El nuevo votante es huérfano

 

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Haga el intento de trazar una suerte de timeline de los referentes de la historia política de su país durante el tiempo que lleva con vida. Un ejercicio político y autobiográfico a la vez, digamos. Si vive en América Latina, es posible que le baste con delinear los perfiles de sus caudillos.

En el siglo XIX, en el XX y en el 21 nos movemos con comodidad entre el caudillo militar clásico, los líderes portaaviones, las renovaciones, el culto a la personalidad y la devoción al líder fallecido.

Simón Bolívar sigue liderando una de nuestras Cortes Espirituales y Juan Vicente Gómez tiene velas en más de un altar. Los caudillos que se transforman en líderes muertos son políticos que saben morir a tiempo (Fernando Mires dixit). Y cuando su cadáver está tibio, como el del Cid Campeador, los caudillos muertos son muy útiles. Ahí están las elecciones inmediatas al duelo de Nicolás Maduro o Cristina Fernández de Kirchner.

Pero, con el tiempo, todo peso se convierte en un problema. Y el peso del caudillo muerto radica en completar su épica a la vez que se le transforma en figura ejemplar y mito inatrapable. Incluso, si mueren en el poder producto de una enfermedad, la historia oficial se deja torcer lo suficiente para decir que dieron su vida por la Patria.

Y, como así nadie podrá estar a la altura, cada hijo querrá capitalizar su parte la herencia. En especial los ilegítimos, esos que no lo disfrutaron en vida. Porque el capital político no puede comportarse sino así: como un capital. Y las peleas más férreas se dan entre herederos.

En Argentina (por poner un ejemplo cercano, pero ajeno) la manera en la que las tribus políticas se pelean la etiqueta peronista es feroz. Menem fue peronismo. Kirchner es peronismo. Todo puede ser peronismo. La amplitud (y la abstracción) de lo que el peronismo significa como doctrina política permite la proliferación de tantos peronismos como peronistas dispuestos a refundarlo.

Es lo que suele pasar con las etiquetas que tienen como raíz un apellido y no una idea.

En Buenos Aires, el peronismo (y el kirchnerismo) fue visiblemente reducido en unas elecciones metropolitanas. Sí: son en una ciudad capital que no refleja ni a la provincia ni a Argentina entera, pero tuvieron lugar en un terreno político donde la opción que defiende el gobierno nacional siempre había sido (al menos) una segunda opción.

En Venezuela, una parte del país político se pelea una herencia contradictoria (un militar de izquierdas, un golpista fracasado pero invicto en lo electoral, una figura mediática con un discurso que condenaba el poder de los medios de comunicación) y con un legado así nadie puede quedarse con todo.

Además, quienes militan en las ideologías clásicas han decidido atender a los planes, a los proyectos, a las visiones de un futuro verosímil. Y han puesto eso por encima del carisma del líder, para poder defender sus ideas incluso del líder mismo.

¿Se ha preguntado el liderazgo opositor si existe un nuevo elector que empieza a ver en las ideas algo más tangible que las ideologías? ¿O se están conformando con salir ganando, confiados en lo mal que lo hace su contrincante?

Cuidado.

Ese nuevo elector duda de quien se autoimponga la militancia de un apellido, de quienes mantienen secuestrados los cadáveres y reclaman su herencia gratuita. Pero también duda de quienes se conforman con oponerse a una militancia apellidada.

Si ser “el candidato chavista” ya no asegura nada, ser “el anti-chavista” tampoco es suficiente.

Ya los votos no se conforman con apellidos: esperan argumentos. Estamos a salvo del chantaje: en una nueva dimensión de la política, el nuevo votante ha decidido mantenerse huérfano.

Tomado de @PRODAVINCI.COM

 
Willy McKeyWilly McKey

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