DE FRANCISCO

 

VATICAN-POPE-AUDIENCEDe la gira del papa Francisco por Suramérica solo se escuchan elogios; merecidos, por cierto. Una de sus frases, breve, concisa, densa me ha llamado particularmente la atención porque da la casualidad que toma uno de los temas a los que en los últimos años me he referido con más insistencia.

  • Las ideologías –disparó- pueden desembocar en dictaduras

Uno de los debates implícitos que navegan en el mundo es el de ideología y pragmatismo. Se da por sentado que los partidos han dejado de lado su consistencia ideológica para naufragar en las playas de la filosofía instrumental, pragmática, de considerar como única verdad aquella que es útil. Es una doctrina típicamente norteamericana, en tanto que alemán fue Marx, uno de los representantes más eficaces del carácter ideológico de los movimientos políticos. En este contexto las ideologías son definidas como sistemas de ideas que pretenden incidir sobre los sistemas sociales existentes.

“Ideológicos”, pero conservadores, son los que pretenden preservarlos. “Ideológicos” pero revolucionarios los que buscan destruirlo para edificar otro sobre sus escombros. “Ideológicos” pero reformistas los que se limitan a modificarlo sin alterar su esencia.

Como la influencia del marxismo fue muy fuerte más allá incluso de las corrientes comunistas y socialistas, contar con una ideología propia, inscrita en el frontis de los partidos, fue tenido como prueba de profundidad teórica, a diferencia de los pragmáticos que reducían lo “verdadero” a lo “útil”.

  • ¡Volvamos a lo ideológico, el pragmatismo está creando una anomia dirigencial y colocando a los partidos a navegar al garete! claman muchos, en parte –pero solo en parte- con razón.

Las luchas entre movimientos ideológicos tienden a apasionarse para imponerse a las rivales. De las ideologías, sometidas al fuego de debate (donde se pone en juego una presa tan codiciada como el poder) se recae con facilidad en el dogmatismo, particularmente cuando para dotar de argumentos a los militantes, los sacerdotes de la teoría hacen manuales y cartillas sintéticas y en ellas encierran todas las respuestas. Los que vacilan en defender la palabra consagrada pierden rango, los que adquieren lo que se llama el “salivero ideológico” ganan terreno. Los que dudan son sospechosos o ineficaces.

Hablo de las ideologías que denomino “duras”, por supuesto: el nazi-fascismo, el marxismo-leninismo, el estalinismo, el trotskismo, el maoísmo, el anarquismo militante. Porque no necesariamente pertenecen a esta familia sistemas de ideas como los de la socialdemocracia, la democracia cristiana, el liberalismo. Más allá de aciertos y errores, practican el pluralismo y la tolerancia y en consecuencia, cuando triunfan –que se conozca- no han impuesto verdades únicas, admiten la disidencia y la posibilidad de suscribir, cuando sea necesario, pactos de gobernabilidad.

¿Y el nacionalismlo? Es más sencillo, justo y noble, pero también podría ser manipulado por las ideologías duras. Hitler y Mussolini fueron furiosos nacionalistas, Perón, no se diga, Stalin lo aprovechó hasta las heces. Al apoyarse en ese legítimo sentimiento, Fidel pudo adaptarlo a sus fines y explicar los precarios resultados de su revolución invocando la patria amenazada, conducta continuada en Venezuela por el presidente Chávez y sus sucesores. Nadie más dispuesto a inventar historias y epopeyas nacionalistas, guerras económicas, magnicidios o invasiones inminentes de marines. Nunca necesitaron probar nada, les bastó con ondear el pabellón tricolor. Por suerte, no abundan en Venezuela los incautos dispuestos a aceptarlo.

¿Se entiende mejor el alcance de lo postulado por Francisco?

No dijo que las ideologías sean “necesariamente” totalitarias. Ocurre eso cuando se dogmatizan y devienen portadoras de la verdad única, que desde la sombra del poder imponen a la brava a las demás. Es la enorme importancia de la democracia, entre cuyas reglas está la coexistencia civilizada entre ideologías, corrientes y opiniones diversas. ¡Qué disputen sin desterrarse!!Que no impongan censuras, ni dictaduras comunicacionales! ¡que no persigan medios y periodistas! ¡que consagren la opinión libre y el libre juego de tendencias, sometiéndose todas al dictamen del sufragio!

¿Es preferible entonces el pragmatismo político-partidista? Esta es una corriente filosófica más respetable de lo que se cree. Dos figuras ilustres de EEUU la proyectaron en el siglo XIX: Charles Sander Peirce y William James. El alemán Friederich Nietzsche se les acercó bastante, cuando escribió:

  • La verdad no es solo un valor teórico, sino también una expresión para designar la utilidad.

En 1978, envuelto en una doméstica y cismática discusión (como todas las que discurrieron en partidos de ideología dura), me permití salir en defensa del pluralismo democrático.

  • Los partidos son “políticos”, no “ideológicos”, sostuve entonces.

En fin: ¿pragmatismo o ideología? Sin dogmas es posible conjugar ambos aspectos. Los partidos deben ser programáticos, con sus ideas abiertas a la discusión, y flexibles frente al argumento adversario.

Me atreveré a citar ahora a un Gengis Khan del siglo XX, un asesino en masa, Iosif Vissarionovich Djugasvil, conocido con el nombre de Stalin. Cualquiera puede soltar alguna verdad en un océano de mentiras. Afirmó aquel terrible georgiano que para salir adelante había que disponer del ímpetu revolucionario ruso combinado con el espíritu práctico norteamericano. Es lo que infructuosamente pretendió hacer -o mejor, imponer- con las consecuencias ya padecidas por la Humanidad.

Olvídense, claro, de Stalin, pero piensen en la astucia de esas palabras. Lo que se necesita para lograr el triunfo, vencer el escepticismo, conducir a un pueblo aplastado por la ignominia, es un sistema ideológico con muchas respuestas pero sin pretensión de verdad única; y un sentido pragmático, susceptible de ganar a todo el que pueda serlo, sin obligarlo a pasar por el obsesivo departamento de cuentas por cobrar.

Gracias Francisco por tus consejos

 

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