CUBA Y ROMA SIEMPRE GANAN

 

La diplomacia española tiene que esforzarse para no quedar rezagada en el nuevo escenario caribeño

El Gobierno de José María Aznar practicó una política de dureza con Cuba. Pensaba que así ganaría el favor de Estados Unidos y se posicionaría favorablemente ante una futura evolución del régimen de los Castro hacia la democracia. Ello le llevó a liderar a la UE hacia la llamada Posición Común, todavía vigente hoy, y a mantener abierta la interlocución con la oposición cubana. El Gobierno de Zapatero, por el contrario, prefirió ignorar a la oposición, distanciarse de EE UU e intentar convencer a sus socios europeos de lo inútil que resultaba la Posición Común, todo ello con la esperanza de garantizar para España un papel central en lo que se pensaba sería un proceso de reformas graduales.

Ambos gobiernos tenían el mismo objetivo: situar a España como primer referente político en la Cuba que seguiría a los Castro, reivindicarse internacionalmente como país con más capacidad de ejercer influencia sobre la isla y garantizar a las empresas españoles un papel privilegiado en lo mucho y bueno que vendría una vez que el régimen abriera la economía. Pero ambos Gobiernos fracasaron. En lugar de consensuar una política de Estado, prefirieron convertir las relaciones con Cuba en una cuestión más de política interior española y usarla como arma arrojadiza los unos contra los otros.

Con su actitud ignoraron una lección clave de la diplomacia: que la capacidad de ejercer influencia puede provenir tanto de la capacidad de bloquear una situación como de la capacidad de desbloquearla. En el caso de Aznar, esto significó que los Castro, sabiendo que el obstáculo principal era EE UU, no España, pudieran ignorar por completo a Aznar. Y en el caso de Zapatero, sabiendo de su complacencia y nula disposición al enfrentamiento, siempre pudieron dar su apoyo por hecho sin tener que dar nada a cambio. Ahora, el gobierno de Rajoy recoge los frutos de tanta inconsistencia.

Mientras Raúl Castro acude al Papa para desbloquear las relaciones con Estados Unidos y tira de François Hollande para derogar la Posición Común de la UE, juega a la política interna española reuniéndose con Zapatero pero no con el Ministro de Exteriores José Manuel García-Margallo. No jueguen nunca con la diplomacia cubana ni con la vaticana: por si no se han dado cuenta, siempre ganan.

 

 
José I. TorreblancaJosé I. Torreblanca

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