VENEZUELA, UN PAÍS A LA COLA

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“La economía venezolana es una bomba de tiempo”. La frase que abre esta crónica no pertenece a Felipe González, quien tras su polémico viaje ha dejado claro que “Maduro es el responsable de la catástrofe en Venezuela”. Tampoco a los dirigentes opositores Henrique Capriles ni Leopoldo López. Ni siquiera es obra de Lorenzo Mendoza, el empresario más poderoso después del propio Estado. Su autor es Jorge Giordani, ex vicepresidente en el primer gobierno de Nicolás Maduro y gurú económico de Chávez durante dos décadas. El pensador marxista al que se le atribuye el montaje económico de la revolución bolivariana.

Venezuela encabeza hoy los peores rankings posibles: el país con mayor inflación del planeta (cerrará 2015 con una subida de precios en torno al 150%, muy por delante de Ucrania, que no llegará el 40%); el de mayor recesión económica (la caída del PIB será del 7%), la nación petrolera con peor desempeño… Y Giordani apunta directamente como culpables a Maduro y a su equipo económico, pese a que los analistas locales también le incluyen a él como uno de los padres del desastre: “Hay que construir un equipo de emergencia que rinda cuentas al país de manera permanente”.

Para Heinz Dieterich, otro de los referentes de Chávez, la bomba ya ha explosionado. “La crisis económica se ha convertido en una crisis política terminal para Maduro. En menos de dos años, una troika de ineptos y prepotentes ha despilfarrado la herencia de lucha popular, desprestigiando la alternativa del socialismo del siglo XXI”, disparó Dieterich, creador precisamente del concepto que Hugo Chávez utilizó para su causa.

El economista José Guerra lleva años vaticinando el caos económico actual. Nunca se ha mordido la lengua y no lo va a hacer ahora: “Se siente el colapso de la economía, no hay dólares y las importaciones están paralizadas. Se agotan los insumos y los precios suben aceleradamente”.

 

Colapso y deriva

Maniatado por la cercanía de unas elecciones parlamentarias sin fecha, el oficialismo intenta tapar la crisis a base de mucha propaganda y de algunas recetas exóticas. La más comentada estos días para combatir la escasez y el desabastecimiento procedió de una de sus candidatas chavistas a las primarias, Rona del Valle. Llevada por una arrebato de fe revolucionaria, la profesora universitaria recomendó sembrar plantas de acetaminofén, lo que provocó la carcajada nacional.

“El país está en tal punto que si el acetaminofén (paracetamol) se pudiese sembrar, las matas no crecerían por falta de fertilizantes”, matizó con mucha ironía Henkel García, director de Econométrica. Todo menos risas provocó otra de las decisiones de Maduro esta misma semana: nombrar como ministro de Agricultura a Iván Gil, al que había destituido del mismo ministerio hace ocho meses.

Risas que ya no se comparten, ni mucho menos, en las largas colas de compradores. Esas mismas colas que tanto llamaron la atención del ex presidente del Gobierno español, que las comparó con las del Este de Europa antes de la Caída del Muro de Berlín.

“Eso de la mata de acetaminofén es una burla. Ahora no conseguimos nada, ni pastillas anticonceptivas, yo me tuve que ligar (ligadura de trompas)”, se queja Carla Díaz, ama de casa de 29 años mientras espera en fila ante la Central Madeirense de Macaracuay, una de las cadenas más conocidas de la capital.

 

Viaje por las colas de Caracas

Un viaje por la Caracas de las colas confirma el hastío de una gran parte de la población. Según Datanálisis, la escasez de alimentos, medicinas y productos básicos supera el 55%, lo que significa que de cada 10 productos que buscas en una tienda, no encuentras ni siquiera cinco.

“Tuve que decirle a mi jefa que me dé libre los viernes después de las nueve porque son los días que me toca hacer cola. Pero me lo descuentan del sueldo”, afirma ante el mismo establecimiento Isamar Sánchez, empanadera de 27 años.

“Me dan ganas de llorar, de salir corriendo. Llegué a las 9,30 porque aquí había azúcar, pero se ha acabado. Supuestamente hay jabón, para no perder la cola lo compraré. ¿Qué más puedo hacer?”, añade Erika Padilla, psicopedagoga, frente a la tienda Plan Suárez, en La Trinidad.

“Esto es lo más malo que nos ha pasado, no es justo que tengamos que hacer cola debajo del sol. Como no consigo todo lo que busco, me toca correr de supermercado en supermercado”, detalla el electricista Rafael Vásquez.

 

Versión de la libreta cubana

El control sobre los ciudadanos, obligados a comprar según su número de identificación en una versión moderna de la famosa libreta cubana, ha convertido las colas en “ocasionales, ya que los productos básicos llegan a ellos ocasionalmente”, explica García.

“Al obligar al ciudadano a presentar documentos de identidad, someterse a controles biométricos, conculcarle sus derechos civiles, como la prohibición de pernoctar fuera de los supermercados, le humillan. Muestran que su modelo económico es inviable y exhiben la cara policíaca del Estado”, sentencia Dieterich.

Evelio García no es politólogo, pero sus palabras rezuman verdad. “Estoy cansado de hacer colas para poder comer, para que el pan rinda para mí y para mi familia”, se lamenta el albañil, de 53 años, mientras espera para comprar harina en un centro comercial de La Candelaria, el barrio de los emigrantes españoles. Es la imagen que ilustra esta crónica, la fotografía de la Venezuela de hoy.

 

@danilozanomadri / @DianaSanjines

@ELMUNDO.ES

 

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