DE GOLPES Y REVUELTAS

 

Diosdado-Cabello-ANDesde la Rusia de los viejos zares (incluido el nuevo), vuelve el presidente Maduro a tronar contra la oposición. Durante su paso por el poder ha acusado una abultada cantidad de magnicidios asociados a golpes de estado, que se esfumaron del recuerdo y también de su propia retórica.

Los de su entorno, como tampoco él mismo, jamás se ocuparon de ofrecer evidencias por lo menos para cumplir con el requisito procesal de que quien acusa soporta la carga de probar. Como la promoción y evacuación de pruebas forman parte de un proceso judicial en forma, no es que basta con presentarlas para condenar a nadie porque faltará siempre el enojoso detalle del derecho ese, sí, el de defenderse en cualquier estado y grado de la causa. Son éstas unas verdades mundialmente usadas y conocidas hasta por quienes creen que “Derecho” es ponerse firmes, de pie, erectos.

¿Verdades mundialmente usadas, he dicho? Pues no. En el siglo XXI tales conceptos no funcionan así en un aireado lugar del planeta que sus descubridores denominaron “Venecia la chica”. Puesto que tales valientes eran españoles o actuaban a su servicio, terminarían llamándola “Venezuela”, así como las chicas o muchachas eran “chicuelas” y “muchachuelas”

Puesto que dolerse de crímenes palabreros con orfandad de evidencias o indicios vehementes es una práctica cansina, fastidiosa a la larga y en consecuencia inofensiva, esta gente en lugar de esmerarse en asociar el delito con las pruebas que lo sustenten, lo que hace es exagerar la fórmula, gritar más duro. Tienen lustros anunciando atentados golpistas que por la razón indicada pasaron a formar parte del paisaje de Venezuela. Hasta el señor Maduro siente que es irrisorio seguir con esa lata; nos asegura, quizá desde la Plaza Roja o el Café Puskin de los hermanos Rigual, que la gran mayoría de la oposición está conspirando contra su gobierno, si es que puede llamarse así.

nicolas-maduroOcurre que tal vez (o “sin tal vez”) el diputado-presidente Cabello deja escapar que la oposición es mayoría, estaríamos ante la absurda situación de una fuerza mayoritaria que en lugar de hacerla valer en las elecciones, opta por un madrugonazo golpista, técnica de muy pequeñas minorías.

Podemos creerle al diputado Cabello porque coincide con el testimonio de las consultoras de opinión de cualquier orientación que, en conjunto, hablan de una holgada mayoría opositora si las elecciones se realizaran mañana. La única reserva de ellas sería la del tamaño de la alternativa democrática. La abstención o las candidaturas paralelas quizá favorecerían al alicaído sector gubernamental que por eso se esmera en alentar la desconfianza y la descreencia en el sector mayoritario que trabaja por el cambio democrático. Los jefes del poder quieren convencernos que no nos conviene votar. ¡Generosos ellos! Tomen nota, pues, partidarios sinceros de la abstención.

¿Qué es, amigo Maduro, ese golpe de estado que no se te cae de la boca?

Desde que tal fenómeno fue conceptualmente establecido en la Francia del siglo XVII (y por eso los pedantes prefieren “coup d’etat”) hasta el siglo XX con Malaparte, Samuel Finer y Juan Domingo Perón, entre otros, se le ha definido como obra de minorías técnicamente preparadas en lo militar, no de mayorías. Por eso, los golpes se valen de información, sorpresa y planificación secreta, áreas en que la presencia de mucha gente pondría el proyecto golpista en peligro de ser descubierto prematuramente.

“Minorías militares”, no mayorías ruidosas. El golpe en su modalidad palaciega solo puede darlo el gobierno mismo, movido por la necesidad de expulsar leales inconformes o peligrosos y de eliminar los límites constitucionales que puedan frenar la expansión autocrática. El golpe de fuera adentro es tarea exclusiva de facciones de la Fuerza Armada o de la totalidad de ella. Ni más ni menos.

En su obra “Tres revoluciones”, Perón el renombrado caudillo argentino, lo conceptualizaba de esta manera: 

Se cubren tres etapas:

1) Planificación

2) ejecución del golpe

3) legitimación.

Las dos primeras son de factura exclusivamente militar porque los civiles estorban. En la última los militares ya en el poder llaman al pueblo para que aplauda y glorifique.

Las manifestaciones e incluso las revueltas civiles no se proponen la toma del poder. Convenientes o inconvenientes, es una falacia homologarlas al “coup d’etat” o a la insurrección armada. Los dirigentes políticos están obligados a manejar con probidad estas ideas, si es que tienen algún conocimiento de su real significado. La ignorancia de las opciones que se plantean ante situaciones tan delicadas puede acarrear tragedias, más si se está en el mando supremo y mucho más si por incapacidad para contener el descontento social y encauzar productiva y democráticamente el país, se dejan arrastrar gradual o abruptamente al pantano de la tentación totalitaria. El miedo los ciega. Olvidan que el diálogo es una probada receta para impedir la consolidación de las oscuras autocracias. Por eso, cada vez que hablan de conspiraciones y golpes, estos personajes delatan sus temores, ninguno de los cuales tiene nada que ver con la alternativa democrática ni con manifestaciones civiles. Y al hacerlo, proporcionan más elementos de inestabilidad a la ya crítica situación del país.

La oposición es en este momento el único punto estable. Es mayoría holgada (las encuestas cantan. Son confirmadas por la irritación colectiva) y es firme partidaria de la solución electoral, constitucional, pacífica. Quien quiera alejar el peligro de la violencia y la cruenta confrontación armada tiene en aquella un puerto de llegada, una solución clara de paz y progreso, un instrumento de reencuentro, cambio democrático y reunificación de Venezuela.

 

 

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