POBRE FÚTBOL

 

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Los venezolanos nunca hemos sido tan aficionados al fútbol como los del resto de América. Los países andinos, y los que dan al Atlántico y enfrentan al continente africano, han tenido menor influencia gringa y mayor influencia europea, dadas sus masas de población descendiente de inmigrantes del Viejo Continente. Esos sí son aficionados al fútbol. Más que aficionados, apasionados al extremo. Viven, comen, sueñan y pelean por el fútbol.

Nuestros estados suroccidentales, tal vez por estar tan cerca de los departamentos colombianos de las serranías andinas, también son aficionados al fútbol. Y al ciclismo, pero esto último no tiene nada que ver con pasiones desenfrenadas como las que provoca el deporte del balompié. El resto de los venezolanos, desde zulianos hasta orientales al norte del Orinoco, son fanáticos del béisbol.

Como consecuencia de ese fanatismo al deporte de los batazos, la meta de todo joven venezolano deportista va más por el sueño de las Grandes Ligas que por las ligas europeas de fútbol. Pocos son los futbolistas venezolanos que han destacado en los equipos grandes de Alemania, España, Francia, Inglaterra o Italia, por nombrar las más poderosas ligas europeas, y Venezuela nunca ha sido amenaza seria para los equipos contra los cuales se mide en los torneos internacionales que se disputan trofeos de este lado del mundo. Venezuela nunca ha podido clasificar para un Mundial de Fútbol.

En cambio, los equipos de béisbol de los Estados Unidos están bien surtidos de peloteros venezolanos, muchos de ellos han llegado a ser ídolos de la afición en las ciudades donde se asientan los respectivos equipos para los cuales juegan, y sus nombres son pronunciados por los gringos a cada rato en sus conversaciones de aficionados. Y no pocos han figurado en ese torneo final que allá llaman, nadie sabe por qué, Serie Mundial pues todos los equipos participantes tienen sus sedes dentro de El Imperio.

De allí que uno no podía imaginarse que, dada la relativamente poca importancia que los venezolanos han dado tradicionalmente al fútbol, en comparación con el béisbol (donde sí se manejan dólares), tal actividad diera como para que el presidente de la federación que dirige aquel deporte en Venezuela pudiera haber llegado a hacerse dueño de tres casas valoradas en dólares, además de una nada despreciable fortuna.

Este comentarista, que no es muy aficionado al fútbol, y que más bien está harto de Messi y de las interminables escenas de hombres corriendo detrás de un balón para caerle a patadas, que a toda hora se ven en los canales deportivos de la televisión, no se imaginaba que ser dirigente deportivo diera para tanto.

No es cosa de juzgar a los acusados de corrupción dentro de la FIFA. Toca a otros hacerlo; pero los venezolanos estamos tan acostumbrados a los casos de corrupción que no nos extrañamos de tal situación, que pone en entredicho la seriedad de un espectáculo que despierta tantas pasiones y que hasta hace llorar a curtidos fanáticos, quienes ahora se sentirán defraudados al ver a los alimentadores de sus pasiones sentados en el banquillo de los acusados.

Es que cuando se tiene poca o ninguna honestidad y mucho menos moral, cualquier actividad es buena para meterle a las cuentas bancarias del exterior una buena cantidad de euros y dólares aceptando sobornos.

 

Pobre fútbol.

 

 

 

 
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