La maldición de Tecumsé
La profecía que pronosticó la muerte De siete presidentes de Estados Unidos

TecumsehCésar Cervera

Durante más de un siglo, todos los presidentes del país americano elegidos cada dos décadas fallecieron estando en el ejercicio de su mandato. Con Ronald Reagan acabó la supuesta profecía de origen amerindio que tiene visos de leyenda urbana

El presidente Kennedy con su esposa, minutos antes del magnicidio en Dallas

«Les digo que Harrison morirá y cuando él muera ustedes recordarán la muerte de mi hermano Tecumsé. Ustedes creen que he perdido mis poderes, yo que hago que el sol se oscurezca y los pieles rojas dejen el aguardiente. Pero les digo que él morirá, y después de él, todo Gran Jefe escogido cada 20 años de ahí en adelante morirá, y cuando cada uno muera, que todos recuerden la muerte de nuestro pueblo», anunció el profeta Tenskwatawa, hermano del gran guerrero Tecumse de la tribu amerindia de los Shawnee, cuando revivió el dramático final de la rebelión iniciada por su pueblo contra EE.UU. Entre el mito y la realidad, lo cierto es que William Henry Harrison –noveno presidente de EE.UU– fue el primero en fallecer en su cargo. Con su muerte a causa de una neumonía, se inauguró una larga tradición de presidentes estadounidenses fallecidos mientras ejercían el poder.

Tras la muerte de Harrison, elegido como presidente en 1840, dos décadas después Abraham Lincoln, elegido en 1860, terminó su vida en el teatro Ford asesinado por un simpatizante de los sudistas. James Garfield –presidente desde 1880 hasta su muerte un año después– fue también asesinado, en su caso por obra de un abogado al que había negado un cargo político. En 1900, William McKinley fue elegido presidente por segundo mandato, pero solo duró un año al frente del país puesto que fue tiroteado por el anarquista Leon Czolgosz. Warren G. Harding –presidente entre 1920 y 1923– también pereció al timón debido a un ataque cerebrovascular manteniendo viva la supuesta profecía. Franklin Roosevelt sufrió una hemorragia cerebral todavía en el cargo y John Kennedy fue víctima del más célebre magnicidio del siglo XX, siendo elegidos en 1940 (tercer mandado) y 1960 respectivamente.

Ronald Reagan fue el primer presidente que esquivó la maldición de los 20 años. Para las personas que creen firmemente en la profecía de Tecumsé, la razón de su invulnerabilidad estuvo en los esfuerzos de su mujer, Nancy Reagan, conocida por ser muy supersticiosa y haber acudido a astrólogos con cierta frecuencia. Así, con la ayuda de éstos habría conseguido que su marido sobreviviera al atentado que sufrió a los pocos meses de subir al poder.

El 30 de marzo de 1981, Reagan fue disparado por John Hinckley un hombre con problemas mentales que estaba obsesionado con la película «Taxi Driver» –donde el personaje protagonista coquetea con la posibilidad de atentar contra un senador– a su salida de una conferencia en el Washington Hilton Hotel en Washington, D.C. El Presidente sufrió una perforación en el pulmón, deteniéndose la bala a unos 2,5 cm. del corazón, pero la pronta atención médica le permitió recuperarse rápidamente. Fue el primer presidente de los EE.UU. que sobrevivía a la Maldición de Tecumsé. El siguiente presidente que debía verse afectado por ella, George W. Bush, también completó sus dos mandatos sin perder la vida, pese a que en 2005 el georgiano Vladimir Arutyunian lanzó una granada contra él mientras daba un discurso en la Plaza de la Libertad en Tiflis, la capital de Georgia.

Un mito basado en medias verdades

Es difícil demostrar que la frase de Tenskwatawa fuera realmente pronunciada. Como ocurrió con la profecía del último Gran Maestre de la Orden de los templarios –quien anunció poco antes de ser quemado en la hoguera la muerte del Rey de Francia y del Papa Clemente V, responsables del final de la orden–, la profecía de Tecumsé pudo ser escrita años después del fallecimiento de Harrison o ser simplemente un mito fundacional de una nación con muchos remordimientos.

El mito de la civilización condenada a una maldición por agredir injustamente a otra de tradiciones inmemoriales, o a un grupo, véase los templarios, que supuestamente tienen un contacto especial con una divinidad, está ampliamente arraigada en la mitología de los pueblos. Según el relato bíblico, los egipcios maltrataron al pueblo hebreo y desdeñaron el poder de su dios antes de descubrir las graves consecuencias de aquella agresión. Es el castigo, real o literario, que reciben los imperios por su prepotente actitud y por menospreciar el legado de un pueblo que no se han tomado la molestia en comprender.

El caso de los Shawnee reúne las características típicas de este mito recurrente. Para desgracia de los románticos, cuando el pez grande se come al pequeño rara vez sufre de indigestión. Las civilizaciones desparecen «como lágrimas en la lluvia», que dijo el androide de «Blade Runner», sin apenas dejar ni los huesos. Tras la derrota india en la batalla de Tippecanoe en el año 1811, que enfrentó al ejército de los Estados Unidos de América liderado por William Henry Harrison –gobernador del territorio de Indiana y futuro presidente del país– contra los guerreros de la confederación de pueblos tribales bajo el mando de Tecumsé, de la tribu de los Shawnee, se terminó abruptamente el sueño de frenar la inagotable ambición norteamericana en la zona este del país.

El fracaso militar de Tecumsé, que luchó hasta el final de su existencia por dar a los pueblos indios de la región de los Grandes Lagos, el Medio Oeste y el este del río Misisipi una conciencia nacional más allá de lo tribal, debilitó su prestigio militar y, en parte, le obligó a abrazar un conflicto que le era ajeno, la guerra entre Gran Bretaña y EE.UU. en 1812. Tecumsé pereció en este conflicto, donde defendió la causa inglesa como no podía ser de otra manera, pero su hermano Tenskwatawa, conocido como «El Profeta», se encargó de trascender su legado a través de la popular maldición. La frase fue supuestamente pronunciada cuando «El Profeta» décadas después del fallecimiento de su hermano accedió a posar para un retrato en EE.UU. y tuvo tiempo de dar su parecer sobre el panorama político del país.

Al igual que sucede con otra leyenda urbana muy extendida en EE.UU., el paralelismo entre la vida y muerte de Abraham Lincoln y de John Kennedy, la profecía de Tecumsé está plagada de medias verdades y se aprovecha de generalidades para sacar conclusiones a la carta. La alta mortalidad de los presidentes americanos durante su estancia en el cargo es un hecho que responde sobre todo a dos razones: la avanzada edad en la que la mayoría accede al cargo, con el consiguiente estrés al que son sometidos; y el que prácticamente todos los presidentes han sido víctimas de al menos un atentado mientras residían en la Casa Blanca. Andrew Jackson, Harry S. Truman, Richard Nixon, Richard Nixon y Jimmy Carter también fueron víctimas de tentativas para acabar con sus vidas. En un país con 270 millones de armas de fuego en manos de civiles, según datos publicados hace un año por «New York Times», nunca puede parecer extraña la gran tendencia histórica a recurrir a los magnicidios.

Otros datos que ponen en cuestión la veracidad de la profecía son que, después de la muerte de Harrison, Zachary Taylor fue el segundo presidente que murió ejerciendo su mandato, en el año 1850, a causa del cólera, y no lo hizo siguiendo el patrón marcado por la Maldición de Tecumsé. Otros como James K. Polk murieron pocos meses después de terminar su mandato. Por su parte, tanto Abraham Lincoln, McKinley y Franklin Roosevelt, supuestos afectados por la maldición, perdieron la vida tras ser reelegidos presidentes en varias ocasiones, lo cual aumentaba decisivamente sus probabilidades de fallecer en el cargo y, por tanto, de cumplir con lo estipulado por la profecía. Una prueba más del carácter arbitrario y caprichoso de la maldición.

Tomado de ABC España

 
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