La Verdadera Revolución

Caminando con Carlos

 

De nuestro muy querido Cabriales, de ese rio hermoso que nos cuentan los viejos valencianos, que nos daba agua para beber, bañarnos y disfrutar, sólo quedan las pinturas de Arturo Michelena y Braulio Salazar.

El Cabriales de hoy es sólo una enorme y activa cloaca que cruza Valencia, igual que los diversos caños que atraviesan nuestra capital. Todos ellos llevan años como recolectores, a su pesar, de basura y desperdicios que conducen hacia la primera gran víctima de la falta de conciencia de malos ciudadanos y del Gobierno: el lago de Valencia.

No es un desastre nuevo. Es una tragedia ambiental y de salud pública que viene creciendo día tras día. Actualmente, sólo una muy pequeña parte de esas aguas profusamente contaminadas es tratada adecuadamente, el mayor volumen va al Lago de Valencia lo que parece no importarle a nadie.

Las aguas del Cabriales y otros caños valencianos, y por ellas las del Lago de Valencia, son hoy en día veneno activo sin considerarse que además, en el caso del vertedero La Guásima, se  filtran hacia las fuentes acuíferas subterráneas residuos tan tóxicos, producto de las toneladas de basura mal distribuidas allí en años, y esas aguas están contaminadas, desarrollando patologías y malformaciones entre vecinos consumidores del vital líquido.

Estamos hablando de agua tan contaminada, oscura, hedionda y envenenada que aún hervida es peligrosa. Llevamos años con advertencias, análisis, comisiones de todos los niveles de autoridad, y el problema no sólo no mejora sino que empeora.

Todo el sistema de aguas de Valencia requiere de un enorme trabajo serio y profesional para que podamos volver a confiar en sus aguas: que se hiciera ese proyecto y se construyera, para que el agua pueda tomarse del tubo, como alardeó un ministro, ¡ésa sí sería una verdadera revolución!

 
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