La Nueva Alianza

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Cuando lo defraudado a un país llega a casi 3 puntos del PIB; cuando por la cuenta de un primo de un ministro todopoderoso han pasado más de 4 mil millones de dólares; cuando los puertos y aeropuertos de un país se les entrega a un narcotraficante que exhibía obscenamente escolta policial oficial; cuando defraudadores y pillos tienen pasaportes diplomáticos y una ex magistrada les acompaña en la fuga, no estamos hablando de una falla en los sistemas de control. Estamos hablando de una empresa colosal, de una política de estado.

Todo esto comenzó cuando Chávez, consciente de no tener apoyo en el ejército, implemento el Plan Bolívar 2000. El conocía el monstruo porque había vivido adentro. Como aquel general mejicano, él sabía que podía tener “muchos generales que aguantarían solos una carga de cien enemigos, pero no tenía ninguno que aguantara un cañonazo de un millón de dólares”. Así, entrego a las guarniciones ingentes sumas de dinero que nunca fueron auditadas. Se pagaba con cajas de zapatos repletas de billetes las supuestas obras que los generales trocados en contratistas “hicieron” en todo el país.

Luego vino el Fonden, la inmensa caja chica nutrida por los aumentos de los precios del petróleo, manejada con una chequera desde Miraflores, sin control, sin balances, sin auditorias. Más tarde llego el control de cambio y la inmensa papaya de ofrecer a los adeptos al régimen dólares a 6, 30 para revenderlos, hoy, a más de 400.

Así nace la boliburguesía, verdadera beneficiaria del modelo económico. Integrada por millonarios emergentes, pero también por viejos gestores de la 4ª. República. ¿Qué mejor truco que tener testaferros, comisionistas del “ancien regime”? Los bolichicos, pertenecientes todos a viejas familias de Los Amos del Valle, son un ejemplo brutal y concluyente de esa fusión entre la vieja y la nueva corrupción.

Así las cosas, tenemos que el tema de la corrupción en Venezuela no es funcional sino estructural. Se ha convertido en la más importante rémora de le economía. Cerremos los ojos e imaginemos que los 25 mil millones de dólares denunciados por Edmée Betancourt, estuvieran en el torrente económico del país, produciendo empleo y bienes y servicios. No habría colas, ni bachaqueo, ni penurias.

El fantasma de la corrupción que recorre el mundo, como decía Marx del comunismo en 1848, es el síntoma de una sociedad en decadencia. La lucha en contra de ella y el castigo a sus culpables, es no obstante, signo de que hay reservas para enfrentarla.

Reconstruir a Venezuela en lo económico será difícil pero no imposible, reconstruirla moral y éticamente, lo será más.

Aquí es donde hay que unir esfuerzos. Yo me siento más identificado con un chavista que honestamente lucha contra la corrupción que con un pillo “opositor”. La nueva alianza requerida es la de los que quieren regenerar ética y moralmente al país.

 

* Como en ocasiones anteriores, esta semana cedemos nuestro espacio editorial a una columna de especial interés.

 
 
Julio Castillo SagarzazuJulio Castillo Sagarzazu
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