El Ardaturanismo no muere sin Arda

 

arda-turanIÑAKO DÍAZ-GUERRA

 

La ruptura duele. Mucho. Han sido cuatro años increíbles, en los que el Atleti recuperó la grandeza con un equipo en el que el turco era la seña de distinción, la niña del abrigo rojo en el blanco y negro de La Lista de Schindler: había futbolistas mejores, no había ninguno más especial. Y así nació una leyenda que derivó en religión de un solo mandamiento: molar. Molar más que nadie. Y los rojiblancos presumimos orgullosos de ese mesías inesperado y cool: rock en un mundo de reggaeton, barba hipster rodeada de patillas finas y peinados imposibles, sonrisa silenciosa entre egos disparatados. Un ídolo, un genio, un tío de madre. O, al menos, eso decidimos nosotros y él se encargó de fomentar con su decisión de no hablar para no estropearlo. Sabio.

Ahora que se marchó y, como siempre te deja alguien a quien aún quieres, la primera reacción es un despecho adolescente: nunca te perdonaré, ojalá te vaya mal, encontraré alguien más guapo. Un orgullo primario y falso, pues en realidad sólo quieres lloriquear, abrazarle las piernas y rogar que se quede. Enamorarse es una mierda de manual. Además, cuando pensábamos que se iría de Erasmus a Inglaterra para diluir el dolor con la distancia, coge y se larga con tu vecino. Eso escuece el doble, pero reconozcámoslo: el Barça tiene todo el sentido del mundo para Arda.

En la despedida más ardaturanista posible, el turco no se va por dinero (no sólo, al menos). Hubiera sido una razón tan buena como cualquier otra (lo de llamar mercenarios a los futbolistas como si todos fuéramos cooperantes es una farsa histórica), pero Arda, que paga todos los recibos del edificio de Estambul en que creció y se ha pasado cuatro años cenando en un kebab de batalla de la calle Narváez, tenía diferentes problemas en el Atleti: filosóficos, no monetarios. Se ha hablado mucho estos días de que estaba harto de correr y la frase, aunque exagerada, sí apunta donde debe, siempre que se interprete como una cuestión de estilo y no de pereza. No le importa correr, pero preferiría hacerlo más con la pelota que detrás de ella. El Chelsea de Mou no podía ofrecerle eso, el Barça de Luis Enrique sí. Correrá mientras le persiguen, no persiguiendo.

La exigencia de Simeone hizo de Arda la estrella mundial que es hoy, pero el sacrificio del turco también fue loable: pocos futbolistas de élite asumen el paso de artista displicente a esforzado jornalero como él hizo. Y ganamos todos: el Atleti, el futbolista y una afición orgullosa y entregada. Se va y el dolor nos nubla la mente, pero esto siempre se cura igual: saldremos, beberemos, escucharemos música ñoña, daremos la brasa a nuestros amigos recordando los buenos tiempos y, en breve, estaremos con otra. Y una mañana, el rencor se habrá ido y nos daremos cuenta de cuánto disfrutamos, de lo divertido que fue, de que aún le queremos. De que el Ardaturanismo fue su invento, pero no su posesión. Molar, amigos, molar más que nadie. Sudar puede cualquiera.

@iñakodiazguerra

 
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