Futbolserías

 

dt.common.streams.StreamServerCreo que ya antes escribí unas Albersidades con este título; pero como el fútbol es cíclico, también pueden serlo los títulos de los escritos. Es que cada cuatro años hay una copa de tal cosa, otros de otra cosa, etc. Siempre hay una copa de algo en fútbol. Como en los bares de antes, que no los de ahora, pues no se consigue alcohol ni para una inyección. Mucho menos inyectadoras ni qué inyectarse, como no sea de aquello tan prohibido y tan lucrativo.

Siempre veo el fútbol con el volumen apagado, y eso tiene sus ventajas. Una es que se observa el movimiento de los jugadores como en un partido de ajedrez, con el maestro moviendo sus piezas para batir al contrario. Se va analizando la estrategia de los directores técnicos dirigiendo sus peones, caballos, torres y alfiles por todo el campo para abatir al arquero, que hace las veces del rey del ajedrez. Otra, es que no tiene uno que calarse a un tipo, generalmente argentino, que le va diciendo a uno lo que está viendo en la pantalla: que el jugador, cuyo nombre y número vemos perfectamente en la parte trasera de su camiseta, avanza con el balón por el lado derecho y se lo pasa al número 4, que está del lado izquierdo. Como si se tratara de una transmisión por radio. Otra, es que no tiene uno que soportar el chabacano ¡TOMAPAPÁ! seguido de un interminable alarido como de que le han pisado un dedo con la puerta de una bóveda, anunciando que ha sido goooool. Cosa que ya uno está viendo, con todo y jugador dando volteretas en el aire o soportando el peso de sus compañeros que le han caído encima para celebrar.

Una de las cosas que me llama la atención es la moda entre los futbolistas, relativamente nueva, de gastarse la mitad de lo que ganan, que es un montón, en peluqueros y tatuajes. Bien podrían tatuarse la camiseta en el torso, si no fuera que cuando menos lo piensan los venden a otro equipo. Y es una moda curiosa: mientras menos categoría tenga, o más recién llegado a la fama sea el futbolista, más tatuajes y peinados estrafalarios exhibe. En cambio, hay equipos donde los jugadores no necesitan esos caminitos en el cuero cabelludo, trencitas, cortes apaches ni tatuajes multicolores para demostrar que son buenos y saben hacer lo que hacen: jugar fútbol y ganar los partidos. Brasil, por ejemplo, aunque últimamente no les está yendo muy bien, cosa que no tiene nada que ver con que se hagan o no tatuajes o se gasten horas en el peluquero.

Otra cosa que llama la atención es la agresividad de los menos capaces: cuando se ven perdidos, recurren al juego sucio. A la zancadilla, a la patada en la espinilla, al codazo en las costillas, al empujón descarado. Los buenos, los que corren ágilmente con el balón, haciendo parecer que lo tienen amarrado al tobillo, no recurren a peinados estrambóticos ni a empujones y zancadillas. Los contrarios se los dan a ellos, impotentes en parar sus avances.

Tal vez podríamos hacer de nuestras elecciones un torneo, donde al final se otorgue una copa. Veríamos a muchos escondiendo su verdadera fisonomía murinonide tras falsos afeites, tatuajes donde predomine el color rojo (pero que se destiña fácilmente), y disculpándose, lastimeramente, tras cometer la agresión al contrario que juega limpio y con destreza. Y comprando al árbitro, de paso.

Así no es fácil ganar, pero con el público a favor, es posible.

 

 
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