LA ESTAFA NACIONAL

 

bolivares-dolares1-765x510Si en otros parajes o situaciones pretéritas, el sujeto del crimen económico cometido en contra de algunas naciones pudo haberse denominado sector financiero, Fondo Monetario Internacional o banca privada, en Venezuela el autor de la masacre en desarrollo tiene prístino y perfectamente visible nombre con apellido: el control de cambios.

El instrumento económico a través del cual el PSUV no sólo quebró al aparato productivo nacional, y extorsionó a una amplia gama de personas inocentes, sino que gestó una estafa histórica de gigantescas proporciones, que ha comprometido el futuro de millones de venezolanos, organizando una especie de festín privado con toda la renta nacional en operaciones financieras y apropiaciones indebidas.

En el control cambiario de la era chavista se asienta el arquetipo, el símbolo por excelencia de la de corrupción en la era bolivariana. Cadivi es el equivalente a lo que en el Pacto de Punto Fijo pudo haber significado la quiebra de Recadi, o el caso Sierra Nevada, pero conjugado en un largo gerundio, con montos muy superiores, que ha durado ya más de 10 años.

Esgrimiendo la excusa de que las divisas de la renta por venta del petróleo eran “del pueblo”, y de que era necesaria una draconiana intervención del Estado en la economía para proteger al país de los quirópteros del sector privado, el gobierno de Hugo Chávez se apropió por completo de la renta nacional y creó con sus excedentes unos fondos, concebidos para ahorrar el excedente en divisas, presumiblemente con el objeto de paliar eventuales escenarios de vacas flacas y garantizar, sobre todo, la estabilidad de su proyecto.

Con el paso del tiempo, la ampliación de los controles, siempre aludiendo la importancia del máximo interés nacional, se extendió a todos los capítulos de la economía: a los precios y tasas de interés y, progresivamente, a las importaciones.

Jorge Giordani fue siempre firme defensor de intervenir todas las variables del comercio y la formación de los precios, ahí mismo, en donde tenía su génesis. El objetivo: salvarnos de los enloquecidos efectos de “la mano invisible” del mercado.

Todo empresario, salvo prueba en contrario, es un truhán. Todo funcionario del gobierno, al ser revolucionario y decir que es de izquierda, está capacitado para impartir la justicia. El presupuesto se calcula, el dinero se reparte, los precios se vigilan y todo se estatiza. Creamos comunas y organizamos una sociedad perfecta.

En medio de un disparatado desorden del gasto, los objetivos que se trazó Giordani, por supuesto, no se cumplieron ni remotamente.

En Venezuela hay control cambiarios, pero se ha producido una masiva fuga de divisas; hay control de precios, y tenemos la inflación más alta del mundo; hay control de las importaciones, y estás se ejecutan cada vez con criterios más desencaminados.

Los militares tienen tomado todos los automercados del país, exigiendo identificación y controlando la mercancía, y vivimos una escasez de bienes y servicios que roza los niveles de una crisis humanitaria, entre otras cosas por la gravedad que observa en el sector de las medicinas. Giordani nos salvó de la “mano invisible” del mercado, y nos puso en manos de otra, bastante visible, la del funcionario corrupto y matraquero que desvía productos a la frontera.

Pero por supuesto que en lo asentado hasta aquí tenemos expuesta la mitad de la historia. La crisis de Venezuela no es únicamente la consecuencia de un modelo económico estructuralmente antieconómico.

Al captar la renta nacional y depurar los mecanismos de control sobre la sociedad venezolana, los chavistas fueron creando un complejo entramado de canales para organizar negocios millonarios, favorecer a jerarcas amigos, promover a familiares mediocres y engordar la nómica del Estado con parásitos.

Los dólares que, decía Chávez, eran “del pueblo” le sirvieron a unos cuantos vivos para crear empresas fantasmas, triangular bienes, sobrefacturar obras, o autoadjudicárselas; para hacer del peculado de uso una política de Estado.

Estas prácticas, lo sabemos, toca a altos funcionarios del gobierno, a los administradores de la hacienda nacional de estos años; a miembros del Poder Judicial y la Fuerza Armada.

Los precios del petróleo bajaron sorpresivamente, y han tomado a Venezuela con los pantalones en las rodillas. Las máculas del saqueo nacional, el millonario desangre de Cadivi; los descomunales montos de los Bancos de Andorra, las verdaderas causas de la ruina nacional, quedan evidenciadas a la vista de todos.

Concretada la estafa, conculcados los derechos económicos de los venezolanos, consagrados en nuestra Constitución, a usted le queda un caramelo: 700 dólares en el cupo para irse de viaje a Estados Unidos.

El chavista se ríe. Estos burgueses no tienen remedio, de verdad. Gran cosa. Usted no puede ir a los Estados Unidos. Ellos, por supuesto, van a cada rato, pero esa es otra discusión. La vida que ellos llevan no tiene nada que ver con lo que estamos discutiendo.

 

 
Alonso MoleiroAlonso Moleiro

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