Las bachaqueras de Maduro

Pañales

Al llegar a la esquina había dos mujeres echadas en el piso, cada una abrazada a un par de paquetes de pañales. A la mujer que caminaba delante de mí la miraron y una de ellas le dijo ¡a 600 bolívares cada uno! La mujer no respondió y siguió de largo.

Las dos mujeres lucen relajadas y no les molesta tener el piso de la acera como asiento. Legis estampados, franela sin mangas, cholitas de goma y un mecatillo en el tobillo, sugieren la vestimenta apropiada para sobrevivir a cinco horas de cola, adquirir el par de productos disponibles de acuerdo al número de cédula y quizás media hora o sólo 15 minutos para que por esa esquina pase alguna mamá estresada que les arranque los cuatro paquetes obtenidos en un Bicentenario.

Estas dos mujeres seguramente no saben que el Gobierno las ha clasificado como la punta de una cadena de una conspiración que comienza en Washington, confabula con la derecha apátrida y confluye en un amplio segmento de personas conocidas como “bachaqueros”. Según el presidente Nicolás Maduro, se trata de una mafia organizada, cuyo negocio ofrece mayores ganancias que el narcotráfico. En otras palabras, según Maduro, estamos hablando de organizaciones que deben ser más poderosas que los carteles mexicanos.

Sin embargo para el venezolano común, ese que camina por las calles mirando de lado y lado, el paisaje que ocupan estas dos mujeres es común en la ciudad. También lo es para el policía, para el Guardia Nacional y hasta para las bandas armadas que controlan partes importantes de la ciudad. Es decir, que es tan común que nadie observa en la acción de revender un producto que ha desaparecido de los anaqueles, un acto ilegal o una conspiración contrarrevolucionaria.

A estas dos mujeres seguramente no les importa que las llamen bachaqueras. Con una sola jornada han obtenido una ganancia superior al trabajo de 8 horas que le pudiera ofrecer cualquier oficio remunerado. Su intuición las llevó a entender la dinámica económica que vive el país y que los jerarcas ideológicos del chavismo quizás nunca logren descifrar.

Detrás de esos cuatro paquetes de pañales se mueve un gran aparato burocrático que comienza con los mecanismos de importación, con cada trámite, con cada alcabala, en cada permiso, cada uno de los cuales genera un pago, una comisión, hasta llegar a los depósitos del Bicentenario. Una gran cantidad de funcionarios, supervisores, gestores y superintendentes han sido contratados para vigilar que todo el proceso cumpla con las normas impuestas. Al final del recorrido cada paquete de pañal habrá costado más al país que el monto pagado por la desesperada mamá en la punta de la cadena.

El principio se cumple con casi todos los productos de primera necesidad, medicinas, repuestos o alimentos procesados, de los cuales 80% vienen del exterior.

A las consecuencias económicas que paga la población con precios inalcanzables y escasez, el Gobierno las bautizó hace tres años como “la guerra económica”. Nada ha cambiado desde entonces. Ni comandos de estado mayor, ejércitos de supervisores, ni alcabalas en todas las carreteras, han cambiado esa realidad. Cada día más productos entran en la cadena de los “bachaqueables”. Maduro y su Gobierno encontraron que la mejor fórmula para gobernar es no hacer nada, no corregir y hablar de cualquier tema menos de lo que ocurre en el país.

Las bachaqueras ya regresaron a su barriada cada una con 1.200 bolívares en el morral. No requirieron de mucho pensar para desentrañar cómo se mueve la economía en Venezuela.

 

 

 
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