Tomorrowland, no basta con buenas intenciones

Britt-Robertson-George-Clooney-Tomorrowland-MovieRocío Manzaneque

El castillo de Walt Disney, aquel que vemos al inicio de cada cinta de la factoría, se transforma en Tomorrowland en la silueta de edificios puntiagudos sobre los que revolotean propulsores y naves espaciales, aunque no por ello pierda la esencia de los cuentos y los sueños. Más bien al contrario: la nueva apuesta cinematográfica de Disney se asienta en el optimismo y el poder de hacer el bien en una aventura familiar que, a pesar de sus buenas -y dulces intenciones-, se presenta confusa en sus lagunas y en sus diálogos sobreexplicados.

Tomorrowland es, en su núcleo, una oda ‘retro-futurista’ a Disney y todos los valores que representa. Como en muchos otros ejemplos del mismo corte, el fin de la película es su mensaje moral, desarrollado durante dos horas de optimismo en las que son los soñadores quienes salvarán el mundo. Sin embargo, a pesar de su buenismo destinado de forma acertada hacia un público familiar e infantil, Tomorrowland no consigue desarrollar en todo su esplendor aspectos tan fundamentales como la coherencia narrativa o generar empatía con unos personajes que se nos antojan planos.

Como podía esperarse a pesar del secretismo que ha rodeado al argumento desde su anuncio, las decisiones del mundo futurista de Tomorrowland tienen una repercusión directa en el momento actual. La protagonista, encarnada por una convincente Britt Robertson, encuentra un pin que le transporta al mundo de Tomorrowland, un lugar misterioso que nadie más ve salvo ella, y con la ayuda de la misteriosa Athena (Raffey Cassidy) y el huraño Frank Walker, el verdadero protagonista interpretado por el aquí correcto George Clooney, buscarán salvar el mundo en una aventura entre la ciencia ficción y la fantasía. Cobran protagonismo fundamental en esta cinta ‘blanca’ las críticas hacia la pérdida de los sueños en la edad adulta o la incapacidad para mantener la esperanza, a la vez que su moraleja rechaza lamentarse por el hipotético fin del mundo e insta a actuar con confianza para salvarlo.

Al director de Tomorrowland, Brad Bird, las cosas no le suelen salir mal. De hecho, puede presumir de un brillante currículum con películas de animación tan alabadas como ‘Los Increíbles’ y ‘Ratatouille’ u otras con actores de carne y hueso como la entretenida ‘Misión Imposible: Protocolo Fantasma’. Sin embargo, en esta ocasión, de la mano del guionista Damon Lindelof, hay dos palabras que cruzan la mente del espectador al ver su nuevo trabajo: oportunidad perdida. Es innegable que Tomorrowland se sustenta sobre sus múltiples lecturas y sus ideas interesantes -destaca especialmente su crítica hacia el cinismo del mundo adulto que ha perdido la esperanza con el mundo-, pero falla en su ejecución y en un guión con múltiples lagunas que restan coherencia narrativa y unidad al relato. Sin ser ni mucho menos una mala película, Tomorrowland se convierte a su pesar en un cúmulo de ideas repletas de buenas intenciones pero también de confusión, con diálogos excesivos para el producto familiar que pretende ser, y con personajes cuya profundidad sabemos que existe, pero como un terreno sin explotar.

Como ya hiciera con Piratas del Caribe, Disney eligió el espacio Tomorrowland de sus parques temáticos para hacer una oda a sus elementos más clásicos y, por ello, no extrañan los continuos y muy acertados guiños a otros productos de la factoría -entre ellos, no esconde sus importantes influencias de la saga de Star Wars-. Con sus evidentes errores y sus aciertos, Tomorrowland es una nostálgica apuesta por lo futurista y lo retro que, en definitiva, mantiene en sus átomos la quintaesencia de Disney.

Tomado de www.gaceta.es

 

 

 
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