NO ES QUE UNO NO SEPA QUÉ DECIR

 

farmatodoNo es que uno no sepa qué decir. Lo difícil es asimilar lo que se ve y mantenerse esperanzado.

Ir a comprar algo es cada día más difícil. El día a día de todos es bastante similar: cola para comprar los productos que podamos haber encontrado y que sabemos bien cuáles son; búsqueda de algún repuesto, bien sea del carro, del autobús, de algún electrodoméstico, de alguna piscina, video-beam, televisión, en fin, de todo aquello que se considere máquina. Lentes de contacto, medicamentos, reactivos, bombillos, botellitas de agua, entre tantas cosas que podrían especificar los médicos, odontólogos, mecánicos, plomeros, dueños de papelerías, de automercados, o cualquier ama de casa.

No pude conseguir un simple pintadedos verde este mañana. Después fui a buscar un pote de silicona que el día anterior me había parecido muy caro y resultó haber estado a precio viejo y por supuesto, ya no estaba. Alguien lo había comprado. Uno no puede dudar ni un día sobre si comprar algo porque ya a las horas no estará. Si uno no se manda a hacer los lentes ya, hoy, por ejemplo, mañana estarán al doble y eso con un pantalón, unos zapatos, un cuaderno, un paquete de hojas, de creyones, o de cualquier cosa. Hay que comprar lo que se necesite sin pensarlo mucho y si se puede, claro, pero uno se encuentra con que estamos siempre intentando ganarle la carrera a la inflación. Esto genera zozobra, incertidumbre, tristeza, pues la gente no sabe cómo podrá comprar sus cosas.

Uno ruega que no pasen dos cosas a la vez, porque si buscar y pagar un repuesto es una proeza, ¿qué será buscar dos a la vez? Uno no quisiera que así fuera, pero así es, porque es normal enfermarse y necesitar papel toalé, algún antibiótico, y que la batería del carro, por ejemplo, cumpla con su ciclo de vida. Es normal necesitar lentes y que esto coincida con las inscripciones de un nuevo año escolar. Lo que no es normal es que el sueldo solo alcance para una necesidad a la vez. Lo que no es normal es que todas las situaciones se vayan tornando en extraordinarias y que haya que decidir entre ir al médico o comprar la batería del carro.

Uno escucha a la gente decir: “esto es solo un cuarto de dólar, o un dólar o solo tres dólares”. Sin saber de economía todos vamos siguiendo los tiempos y vamos descubriendo el triste valor de nuestra moneda. Mi hijo decidió empezar a llevar sus ahorros al colegio para comprarse jugos y tequeñones, al captar que eso era preferible a tener el dinero estancado. La pequeña decidió también usar su dinero “por si acaso al Gobierno se le ocurría cambiar la moneda de nuevo. ¿Y si me quedo sin nada?”. Eso es sabiduría popular. Hasta los niños captan. Los billetes de dos y de cinco se van quedando en el carro para la gasolina. Otra gran contradicción que, sin ameritar de mucho estudio, advierte cualquier niño con su lógica espontánea: “una galleta de Bs. 50 contra los cuatro bolívares para la gasolina”.

Estas clases de economía callejeras que todos estamos teniendo deberían servirnos, entre otras cosas, para asimilar la lógica de una realidad que se impone. Nadie que busque ganar puede dejar de producir para provocar una guerra al Gobierno. La realidad grita que eso no es posible y lo cierto es que solo la realidad que se toca, que se palpa en carne viva, es capaz de callarle la boca al cuento de camino. Un país sale adelante con inversión de capitales, con la apertura al sistema de mercado, con la confianza de que lo invertido no será expropiado, con esfuerzo, trabajo y honestidad, en definitiva. Otras de las grandes cosas que estamos procesando, digiriendo, es que hay modos honestos, distintos, de hacer política. Los ciudadanos, por otra parte, se están haciendo sentir en sus diversas comunidades. Estamos comprendiendo el concepto de ciudadanía y estamos implicándonos en la necesaria transformación del país. Todo el esfuerzo está resultando en una lucha por no dejarse ahogar en el pantano. Nadie dice que es fácil, pero hay muchos focos de luz, hay mucha gente trabajando por encontrar las razones para no dejarse hundir.

Hoy, por ejemplo, es el acto de fin de curso de mi hija menor. No lo he visto todavía, es cierto, pero sé que va a ser muy conmovedor. El tema central es Venezuela. Sé que van a cantar esa canción que lleva el nombre del país y que evoca en todos una gran nostalgia. Sé que van a remover muchos sentimientos en algunos que se van y en los que nos quedamos.

Estos tiempos oscuros pasarán, es cierto que no sé cómo, pero somos una gran mayoría los que queremos otro país. Seremos más realistas, más trabajadores, menos ingenuos. Había mucho que aprender. Entre otras cosas, había que aprender a querer al país. En eso estamos, comprendiéndolo, buscándolo -como dice Leonardo Padrón-, pero confío en que el fruto de la labor de hormiga de muchos, se verá en un día no muy lejano.

 

 

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