EL NUEVO MAR DE LA FELICIDAD

 

19 Maduro Grecia

Como en líneas paralelas destinadas a juntarse en el infinito, andan en marcha inexorable la descomposición del sediciente modelo revolucionario y la sumatoria de conflictos sociales y energías críticas. Conforman, vienen a ser, la sustancia dinámica de la confrontación electoral del 6-D. Contar con fecha cierta para que las dos partes del merengue político nacional se enfrenten electoralmente a la vista del mundo, les está proporcionando consistencia política y despejando el significado real de cada una. Atrás van quedando los “terceros caminos”, las propuestas salvacionistas confiadas a los militares y la bien intencionada y argumentada, pero contraproducente propuesta abstencionista.

Por sobre los errores o pequeñeces que puedan saltar como chispas en la disidencia democrática y más allá de la incomprensión que se tiene acerca del verdadero papel de la MUD (incluida la de no pocos de sus propios integrantes), se ha ido tomando conciencia de lo que se está jugando en el país, y de los métodos que deberán aplicarse para iniciar un cambio democrático. Ya no se escuchan o se escuchan muy tenuemente lamentos pomposos tales como “todos los políticos son iguales”; “aquí lo que hace falta es un líder de verdad”. O también la fábula según la cual la crisis de Venezuela no se debe a incompetencia o a un modelo inviable. No, nada de eso. “Es algo minuciosamente calculado por los hermanos Castro” que se propondrían arruinar y hundirlo todo a fin de convertirnos en esclavos incapaces de reaccionar. Supuestamente los “mercaderes” del liderazgo opositor no entenderían la trama “o será que su silencio es parte de ella”. Pamplinas.

El gobierno –se repite hasta el cansancio- no quiere entregar el poder, impedirá las elecciones o hará un fraude masivo. Ignorando el brutal deterioro del bloque gobernante y su ineptitud para responder a la crisis, se sigue creyendo que “Querer es Poder”. Habría, pues que pedir a los militares que asuman el mando y nos saquen del atolladero. Una fantasía de Disney, Perrault o los Hermanos Grimm y no porque los uniformados sean déspotas genéticos. En absoluto. La gran mayoría se resentirá oyendo a la cumbre asegurar que los militares están de acuerdo con ellos. Pero así como ningún país extranjero puede hacerle el trabajo a los demócratas venezolanos, los militares tampoco pueden hacerle el trabajo a los civiles. Defender la Constitución, sí. Defender el resultado electoral y los DDHH, sí. Impedir un fraude, sí. Pero no asumir el liderazgo cívico-militar.

Con ciertos dislates y tonterías, la oposición ha alcanzado logros fundamentales que han drenado las posibilidades de perpetuación del poder. Resaltaré tres:

1) atraer la mirada del mundo hacia el estado humillante de los derechos humanos en Venezuela y del fracaso del modelo chavo-madurista (Francisco Rodríguez del Bank of América sostiene con probidad que Venezuela está peor que Grecia) Jamás tantos líderes mundiales se solidarizaron con la Venezuela democrática como en estos últimos años

2) elaborar la maqueta electoral de la unidad, por encima de mezquindades, rivalidades, competencias, para mí inevitables si no se quiere destruir el pluralismo. Es posible incluso que haya tarjeta única, pero si ese desiderátum no cristalizara, ya se dispone de lo esencial: la maqueta unitaria

3) elaborar el programa de actividades prelectorales para conjurar trampas y movilizar lo más que se pueda, y lo que habrá de hacerse si se ganan las parlamentarias para consolidar la democracia y reunificar pacíficamente el país.

Para que el cambio sea pacífico (pero no cándido), constitucional, electoral, hay que unir a la nación. ¿Y eso por qué? Simplemente porque Venezuela es plural, se agitan en su seno todas las corrientes del pensamiento y las opiniones más encontradas y variadas. Un modelo de ideología única –en este caso el llamado socialismo siglo XXI- no puede meter en el saco, sin romperlo, tantos criterios distintos y hasta excluyentes y por eso su derrota ya se prefiguraba antes del deterioro brutal que lo está minando, tal como su propia militancia lo percibe y comienza a pregonar.

Pero la oposición sí que puede lograr esa amplia unidad, si no pierde los estribos. Es un rasgo de inteligencia y serenidad política que muchos ya hayan captado lo obvio: la unidad no nos pone la condición de “comprar” la ideología de los otros. Los socialdemócratas, los democristianos, los liberales, los socialistas, los progresistas no tienen que dejar de ser lo que son. Lo que se les pide es algo que experimentamos exitosamente en 1958. Que por sobre sus diferencias políticas, ideológicas y sobre todo personales, confluyan en lo que les es común, en el objetivo magno, el objetivo de los objetivos: un cambio democrático que les permitiría competir pacíficamente en el marco del estado de derecho, y hacer acuerdos de gobernabilidad cuando sea necesario, de modo que todos puedan convivir civilizadamente.

El Gobierno se sienta sobre la punta de la bayoneta y del poder financiero, recursos amellados y en franco declive. Maduro ha proclamado que seguirá el camino de la desdichada Grecia. Es su nuevo mar de la felicidad.

El malestar nacional crepita con fuerza avasallante. La gran mayoría de las consultoras de opinión de Venezuela y del extranjero registra que los electores finalmente culpan de la tragedia al gobierno de Maduro. Es un salto adelante en la percepción política. Puede ser una victoria pintada en la pared

Las buenas estrategias son versátiles. Que las elecciones sean la vía respaldada por quienes nos honran con su solidaridad y afecto, no supone desestimar las protestas que crepitan diariamente.

Son ellas las afluentes profundas del cambio democrático.

 

 

 

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