Quemar el dinero

Paul-Pogba-Juventus

Necesitados de comprar algo caro, atractivo y bueno, los grandes clubes se lanzan a por el jugador en boga

Tal vez en este preciso instante un señor ligeramente calvo, dentro un traje cosido a mano en la sastrería Henry Poole de Londres, esté bajándose de un avión en algún aeropuerto, con un maletín en la mano. Fuera lo espera un coche con conductor, que lo llevará a un hotel de cinco estrellas, donde ha quedado en reunirse con un agente, en una habitación de la última planta. De camino, el conductor lo observa a través del espejo, y lo cala, a pesar de su gesto de acero. En un estilo campechano, al fin le pregunta: “¿Ha venido a fichar a Pogba, eh? Pues más le vale que ese maletín esté a reventar”. Parece una escena insólita, pero a su manera se repite varias veces cada verano. Solo cambian los nombres del futbolista y el conductor. El calvo bien vestido repite a menudo.

Al entrar en la depresión vacacional, los fichajes suplen la escasez de partidos y ruedas de prensa. Cualquier aburrida contratación, y sus intríngulis, puede hacerse pasar por un acontecimiento extraordinario. Sólo hay que echarle imaginación, igual que en ese viejísimo chiste en el que un pobre hombre se masturba con una mano mientras con la otra sostiene una botella de gaseosa, y al acabar proclama: “Joder, esto es vida: ¡champán y mujeres!”.

Hay siempre un momento en el que, necesitados de comprar algo caro, atractivo y bueno, por este orden, los grandes clubes se lanzan a por el jugador en boga. Algunos días esa es una forma tan hermosa de tirar el dinero como apostar en el Bellagio de Las Vegas. Eres el presidente, narices, y llevas dinero fresco en el bolsillo. Si algo sale mal tienes más en el armario. Visto desde lejos, y contado así, el mundo de los fichajes no parece menos interesante que California Split, de Robert Altman, pero es una murga. Los trámites poseen estructura de telenovela. Un día el fichaje está cerrado, al siguiente la operación peligra, después trasciende que existe una oferta de otro club, a continuación vuelve a darse por seguro el fichaje, antes de que la operación descarrile por segunda vez, lo que encarece la contratación, y así durante dos meses. Los diarios deportivos creerían que los veranos son desagradables y cortos, incluso gélidos, sin los equipos gastando a espuertas, como si sólo se tratase del arroz que se arroja al paso de los novios.

Si yo fuese rico, y presidente, sentiría un vacío inhóspito si no encontrase un futbolista en el que quemar dinero cada año. Después de tantos veranos disfrutando de al menos un largo, aburrido y arduo fichaje, no quisiera enfrentarme de pronto al drama de un estío huero, fugaz y divertido. ¿Qué se supone que haría en su lugar? ¿Leer Crimen y castigo en la playa? Imagino la desazón de un club ante la perspectiva de un año sin fichar. Frente a él sólo habría desierto y soledad, y una sensación parecida a la que experimentó el general Narváez, cuando su confesor, en las postrimerías, le pidió que perdonase a sus enemigos, y el general respondió con tristeza: “No puedo. Los he matado a todos”.

 

 
Top