¡QUIERO VER ALEGRE A MI PAIS!

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Anoche tuve un sueño. Pude ver, que en medio del indetenible descenso de los precios del petróleo, habíamos logrado darle vuelta a la crisis. La industria y la agricultura operaban con asombroso vigor y las exportaciones no tradicionales crecían exponencialmente. Soñé que había vuelto la seguridad y el orden, que crecían las posibilidades de empleo, que sonrisas afloraban en las calles al ver a Venezuela renacer.

Al abrir los ojos, me di cuenta de que nada había cambiado. Que un rayito de luz se había filtrado entre mis sábanas, penetrando las tinieblas hipnóticas de Morfeo.

Venezuela se aproxima a un grave desenlace, y a lo interior del gobierno, no parece haber suficiente conciencia del peligro que acecha, y acecha al gobierno mismo, cuando la utopía de la revolución ha fenecido, y todos, todos a la vez, la economía, la política y la sociedad en su conjunto, han llegado al umbral de una crisis terminal.

Se dirá que los países no mueren. Es cierto… casi siempre. Pero aquellas sociedades que sufren severos descalabros, al igual que el paciente que sufre un grave traumatismo, tardan años en recobrar sus fuerzas, en lograr la coordinación de sus miembros, en recuperar el dominio de su propia realidad.

Esta semana, una amable lectora colocó un comentario en la red invitándome a abrir un link. Pensé que contendría alguna observación o crítica a mi más reciente artículo. Pero al abrirlo, https://www.youtube.com/watch?v=bxAoIGHbY2E volví a ver ese rayito de luz.

Les confieso que en el 98 yo tenía absoluta seguridad de mi triunfo. Tanto que no arranqué la campaña el 8 de agosto como los demás, pensando que tres meses y no cuatro, eran más que suficientes para alcanzar y rebasar a quien entonces lideraba las encuestas. En su lugar, viajé a Colombia a acompañar a Andrés Pastrana, un viejo amigo, que en esa misma fecha tomaba posesión de la presidencia de su país.

Mi optimismo era sobrio. Tenía bases sólidas para pensar que ese sería el desenlace. Cuidadosos estudios cualitativos y encuestas muy discretas que veníamos realizando, confirmaban una y otra vez, un hecho insospechado por mis adversarios. Un 71% de los electores pensaba que el gobierno de Carabobo, mi gobierno, había sido el mejor del país, y que al asociar mi nombre con la imagen de mi gestión, los resultados cambiaban radicalmente, colocándome holgadamente por encima de mi más próximo rival.

Además, yo tenía una gran ventaja. Avanzaba sin ser visto. Competía con tres gigantes que me eclipsaban, Irene, una extraordinaria alcaldesa y radiante Miss Universo, Hugo Chávez cuyo Por Ahora, aún resonaba en el subconsciente del venezolano y Claudio, quien cinco años antes había sido candidato presidencial de AD.

Cuando a inicios de septiembre arranqué mi campaña (con la canción que mi amable lectora ha remitido), Hugo Chávez me llevaba 20 puntos de ventaja. Siete semanas más tarde, sin embargo, al finalizar octubre, Hugo había descendido a 40% y mi candidatura le había dado alcance.

Así lo revelaron los resultados de las tres únicas empresas que midieron la posición de los candidatos el 31 de octubre: Datos, Mercanalisis, y nuestra propia encuestadora, Pennquest. De ellas, sólo los resultados de Mercanalisis tuvieron difusión, y ello solo en un artículo publicado en el portal de Aporrea.com. Los datos disponibles nos hacían prever que nuestro remate sería arrollador.

Pero no anticipamos la emboscada.

No tomamos suficientemente en cuenta la posibilidad de que el resultado de las elecciones a las gobernaciones y el Congreso, a celebrarse un mes antes que las presidenciales, pudiera ser utilizado tan hábilmente en mi contra. El adelanto había sido acordado por AD y Copei, temiendo que, dado el descalabro de sus propios candidatos, de realizarse esa elección con las presidenciales, muy baja representación tendrían en el Congreso que se iba a elegir.

La emboscada, cuidadosamente preparada por el comando de AD en combinación con poderosos medios, tenía el propósito de reflotar la candidatura de Alfaro, lo que requería destruir en dos o tres semanas a quien presumían venía de segundo. Llamémoslo, bondadosamente, un acto de ingenuidad.

La coalición de Chávez ganó 7 gobernaciones, mientras AD lograba la misma cantidad. Con esa base argumental, crearon mediáticamente una polarización ficticia entre Chávez y Alfaro, mientras, violando las normas del CNE, dedicaban ocho minutos diarios a cuñas devastadoras, dirigidas a destruir mi opción.

En quince días, lograron su objetivo. Un 13% de mis votos se marcharon, pero en un país que demandaba un cambio radical, los votos emigraron no hacia Alfaro, que permaneció en su 5%, sino hacia Hugo Chávez, convirtiéndolo en seguro triunfador.

Han transcurrido dieciséis años y ya mi relato es historia. Me limito a echar el cuento. Pero sigue vivo en mí, muy vivo, el propósito que me llevó, sin dinero y sin partido*, a aspirar a la presidencia en el 98.

¡Quiero ver alegre a mi país!

*Cuando anuncié mi candidatura, Proyecto Venezuela era un partido regional, inscrito solo en Carabobo.

 

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