Neymar contra Neymar

 

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José Sámano

 

 

Que Neymar se haya tenido que ir por la peor gatera de la Copa América es, sobre todo, culpa de Neymar. Su berrinche con el colegiado chileno Enrique Osses, al que al parecer anudó por el cuello mientras le llamaba “hijo de puta” hasta en cinco ocasiones, merece la condena que le destierra del torneo. Otra cosa son los atenuantes, caso de la permisividad arbitral con muchos carceleros del brasileño. Pero es hora de preguntarse por qué recibe más estacazos que otros genios como Messi o Cristiano Ronaldo, por ejemplo. Quizá porque Neymar, con algún exceso de samba futbolera interpretada a destiempo y peor entendida, frecuentes muecas burlonas y más sobreactuación de lo normal, no ayuda a un mayor concilio. Desquicia y termina por desquiciarse. Nada peor para el crack, al que rivales y árbitros de todo pelo han tomado la matrícula. Está en una diana de la que solo él, con otra actitud, podrá descolgarse. Sea justo o injusto, el azulgrana debe aceptar la realidad: siendo como es aún le esperan muchos fregados desagradables, lo que no le interesa.

En un año, es la segunda vez que Ney debe despedirse antes de tiempo, aunque por causas diferentes. El colombiano Zúñiga le astilló una vértebra en Brasil 2014 y ahora, ante el mismo adversario y sus colegas, acabó con las neuronas fundidas, a la gresca con unos y otros, los de amarillo y los de negro, en el césped y en el túnel de los camerinos. Sin llegar a tanto, por suerte, también estuvo a un paso de cerrar de mala manera la final de Copa con el Athletic por un arabesco sobrante, según ciertos códigos futboleros una irreverencia imperdonable. Un punto de madurez fortalecería su defensa, que la tiene, y mucha, cuando algún Giménez, como el del Atlético, le ensangrienta un tobillo en el Camp Nou. O cuando un Médel, el chileno, le pisotea en un amistoso en Londres. Son solo dos apuntes de las arteras sangrías que sufre. De las de verdad, no esas otras en las que simula una muerte transitoria.

Con la llegada de Dunga al banquillo de Brasil, Neymar recibió los galones de capitán, por delante de pretorianos como Thiago Silva o David Luiz. Un guiño al que se espera sea el líder de esta canarinha tan desteñida. El brazalete requiere mejor juicio, mayor aplomo en la duras y en las maduras. A las primeras de cambio, el chico ha perdido el gobierno, por más que exhiba como eximentes los moratones de sus despellejadas piernas. Es flagrante la falta de protección arbitral, pero el primero que debe preservarse es el propio Neymar. A nadie conviene que la especie se extinga. Por irritante que le parezca, por mucho que vaya en contra del sentido común y el juego limpio, en un fútbol tantas veces selvático, no encontrará resguardo si no cuida el temple, si no selecciona de otra manera su repertorio fabuloso de gambetas y otras deslumbrantes filigranas cuando son efectivas. Al estilo del buen torero: cuándo faenar y cuándo lucirse.

Neymar representa el único eslabón entre el fútbol actual y el auténtico Brasil de época, no el desnaturalizado desde hace años, este de tan ulcerosa digestión. Es la única gozada que queda del mejor vivero en la historia de este deporte, del país con mejor chistera. Neymar, como tantos de sus incunables antepasados, simboliza la parte más fascinante del juego, la del arte de lo imprevisto, la magia en estado puro, las piernas en vuelo por un lado y el cuerpo en dirección opuesta. Un futbolista imaginativo, con recursos para boquiabiertos, con el regate y sus múltiples variantes como hechizo. Un trapecista contra el fútbol robotizado, un embrujo para la hinchada. Ocurre que su sonrisa barrial a la cara del contrario no es la playera del dicharachero Ronaldinho. Ante el primero, los alguaciles ven a un chulapo y apuntan a las tibias; frente al segundo daban ganas de hacerse un selfie, como el del jamaicano Deshorn Brown con Messi el pasado sábado, aunque La Pulga no sonría ni en las postales.

Por todo ello, a Neymar no le bastará con apelar a la justicia, la poética y la real. Lo mismo da que se vea cargado de razones. Ante tanto piquete, de nada le servirá el “yo soy así”. El fútbol, sus viejos modos, sus antiguos mandamientos, no se lo consentirá. A la vista está. El mejor Neymar será otro Neymar, el de los mismos pies, sí, pero con otra cabeza.

Es el regate a sí mismo que le queda por hacer. Si lo consigue, los otros culpables quedarán al desnudo. Y los hay, claro que los hay. Del júnior brasileño depende que salgan a la luz. Mientras tanto, es Neymar quien juega contra Neymar.

Tomado de El País

 
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