“Liberen a Prometeo”

 

prome2Hace poco escuché una canción increíble. Se trata de un joropo tuyero llamado “Liberen a Prometeo”, del cantautor venezolano José Alejandro Delgado. La canción, una “ingeniosa exquisitez” (la frase es de mi amigo Gregory Zambrano), cuenta al son de guitarra y maraca criolla la historia inolvidable del titán quien robó el fuego para darlo a los hombres y sufrió doloroso castigo por su atrevimiento. Rescatando la tradición de los viejos juglares, y más allá, de los antiguos aedos como Ión, Hesíodo y el mismo Homero, Delgado nos va contando en cuartetas octosílabas, el verso popular por excelencia, las aventuras del viejo titán. Que esta tradición de antiguos bardos anda todavía por los campos y calles de nuestro país lo prueba la canción de Delgado. Ya no van de reino en reino, ni cantan en las cortes de los reyes, ya no tienen que sortear los peligros del mar y del camino. Ahora sobreviven matando tigres en cumpleaños y bautizos y andan por ahí “pilas con los choros”, pero en esencia la cosa es la misma.

La historia de Prometeo la cuenta bien contada Hesíodo en su Teogonía y en Los trabajos y los días. Prometeo (que en griego significa “el previsor”) era hijo del titán Jápeto y por tanto también un titán, es decir, de una raza superior y muy antigua, más antigua que los dioses. En aquellos tiempos los hombres vivían en la oscuridad y el atraso (“…no conocían de las letras / ni la O por lo redondo, / no podían contar las metras / ni navegar por lo hondo”, nos dice Delgado). Se encontraban sometidos al despotismo de Zeus, el “padre de los dioses y de los hombres”. Empeñado en ayudarlos, Prometeo tiene un plan para engañar a Zeus. Prepara en dos partes un buey sacrificado: oculta la carne buena en sus entrañas y en otra adorna primorosamente los huesos y la grasa. Da a elegir a Zeus la parte que comerán los dioses y la que comerán los hombres, y éste, claro, escoge la que se ve más apetitosa. Después descubrirá que solo eran huesos y grasa. Desde entonces, los hombres comen la carne de las reses y queman a los dioses la grasa y los huesos.

Percatado del engaño, Zeus monta en cólera y maquina un castigo para los hombres: les quitará el fuego. Entonces Prometeo decide robarlo. Sube al monte Olimpo y enciende una pequeña caña que oculta y trae a los hombres. Aquello ya es demasiado. Zeus no puede con la ira. A los hombres los castigará esta vez enviándoles un regalo muy peligroso: una hermosísima mujer, Pandora, que lleva una jarra de la que se derraman los males de la humanidad (la guerra, el dolor, la pobreza, el crimen). Zeus había aprendido que las apariencias engañan. Así como lo habían engañado, él también engañaría. Pero es al titán al que dedicará lo peor de su saña. En su Prometeo encadenado Esquilo nos cuenta cómo lo encadenan a una roca en el lejano Cáucaso. Allí va todos los días un águila a comerle el hígado. Como Prometeo es inmortal, el hígado se regenera, pero el águila volverá todos los días para comérselo de nuevo, y así para siempre…

El mito del benefactor de la humanidad que roba el fuego y es castigado guarda relación con leyendas de otras culturas, como es el caso de Loki, el dios tramposo de la mitología escandinava. También nuestros wayúus tienen un relato parecido. En el principio, los guajiros no conocían el fuego, comían todo crudo y morían de frío. Una noche el dios Maleiwa se encuentra en una cueva al calor de una fogata. Entonces llega el joven Junuunay, que finge estar aterido y le dice: “solamente vengo un ratico a estar aquí con vos. Tené compasión de mí, mirá que me muero de frío. No más me caliente un poquito me voy”. Maleiwa lo deja entrar, pero no se fía y lo vigila constantemente. Entonces un ruido llega de afuera y Maleiwa sale a mirar. Junuunay aprovecha, coge una de las brasas, la mete en el mapire y sale corriendo. Maleiwa lo persigue y Junuunay, en su carrera por el monte, da un pedacito de la brasa a Jimut, la luciérnaga, que lo esconde en un palo de caujaro, y otro a Kenaa, un joven cazador, quien lo reparte a los demás guajiros. Al final Maleiwa logra atrapar a Junuunay, y como castigo lo convierte en escarabajo.

No tengo que decir que el mito de Prometeo tuvo el impacto más profundo en la cultura de todos los tiempos. En la pintura, de Ribera a Rubens y Orozco; en la música, con Orff, Liszt o Beethoven; en la literatura, de Calderón a Shelley, Goethe y Byron. La imagen del fuego como elemento civilizador y del héroe filántropo que se sacrifica para darlo a los hombres ha tenido siempre un profundo simbolismo. También en política el mito inspira trascendentes reflexiones. Nos dice que los tiranos pueden llegar a los extremos más crueles con tal de asegurar su poder. Nos muestra cómo el miedo, el engaño y el castigo son y han sido siempre armas de la lucha por ese poder. Nos cuenta cómo, incluso desde tiempos míticos, los poderosos tienen la costumbre de encarcelar y mandar bien lejos a todo aquel que los desafíe.

 

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