Capitán de multitudes

Jorge Eliécer Gaitán

Jorge Eliécer Gaitán

Fábula Cotidiana

 

“La oligarquía no me mata, porque sabe que si lo hace el país se vuelca y las aguas demorarán 50 años en regresar a su nivel”. Jorge Eliécer Gaitán.

            El 9 de abril de 1948 Bogotá se despertó consentida por la neblina. Desde el 1 la ciudad vivía bajo medidas especiales de seguridad. Los representantes de las naciones del continente, encabezados por el Secretario de Estado de Estados Unidos, George Marshall, discutían en la 9ª Conferencia Panamericana que daría nacimiento a la Organización de Estados Americanos (OEA) las normas que regirían la convivencia continental. Hasta avanzada la madrugada los bogotanos habían seguido por la radio el verbo del jurista Jorge Eliécer Gaitán en otra lección de derecho penal. Había asumido la defensa del teniente del ejército Jesús Cortés Poveda, procesado por la muerte de Eduardo Galana Ossa, director de El Diario de Caldas. Las faenas jurídicas de Gaitán nutrían su popularidad y la fuerza de su liderazgo. Esa mañana, todavía en deuda con el sueño, revisaba la agenda colocada sobre un atril de caoba. A las 3:00 p.m. debería entrevistarse con Rómulo Betancourt, jefe de la delegación de Venezuela, y una hora después lo haría con los jóvenes cubanos Fidel Castro y Rafael Del Pino, quienes organizaban un congreso estudiantil. Como de costumbre, salió de su casa –en la calle 2 con carrera 15– y se encaminó hacia su bufete en el edificio “Augusto Nieto”, en la Carrera Séptima con 14.

            Plinio Mendoza Neira, Alejandro Vallejo, Pedro Elíseo Cruz y Jorge Padilla lo esperaban en la oficina. Recibió abrazos de afecto y admiración. Su exposición de la madrugada fue el tema de conversación. Crecía la convicción de que el líder tenía allanado el camino para la victoria presidencial en las elecciones de 1949. En un informe, el embajador de Estados Unidos John C. Willey sostenía: “Gaitán anhela el poder y conociendo su habilidad para despertar las emociones de los desposeídos, está decidido a aprovechar el descontento general para apoderarse del control del Partido Liberal. Como van las cosas podría llegar a la Presidencia a través del proceso democrático, aunque se cree que sus escrúpulos no le impedirían usar otros métodos si es necesario. Por ahora está tratando de alcanzar el poder por medio de uno de los partidos tradicionales. Como él mismo me dijo: A veces es más fácil vender un nuevo artículo con una vieja etiqueta”.

            Mendoza Neira miraba el reloj. Era hora de almorzar y los invitó al Hotel Continental. Cuando abandonaban el ascensor era la 1:05 p.m. Alejandro Vallejo recuerda: “acababa de poner Gaitán los pies en la acera, cuando oímos tres disparos casi simultáneos y vimos cómo se desplomó sobre el pavimento. Un segundo antes lo había visto levantar el brazo como instintivamente para cubrirse la cara. Vi a un hombre joven, de unos 23 años, delgado, vestido con un traje gris, viejo, manchado como de aceite; traje de rayas formadas con la misma trama de lana; el rostro con barba como de tres días sin afeitar; una mirada de odio profundo, de fanático exaltado, reveladora de una energía tremenda. Ese hombre apuntaba con un revólver al héroe caído. Cuando me vió aparecer, levantó el brazo y disparó el cuarto tiro”.

A los minutos Gaitán murió en la Clínica Central. El cuerpo del asesino, Juan Roa Sierra, fue vapuleado por la furia popular, arrastrado por las calles y dejado frente al Palacio Presidencial hecho un guiñapo sanguinolento. La noticia tomó vuelo: “mataron a Gaitán”; “mataron a Gaitán”. El fuego comenzó a consumir los edificios. La Carrera Séptima, en cosa de segundos, mutó en una oscura selva de humo. Muchas veces Gaitán lo había advertido exultante desde la tribuna: “yo no soy un hombre, soy un pueblo”.

            Ciertamente, “Gaitán más que un líder político era un líder social; en torno al gaitanismo giraban liberales, conservadores, comunistas y anticomunistas, cristianos y ateos”. Una marejada de hombres enardecidos, mal vestidos, armados de palos, cuchillos y objetos de hierro, iban arrancando materiales de las construcciones carcomidas por las llamas. Nadie sabía qué hacer. No habían líderes. No era una insurrección sino un estallido de cólera colectiva; una furia contenida y represada por años que ahora brotaba con la fuerza de un volcán. Se había producido la fractura sangrienta entre el país político y el país nacional, la dicotomía que Gaitán usaba como leitmotiv de sus discursos. El país nacional estaba en las calles ejercitando su rebeldía, y el país político, encabezado por el presidente conservador Mariano Ospina Pérez junto con la dirigencia liberal, buscaba en la “Casa de Nariño” fórmulas para recomponer el orden.

            ¿El asesino había actuado por cuenta propia? Como suele ocurrir con los crímenes históricos cuando desaparece el autor material, la paternidad intelectual se desvanece en el misterio. Pero luego se supo que en este caso el homicida era un trastornado mental. ¿Estaba en capacidad entonces de actuar como el agente facilitador de una conmoción política? Más allá de las hipótesis de las investigaciones, “El Bogotazo” estimuló la violencia política que habría de traducirse en la acción armada de los conservadores y liberales en las poblaciones campesinas. De esta manera, se abría paso a la organización de las guerrillas y se desataba a un conflicto que llegó a sumar hasta los años 60 más de 300.000 muertos.

            La OEA nacía entonces salpicada de sangre, mientras que el suceso estimulaba la paranoia anticomunista propia de la postguerra. El FBI y la CIA iniciaban una competencia despiadada por acomodar los hechos a los intereses de Estados Unidos en ese momento. Por esta vía se llegó a decir que los acontecimientos habrían sido inducidos por el propio Gaitán, se le acusó de recibir dinero de los soviéticos, siendo conocido su anticomunismo; que el joven Fidel Castro cumplía una peligrosa misión de los servicios secretos de Moscú; e incluso, se refrescó el pasado de Betancourt como militante del Partido Comunista de Costa Rica. Toda una intensa propaganda que posteriormente alimentó el “macartismo” y escribió durante años la gramática de la Guerra Fría.

            ¿Quién ordenó el asesinato de Gaitán? Ello seguramente nunca se sabrá. Pero sí se conocen las huellas y cicatrices de aquel pavoroso incendio social. Como dice Antonio Caballero: “en Colombia, seguimos tal como estábamos en el atardecer del 9 de abril de 1948: a balazos”.        

 

 

 

 

 

 

 
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