Cuando Felipe era Isidoro

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Fábula Cotidiana                     

Se conocía como Isidoro y había llegado con un grupo de jóvenes dirigentes sindicales que discutían sobre la sucesión española ante el ya inminente fallecimiento de Francisco Franco. Era el gobierno de Carlos Andrés Pérez y existía una estrecha relación entre aquellos jóvenes, algunos abogados laboristas que habían defendido la causa de los mineros de Asturias, y dirigentes de la CTV. Un mediodía en el restaurant La Mansión de El Rosal, Isidoro, de una enorme elocuencia, ofrecía las claves de lo que habría de ser la transición española.

Era dirigente del PSOE (el histórico partido de Pablo Iglesias) y vivía en Francia. En el mes de octubre de 1974, un año antes de la muerte de Franco, ya con el nombre de Felipe González resultó elegido secretario general del PSOE. Era una figura nueva que renovaba la política española anclada en las costosas contingencias de la guerra civil, y que ofrecía una visión contemporánea de lo que habría de ser la Europa de los años siguientes. Muerto Franco, González se dedicó a reconstruir las viejas estructuras del PSOE con la incorporación de nuevos contingentes de jóvenes de militancia socialista.

En julio de 1979 ya consolidaba la transición y el país encaminado hacia una democracia, que si bien era incierta, se basaba en el esfuerzo conjunto de un grupo de líderes con amplia experiencia en las luchas contra el franquismo, se realizó la asamblea del PSOE en Madrid, que habría de discutir entonces materias ideológicas. González, convertido sin duda en el líder socialista, habría de ser reelecto sin mayores problemas, tal como ocurrió.

Sin embargo, surgió un elemento de fricción: la definición ideológica del partido. Para la vieja dirigencia era irrenunciable el compromiso con el marxismo y para la mayoría de los jóvenes liderados por González no era una materia sustantiva, si se tomaba en cuenta el rumbo que tomaba la política en el ámbito europeo con el nacimiento del eurocomunismo en Francia, Italia y también en España, estimulado por el viejo comunista Santiago Carrillo.

En la reunión celebrada en Suresnes se impuso la tesis de que el PSOE debía asumir la connotación marxista con dos consigas: “Marxismo sí, marxismo no”. González opinó que el partido no debía definirse como marxista, porque además de un error político no se correspondía con la tradición del PSOE que nunca asumió una definición de este tipo. González sostenía que el “marxismo había que tomarlo en un sentido crítico y como una metodología, como un instrumento de análisis muy valioso, que no se le podía usar como una definición absoluta”.

Algunos delegados creyeron que no hacer esta definición suponía una actitud de derecha y entonces, cerca del 70% de los delegados al congreso votaron por una definición marxista del partido. “Yo, que sé estar en mayoría y minoría dentro de mi partido, no acepté la reelección a la Secretaría General, a pesar de que el 90% de los delegados, obviamente una inmensa mayoría de los que habían derrotado la tesis ideológica, querían que yo aceptara”.

González huyó de la prensa, eludió todo tipo de declaraciones, se especuló que había tomado unas vacaciones, pero lo cierto es que mientras más era buscado por la prensa española, más crecía el misterio sobre su ausencia. Al día siguiente, sin anuncio previo, Felipe González se presentó en el Hotel Ávila de Caracas, invitado a un evento sindical de la CTV. Muchos colegas reporteros dudaron que fuera él. ¿Por qué huía de la opinión española y se refugiaba en una habitación de un modesto hotel caraqueño?

Junto con el fotógrafo Luigi Scotto abordamos a González en un discreto asiento del evento, rodeado por dirigentes cetevistas. Inicialmente se negó a la entrevista con un argumento que a su juicio era válido: “si me negué a declarar en España no tendría sentido hacerlo ahora en Venezuela, que no tiene nada que ver con lo que ocurrió en el congreso del PSOE”. Luego de mucho insistir, González me dijo: “podemos hablar informalmente, no quiero el carácter de una entrevista”. Juntos caminamos hacia el jardín y en el trayecto nos encontramos con Rómulo Betancourt, quien abrazó a González con desbordante aprecio. González le explicó que había decidido conversar con el reportero del Diario de Caracas por breve tiempo, a pesar de que en España no se tenían noticias de él. Betancourt sonrío y le dijo: “¿Quién ibas a creer? Caíste en manos de un periodista venezolano”. La entrevista se publicó el jueves 26 de julio de 1979 en el Diario de Caracas y vale la pena reproducir algunos diálogos:

 

− ¿Por qué no aceptó la decisión de su partido? Con ello hubiera dado un buen ejemplo de tolerancia democrática.

− No, que cada quien tire su tren. Los compañeros cuya posición había triunfado tenían derecho a dirigir el partido. Eso era lo correcto, pero parece que le tuvieron miedo a la responsabilidad.

 

− Usted participa intensamente en el debate interno. ¿Sus planteamientos acaso han ganado audiencia o por el contrario se han debilitado? ¿Es verdad que ha perdido el apoyo del partido de Barcelona, ahora Madrid, y solo le quedaría el “bastión sevillano”?

− Lo que ocurre ahora es que en el PSOE ya nadie discute el problema ideológico. Eso desapareció. Ya nadie defiende esa posición.

 

− ¿Y entonces qué se discute?

− Mira, la discusión hoy es de otra naturaleza. Vaya, podíamos decir que es un debate personal.

 

− Usted ha venido varias veces al país invitado por Acción Democrática y se conocen sus vínculos personales con dirigentes adecos. ¿Hasta dónde llegan sus compromisos con ese partido? ¿Qué similitudes existen entre AD y el PSOE?

− Hay relaciones de amistad y personales con dirigentes de AD. Ahora, en relación a las similitudes ideológicas, el problema es muy claro. No se pueden establecer paralelos entre los partidos socialistas europeos y las fórmulas socialistas o socialdemócratas de América Latina. En Europa, los partidos tienen una definición de clase muy notoria y ella los hace asumir con mayor fuerza el planteamiento marxista, mientras que acá los partidos socialistas tuvieron una visión restringida del marxismo y se fundaron a partir de la afirmación de lo nacional sobre lo extranjero. Por eso son partidos con elementos tomados del populismo y el nacionalismo, y su base social es mucho más amplia, va más allá de la clase obrera. Ese hecho, en mi opinión, hace que sean realidades políticas y sociales distintas.

Vestido de guayabera, fumando un habano y tomando un jugo de naranja, Felipe González se sonrió y me dijo: “ya tienes la entrevista”. 36 años después, luego de haberse convertido en un venezolano “por adopción”, González recibe en España el premio de periodismo Ortega y Gasset concedido a Teodoro Petkoff, quien no pudo viajar a Madrid por una prohibición judicial. Así mismo, se propone asumir la defensa internacional de los presos políticos venezolanos.

 

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