El santo y la limosna

Luis Vicente León, a quien respeto como profesional, aprecio como persona y estimo como amigo, se cansa de tratar de explicar en dónde estamos parados. No consigue hacerlo. Tampoco otros economistas. Nos hemos convertido en adictos a la más vana esperanza. Y quien se permita criticar el ilusionismo, recibe por respuesta un responso casi ceremonial, porque está prohibido rociar con agua de realidad a los ciudadanos. Así las cosas, estamos permanentemente entre suspiros y rezos. Buscando con desesperación alguien que nos diga lo que queremos oír.

Pero la verdad no puede ser abandonada a su suerte. Por triste o impopular que sea. Porque la mentira la pisotea y se enseñorea. El desastre está presente, omnipresente. No queda ya resquicio de la sociedad y la economía libre del caos. Y la corrupción, por mucho la más pestilente de nuestra historia, comienza a revelarse frente a los ojos atónitos de los ciudadanos. España, Andorra, Luxemburgo. Cantidades estrafalarias. Dineros mal habidos, birlados en negociados nauseabundos que engrosaron cuentas de los ladrones. Saqueo de las arcas públicas, que no es otra cosa que robo a los ciudadanos, sin distingo de raza, religión, estatus. Robaron al trigueño y al catire, al joven y al viejo, al urbano y al rural, al profesional y al obrero, a todos. Democráticamente. Hoy no solo somos más pobres, sino que estamos hipotecados por generaciones.

En países donde sí hay libertad de prensa y expresión, la verdad venezolana agarra titulares e investigaciones. Se ha visto apenas la punta del iceberg. Colegas de Argentina, España, Colombia, Uruguay, Estados Unidos y otros países han logrado desentrañar la madeja de la inmundicia. Agarraron el cabo de la hebra que al seguirla permite retroceder en el laberinto de transacciones, coimas, comisiones, estafas. La cuenta va por cifras estrafalarias.

Decía Tennyson que “el amor y la tos no pueden esconderse”. Yo agrego el dinero. Si el inmenso monto de petrodólares que en teoría hizo Venezuela en estos años hubiera sido invertido, lo veríamos. Pero lo único que abunda en Venezuela es una pavorosa pobreza, la ruina de miles de empresas grandes, medianas y pequeñas, el olor del ñangarismo más tercermundista.

Los ladrones saben que están a punto de ser expuestos. Hay algunos cantando, a cambio incluso de ser admitidos en programas de protección de testigos. Entonces los corruptos se dedican a planificar su impunidad. A decidir a dónde escapar. Hay manuales detallados para ello. Ha de ser un país con secreto bancario y prohibición de extradición. De preferencia con clima benigno. Y buenos servicios públicos y delivery de todo. Tampoco es cuestión de pasar trabajo o terminar chancleteando en la nación de albergue.

Se llevaron el santo y la limosna. Y hasta los bancos de la iglesia. Eso sí, quemaron el confesionario. Y una gigantesca cantidad de los dineros esquilmados se les irán en comprar la indispensable impunidad.

No es linda la verdad. Pero negarnos a verla sólo nos hunde más. Los problemas no se resuelven cerrando los ojos y tapándonos los oídos. Los que hoy, vestidos de rojos rojitos, ocupan las curules parlamentarias nacionales son los principales cómplices de la vagabundería. Y hablando de esperanza, la única esperanza que tenemos de salir por las buenas de las arenas movedizas en las que nos hundimos es sacando a esos “señores” de allí. De lo contrario seguirán acabando con Venezuela. Votar, entonces, no es una opción, es una obligación para algo tan elemental como la supervivencia.

 

 

 

 
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