¿Destruir para construir?

La semana pasada, mi hijo de 14 años me dijo que en la clase de Historia de Venezuela habían visto un video que lo había dejado triste. “Todo estaba empezando” –comentó. “El descubrimiento del petróleo, la construcción de carreteras, de edificios… Todo arrancando”. Estaba nostálgico y aunque no se tratara del mismo video, decidí ver el de “Caracas, crónica del siglo XX” de Bolívar Films, para entender sus inquietudes. Lo vi anoche, antes de escribir este artículo, y quedé tan nostálgica como él. Efectivamente, como me dijo él, se queda uno con la triste sensación de que la construcción de aquel país que empezó con tanto empuje e ilusión pareció derivar, después de tanto esfuerzo, en este estado caótico en el que al menos lo veo yo.

En algún momento, el video alude a la “paradoja” de la que se estaba siendo testigo: esa de “destruir para construir”. Puede ser que en algún caso particular haya alguna respuesta lógica que explicara la destrucción de lo construido para dar paso a lo nuevo. Que algún edificio concreto, por ejemplo, obstaculizase el paso de una avenida nueva. En general, sin embargo, el proceso de abandono y eliminación de lo anterior en aras de la modernidad, no tuvo, desde mi perspectiva, sentido alguno. Evidenció, por el contrario, una falta de conciencia histórica aguda, pues salvo por las guerras, las sociedades que se precian de lo que son, en virtud de lo que fueron, no han sometido a sus ciudades a la destrucción de lo antiguo. Los rieles de los ferrocarriles se modernizan, así como los trenes, pero no se eliminan. No se destrozan las catedrales ni los castillos antiguos, ni se echan por tierra edificios pasados de moda cuando se tiene sentido de la historia, pues lo que hoy me parece moderno será viejo en unos años. El ciclo no acaba, pero la ignorancia y un falso sentido del progreso sí pueden acabar con lo hecho. ¿Se imaginan a los españoles poniendo una bomba a Toledo para construir una ciudad nueva, moderna?

En fin, mi deseo no es echarnos tierra, pero sí llamar a la reflexión sobre la necesidad de fomentar la conciencia histórica. Un video de una sociedad que arrancaba con fuerza no debería dejarnos tan nostálgicos si pudiésemos saborear hoy en día de sus frutos y ver la patencia del paso del tiempo -y de los esfuerzos- en las edificaciones que los recuerdan. La nostalgia nace porque lo visto nos parece un pasado irrecuperable y que salvo por una edificación que otra, no hay vestigio del ayer en nuestra ciudad.

Esto que sucedió en el ámbito de la construcción dejó en evidencia nuestro modo de entender el pasado, el presente y el futuro. Y no es gratuito, por ello, que la vulnerabilidad de nuestras instituciones esté asociada a este hacer y deshacer. La estabilidad de las sociedades dependen en parte de ese respeto al pasado, a lo hecho y logrado por los antecesores, a lo reflexionado en torno a los errores, a la autocrítica asimilada, al cuidado de lo construido: a su mantenimiento. Lo estable en las sociedades trasciende a sus individuos. Mientras estos desaparecen, por ley de vida, aquello perdura y va configurando la historia de un país.

Deshacer para construir equivale a ir destrozando las fotos y los recuerdos de la propia historia familiar a medida que vamos creciendo. A nivel personal, esto significaría debilitar la identidad, por quebrar esa línea del tiempo para dejar sólo retazos inconexos. Con un país sucede lo mismo.

La falta de conciencia histórica afecta la estabilidad de aquello que debe perdurar en el tiempo y fortalecer por lo mismo la consistencia de una nación. Con esto de guardar los recuerdos familiares, algunos alegan que no tiene sentido acumular cosas que los descendientes no valorarán. “Con reservar el pasado en la memoria basta”, dicen. “Cada quien que viva lo suyo”.

Esta visión olvida que la memoria muere con uno y con uno moriría un legado que nadie más conocería si no dejo evidencias. Además, eso que creo sólo “mío” es también del otro, porque ese otro es en gran parte lo que yo fui; por eso conocer lo “mío” le ayudaría a comprenderse a sí mismo. Por otra parte, los descendientes valorarán lo que se les enseñó a apreciar como valioso y eso siempre dependerá de cuán valioso lo aprecia el que enseña. Se ve así cuán cierto es que quien desdeña el pasado, desdeña el presente. En el momento no lo ve, pero a la larga dejará de apreciar el sentido de su propio paso por el tiempo.

En fin, estos videos dan nostalgia, pero no deben servir para ponernos tristes, sino para aprender las lecciones de la historia. Todas las sociedades pasan por lo suyo. A nosotros nos toca aprender a valorar lo logrado, a través de un recuerdo vivo y continuado, y a rectificar en aquello en que hemos errado. La reflexión no borra los errores cometidos, pero sí los redime, en el sentido de que abre surcos más hondos para sembrar, en el futuro, una democracia más sólida y madura.

 

 

 
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