EL PRECIO DE QUEDARSE DORMIDO

 

Hyon Yong-chol,En los últimos días ha salido a la luz un evento sencillamente imponderable: el ministro de Defensa norcoreano, Hyon Yong-chol, habría sido fusilado el día 30 de abril acusado de traición e insubordinación. ¿Cuál fue la falta que mereció nada menos que la pena de muerte, aplicada, además, a través de un cañón antiaéreo? Pues, al parecer, algo tan fundamentalmente humano como quedarse dormido en un evento al que asistía el jefe Estado, Kim Jong-un.

Ignoro cuáles son los argumentos que podrían avalar una orden de esta naturaleza -el gobierno norcoreano guarda silencio-, pero presumo que lo que se persigue es dar un escarmiento ejemplar que sirva de advertencia a quienes quisieran disentir de los pareceres del líder.

En lo personal, me horroriza que pueda disponerse de una vida humana con tanta ligereza. Pero estoy consciente que hay muchos que consideran que la mejor opción para mantener el orden -y el poder, claro- es exterminar el más pequeño brote de discrepancia, irreverencia u oposición que pudiera surgir. Lo llaman “represión”, creo.

Hace algunos meses llegó a mi correo electrónico un texto que los recientes sucesos han traído a mi memoria. En el mismo, alguien disertaba acerca de la forma tajante en que los nuevos líderes de Singapur habían puesto límites a quienes quebrantaban la ley, haciéndolo además con el beneplácito de los ciudadanos, quienes los habrían reelectos en un proceso democrático.

Ojo: traigo este mensaje a colación no porque me conste que efectivamente las cosas sucedieron tal y como las describe el autor del texto, sino para demostrar que hay personas que consideran apropiado llegar a ciertos extremos. El mensaje celebraba, por ejemplo, que todos los hombres públicos corruptos (políticos, policías, jueces, magistrados, etc.) hubieran sido fu-si-la-dos, al igual que aquellos empresarios

deshonestos (nótese el énfasis).

Salvando el hecho que quienes atropellan los derechos de los demás se exponen voluntariamente a ser sujetos de sanciones de diversa índole, y de que el propósito del sistema penitenciario debería ser reformar al hombre, no eliminarlo (“ex-tir-par-lo” diría el autor del texto anteriormente citado), me planteo si no sería posible, conveniente, apropiado, evitar que se llegase a este tipo de extremos.

Laureano Vallenilla Lanz, un hombre que merece sin duda ciertos reconocimientos, llegó a legitimar el gobierno de Juan Vicente Gómez y a justificar sus acciones a través de la teoría de “El Gendarme Necesario”: es preciso que la autoridad mantenga el orden.

Yo, por mi parte, prefiero recordar a otro venezolano; a uno de mis favoritos; a uno que, en sociedad con Juan Dámaso Aguayo, abrió una tienda en el barrio chileno de La Rinconada, en cuya fachada podía leerse: “Luces y Virtudes Americanas. Esto es, velas de sebo, paciencia, jabón, resignación, cola fuerte, amor al trabajo”. Una fórmula contundente próxima al axioma pitagórico que rezaba: “Educad al niño y no será necesario castigar al hombre”.

Ese genio preclaro que era don Simón Rodríguez vio con nitidez que no hay autoridad más eficiente que la que ejerce la propia conciencia formada, más poderosa aun que las amenazas de cañones y castigos. Puede procurarse burlar la vigilancia y ocultar la falta, pero, ¿quién estará a salvo de su propia conciencia?

Una vez más la educación emerge como respuesta a las necesidades que impone vivir en sociedad y como alternativa a métodos punitivos ciertamente cuestionables.

 

 

 
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