La KGB trató de asesinar al actor
John Wayne, ese vaquero reaccionario

 

John WayneEra un centauro de la raza mustang, y podría aparecer en la bandera americana cargando un rifle, recortando sobre el sol poniente esa versión masculina -muy masculina- de la estatua de la libertad.

 

Al día siguiente le esperaba una dura jornada de rodaje y aquella noche, en su habitación de hotel de Las Vegas, John Wayne pretendía descansar. Pero era imposible cerrar un ojo con el estruendo que causaban los vecinos de arriba, nada menos que el Rat Pack de Frank Sinatra, probablemente la cuadrilla más escandalosa, mafiosa y pendenciera de la ciudad. Wayne llamó por teléfono, y nada. Volvió a llamar, y otra vez ni caso. Al final se levantó, subió un piso por las escaleras, tranquilo, decidido, y al llegar frente a la puerta de los juerguistas la aporreó mientras les dedicaba una bonita colección de improperios. Un guardaespaldas de Sinatra se asomó a decirle que nadie hablaba así de su jefe, o a intentar decírselo, porque antes de que acabara la frase John Wayne le había derribado de un solo puñetazo, y después le partió una silla sobre la cabeza. Nada más. Se dio la vuelta, bajó las escaleras y volvió a la cama para descansar, porque ya se había hecho el silencio.

No es muy difícil imaginar la escena porque la hemos visto cien veces en la pantalla, y probablemente interpretada con la misma naturalidad. De hecho nunca se consideró un artista, sólo se encarnaba a sí mismo, y aquello funcionó en el cine, porque John Wayne era el tipo que todos los chicos querían llegar a ser, y con el que todas las chicas querían casarse. Su manera de expresarse, de andar, de montarse en un caballo mustang que a su lado siempre parecía pequeño, toda esa fortísima impresión visual, en fin, había fraguado un ideal americano equiparable a la coca cola, al Winchester, al séptimo de caballería, uno de los iconos más sólidos para una joven nación.

Hasta tal punto se convirtió en un mito que, en una visita a los EEUU, el presidente ruso Nikita Kruschev pidió conocerle. En la entrevista el mandatario soviético le confesó a Wayne que el mísmisimo Stalin había ordenado asesinarle, y que él, -entregado admirador del cowboy- había revocado esa orden. Alguno de sus biógrafos cuenta que la KGB incluso realizó serias tentativas para lograrlo, y que también fue condenado a muerte por Mao Tse Tung. Probablemente los comunistas abandonaron el proyecto porque no parecía fácil, y porque empezaba a resultar más efectivo mantener a sueldo a guionistas y directores, esos que luego lloriquearon tanto ante Mc Carthy.

El dato sobre la orden para asesinarle puede resultar curioso, pero no es extraño. El anticomunismo declarado del actor le costó enemigos perpetuos dentro y fuera del país, sobre todo entre los represaliados por el Comité de Actividades Antiamericanas, de quien John Wayne fue un declarado defensor. Nunca ocultó sus principios: “Soy un patriota pasado de moda que agita una bandera”, pero tampoco quiso nunca hacer carrera con sus valores, y rechazó la propuesta del partido republicano para convertirse en candidato presidencial. Luego, por supuesto, sí apoyaría a su amigo Ronald Reagan.

Cuando el Congreso le distinguió con la medalla de oro, en su reverso podía leerse su mejor título: John Wayne, americano. Eso quiso ser y eso fue toda su vida, desde que era un niño que se levantaba de madrugada para repartir periódicos antes de clase; y cuando consiguió su beca universitaria jugando al fútbol, para perderla después haciendo surf; o cuando empeñó su fortuna por filmar la epopeya del Álamo, o arriesgando su popularidad en Boinas Verdes, la única película de apoyo a los soldados de Vietnam, cuando lo que estaba de moda era disfrazarse de pacifista y pedir perdón, como si el bloque soviético fuese un chiste en vez de un enemigo.

En aquella crisis de personalidad que sufría todo occidente, contaminado de LSD y 68, ese vaquero reaccionario se mantuvo tan tieso como si le fuese imposible bajar del caballo, y al menos tuvieron que reconocer su recia forma de ser coherente. Ese pasaporte de mito fue el que le salvó en 1974, cuando los niños consentidos  de Harvard le invitaron al campus para tratar de ridiculizar sus posiciones conservadoras. Era todo un acontecimiento en aquellas aulas donde habían desaparecido las corbatas y el pelo corto, jovencitos con pantalones de campana le preparaban dardos afilados, como si aquel hombre fuese un dinosaurio vegetariano, una pieza de museo, una América superada: “¿Le asesora Nixon en sus películas?” le preguntaron con sorna. “No, todas han resultado exitosas” respondió el actor. La escena, aunque en clave de humor, recuerda algo a la visita universitaria de Yukio Mishima, y quizá los dos ejemplos muestran el camino de cómo podría haberse encauzado el alboroto juvenil de aquel tiempo, en vez de contemplarlo como inevitable. El caso es que Wayne, como el japonés, salió airoso, y muy por encima del hormonado auditorio que acabó rendido a la estatura del mito.

Esperó hasta el final para convertirse a la fe católica, (la de sus tres esposas y en la que educó a sus hijos), y quiso ser recordado con una frase en español: “Feo, fuerte y formal”.

Bio 

Nació en Iowa en 1911, en una familia presbiteriana que muy poco después emigraría a California. La primera vez que hizo cine todavía se llamaba Marion Morrison, aunque el prefería el apodo de Duke. Acabaría triunfando como John Wayne, que así le bautizó Raoul Walsh. Sólo recibió un Óscar, pero es indudable que en esa ocasión fue la estatuilla la verdaderamente honrada, porque Wayne más que un actor, es todo un símbolo de los Estados Unidos. Murió de cáncer en 1979. 

 

 
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