La clave está en la decencia

 

Si nosotros no corregimos esto, lamento decirlo, un futuro mejor no es posible

Muchas personas creen que lo opuesto a la corrupción es la honestidad. No es así. Una persona puede no corromperse porque jamás se halle en situación de caer en la tentación. Eso la hace honesta y honrada, no necesariamente decente. La decencia es mucho más exigente. Supone que incluso confrontada con episodios comprometedores, la persona elige no sucumbir.

Una persona toma un autobús en Copenhague. Nadie le revisa el ticket o la tarjeta. Ello acarrearía costos que el usuario vería reflejado en el importe a pagar por el traslado. Pero la gente no hace trampa. Paga el servicio aunque las posibilidades de que caiga en un chequeo al azar son mínimas. Robar para esa persona sería no solo estúpido sino indecente. Y para los daneses la corrupción no es sólo es un delito, es algo ética y moralmente deleznable. Y, además, un costo oculto que sus ciudadanos no están dispuestos a sufragar. Dinamarca es, según diversos reportes de reputadas y confiables organizaciones no gubernamentales, uno de los países menos corruptos del planeta. La calidad de vida es de las mejores, con una clase media mayoritaria y sólida y la casi inexistencia de pobres.

No somos daneses. Es la justificación que algunos nos enchufan. Dicen que somos genéticamente corruptos, que lo llevamos en la sangre. Habrase visto tamaña necedad. Una excusa simplona para validar lo inaceptable. La corrupción le cuesta a Venezuela vidas, salud, educación, movilidad, bienestar social, parques, ahorros, futuro. No es cierto lo que algunos pomposamente afirman, que no es posible ser decente en la administración pública. No solo es posible sino que no ser decente es carísimo para el país y los ciudadanos de hoy y del mañana. La corrupción le resta a la nación los recursos que requiere para progresar con equidad.

La mejor herramienta de la que dispone una sociedad para luchar y vencer a la corrupción es colocar en las posiciones de poder y decisión a decentes. No votar a los corruptos sino, más bien, botarlos de donde están robando. Los decentes somos mayoría.

Muchos, depresivamente, creen que el asunto no tiene remedio, que los corruptos con su accionar al margen de la ley viven mejor que los decentes. Cuando el que roba en nuestra cara, vive mejor que usted que es decente y trabaja todos los días, ¿cómo se hace para vivir con decencia?

Si nosotros no corregimos esto, lamento decirlo, un futuro mejor no es posible. Una parte importante de la sociedad apoya a candidatos corruptos. Con sus votos los sienta en las butacas desde donde se planifica, se perpetra o se acolita la corrupción. Esa parte de la ciudadanía cree que algún beneficio obtendrá al apoyar a los corruptos. No es así. Los corruptos solo se benefician a sí mismos. La corrupción, entendámoslo, se devora todo, la corrupción mata. La corrupción es lo opuesto a la decencia.

Así, la gran pregunta es, ¿cómo hacemos para tener dirigentes mejores? La respuesta a esa enorme pregunta la tendremos los ciudadanos el día en que nos decidamos a vivir en una sociedad justa y mejor, liderada por decentes.

 

 

 
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