Casillas y el olvido que seremos

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La inquina ya traspasa lo futbolero. La condena de José Mourinho parece a perpetuidad, al menos para un sector de Chamartín

José Sámano

 

 

Hubo un tiempo en el que la gente tenía muy buen ojo con Iker Casillas, aquel chiquillo de cara angelical acunado en La Fábrica que obraba milagros y mucho más. El diagnóstico de la grada era más fiable incluso que el de los técnicos. Basta recordar la murga que dio Fabio Capello para fichar a Buffon. Pero con Iker se estaba cultivando un mito, el héroe inesperado de la Novena junto a Zidane. Palabras mayores. Como toda leyenda, Iker trascendió al madridismo, se convirtió en el guardameta de toda España, solo comparable a lo que en su día supusieron Ricardo Zamora e Iribar, otros porteros sobrenaturales, tan capaces como el madridista de horripilar a los adversarios, que les veían como una barrera marciana, inverosímil para los terrenales.

Para alguien que ya sopla 25 velas desde su ingreso en el benjamín del Madrid, y 18 desde su estreno en una convocatoria con el primer equipo, con más de 700 partidos en la mochila, no cabría otro destino que el panteón madridista. El que se ganaron Maldini en el Milan y Giggs en el Manchester United, por citar dos ejemplos del reciente ayer. O el olimpo que se han ganado Xavi en el Barça, Buffon en la Juve y Totti en la Roma. La mitología abunda en el fútbol, que venera de forma hasta tribal a sus ritos y símbolos, aquellos que le reconcilian de por vida con unos colores. En el caso de Iker, la semilla del diablo ha tenido un efecto devastador y la fractura ya es insostenible para el futbolista y para la institución, que nunca le brindó el apoyo necesario.

La inquina ya traspasa lo futbolero. Ninguna culpa tuvo en los dos goles del Valencia, pero parte de la hinchada la tomó con él. Así que nada apunta a que el destino de este gato con guantes sea el museo de Di Stéfano, Pirri, Amancio, Butragueño y Raúl, si es que a este le dan plaza. La condena de José Mourinho parece a perpetuidad, al menos para un sector de Chamartín. No fue el primer cisma entre un jugador y su entrenador, ni será el último. Pero el luso llevó su cruzada más lejos que nadie, fuera de los terrenos de juego, donde, con muchos altavoces alrededor, aireó sin parar sus intrigas contra el capitán, principal víctima de un técnico que no repara en atizar hogueras, que necesita tantas coartadas como vivir en permanente combustión. A lo Bilardo, al enemigo ni agua. Así que nada más sacrílego que Casillas pidiera concilio a su amigo Xavi en favor de un mínimo de ética deportiva y el bien de la selección nacional. Quizá fuera su primera gran gestión con el brazalete. Ese puede ser el mayor reproche, nunca fue un intervencionista. En la intimidad del vestuario se dejó ir más de una vez. Nada que merezca las mazmorras. Menos aún una topera.

Desde Mou, a Casillas ya no se le juzga por su faceta deportiva, condicionada, además, por su puesta en la diana partido tras partido, suplencia tras suplencia. El madrileño soportó lo insoportable, al menos en público, sin una mala palabra para los jefes. Siempre se le tuvo por pasivo, por demasiado pasivo. Tampoco encontró amparo en los despachos, donde el club se hizo el lonchas mientras una de sus principales divisas era arrastrada por el lodo. A este Madrid le cuesta abrigar a sus iconos, sean Del Bosque o Raúl. No tanto a Mou, defendido a capa y espada con su dedo como guía. También Bale, un recién llegado, ha merecido el respaldo presidencial ante la prensa. Bien, como debiera ser con otros muchos.

Nadie es perfecto, ni está libre de críticas. Tampoco Casillas, claro está, pero no puede obviarse su vínculo y fidelidad al club. Es historia del Real Madrid, no alguien en tránsito. El tuétano de la entidad se debe a futbolistas así. Quizá ya no haga paradas de otra galaxia, pero sin el listón del propio Casillas hoy sería un portero de primerísimo nivel. Para su desgracia, llegados a este punto sin retorno y con el club en silencio, Iker tenga que leer ya, antes de que el tiempo mengüe su destino, El Olvido que Seremos, de Héctor Abad Faciolince.

Una terapia para no manchar su ida con tachas a la grada, munición para sus detractores. Para otros, como Rafa Nadal, su mejor paladín el sábado, será eterno. Como él. Ambos merecen honores.

Tomado de El País

 
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