modo que las fuerzas democráticas esgrimieron un discurso siguiendo los esquemas del régimen.

Pero la realidad fue volteándosele al discurso oficialista. Su guión se hizo repetitivo, las promesas se hicieron circulares. Mientras más se proclamaban como portadores de la verdad, más brutal aparecía la incongruencia entre palabras y hechos. El único débil sostén de legitimidad sólo podía mantenerse extendiendo las mentiras hasta el absurdo.

Pero hasta su propia mitología revolucionaria no podía contener la comparación de procesos de emancipación de otros países con el aplastamiento de la sociedad democrática y productiva por parte del Estado centralista y rentista regentado por la boliburguesía.

Aquí la revolución, hinchada por la concentración de escandalosos privilegios en menos del 1% de la población, terminó por estallar por obra de la corrupción y un nivel de ineficacia que debe ser – como la inflación o los homicidios – la mayor del planeta.

El socialismo del siglo XXI , fase superior del populismo venezolano, fracasó. La multiplicación de recursos apenas sirvió para parir las misiones, una reedición de programas sociales en su mayoría conocidos en el país, pero con más plata para repartir.

No atinó a invertir parte de esa enorme riqueza en favorecer una economía fuerte y con un mercado adaptado a las demandas de la sociedad y un bienestar sostenible para la población.

El socialismo del siglo XXI pudo haber realizado un ajuste social de la economía privada y una reorientación del gasto público hacia inversiones sociales destinadas a emancipar estructuralmente de la pobreza a millones de venezolanos.

No ocurrió así. La regadera distributiva se usó para remachar la dependencia económica de los pobres y la mayoría de la sociedad al Estado. No sólo en el terreno económico, porque también la victoria electoral convirtió a la presidencia de la República en puntal de un plan para tomar por asalto todas las instancias del Estado.

Las instituciones fueron cayendo una a una, dejando lugar a una democracia mínima, más como vitrina hacia el exterior que como atención a la vigencia del Estado de derecho. Se transformó la naturaleza del poder que retrocedió desde la democracia a un autoritarismo que mantuvo ficciones como la supuesta existencia de una democracia protagónica.

Se adoptó el modelo cubano, no porque reportara progreso humano, sino porque implicaba una renovada tecnología de control político. La fórmula caribeña había probado que se podía acabar con la democracia, la economía y un país uniendo la fuerza de las armas con la conquista de una mayoría convencida que la entrada al infierno era la puerta del paraíso.

Se logró el milagro al revés: Venezuela está por detrás de Cuba en todos los indicadores económicos y sociales. El retroceso pasó de las estadísticas a la vida cotidiana.

No es la confrontación entre discursos, sino entre la falsa verdad oficial y las colas, la inflación, la inseguridad o la pretensión gubernamental a obligarnos a defender a sus delincuentes sino a que paguemos los centenares de millones de dólares que están en cuentas, no exactamente patrióticas, en el exterior.

Pero no todo el rechazo al gobierno se ha convertido en apoyo a la oposición. Son demasiados años identificando a esta oposición con todo lo malo del pasado, acusándola de derecha, fascista, burguesa o imperialista. Es también cierto que la lealtad política con un proyecto que contó con un mayoría emocionalmente comprometida, necesita tiempo y conciencia activa para disolverse.

La oposición está exigida de hacerse alternativa. Elaborar su nuevo relato sobre el país, cambiar los fundamentos tradicionales de su estrategia, renovar el modo de hacer política, asumirse como una vanguardia de la sociedad que ahora debe nutrirse de ella porque es muy débil para orientarla desde lógicas predominantemente partidistas.

 

Sin unidad programática eficaz, sin estrategia común, sin formas de lucha concertadas, sin un liderazgo competitivo, pero definido se podrá ganar una elección, pero no contribuir a la irrupción de un nuevo país.

 

Es urgente abandonar las pequeñas pugnas entre líderes y parcialidades para trabajar juntos el desafío mayor. Tarea difícil, pero que hay que hacer posible.

 

 

 
Simón GarcíaSimón García

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