Impresiones de Viaje

 

 

Resulta siempre muy interesante tratar de entender cómo nos ven otros que vienen de fuera. En esta segunda parte del viaje de “un gringo” en Venezuela, y de un venezolano que lleva tiempo sin venir a su país, comentaré algunas cosas que han llamado su atención, y la mía, pues toda relación es una retroalimentación. Este proceso es dinámico y ellos siguen, además, por aquí. Todavía hay tiempo de más experiencias e impresiones.

Yo nunca he vivido fuera de mi país. Por eso debo imaginar, suponer, que regresar a la propia tierra después de un tiempo, sabiendo, además, que es probable que no se vuelva a vivir aquí, debe ser emocionante. Debe generar sentimientos encontrados, como esos que removieron en mi hermano las fotografías de un calendario de diversas partes del país que le mandé de regalo de Navidad. El que cruza una orilla debe adaptarse a la nueva, pero sin olvidar la propia y supongo que lleva tiempo asimilar cómo convivir con ambas culturas. Convivencia que deviene en coexistencia. Yo sólo imagino y supongo, porque no lo he vivido.

Digo esto porque lo inevitable en la vida de quien va y regresa es la continua comparación entre ambas realidades. Desde el primer día estos muchachos han visto las colas para comprar papel toalé y como ustedes saben, cualquier otra cosa de la gran lista. El dinero les rinde, a nosotros no. Se asombran de lo que les cuestan los médicos, la comida, los paseos (por los pocos dólares que pagan). Sobre si disfrutaron en Los Roques o en Canaima no hay mucho que decir. El que no se quede pasmado ante tanta belleza no es humano. Para quedar paralizado ante esos paisajes no hace falta ser extranjero. Es cierto, sin embargo, que tanta exuberancia y pureza, tanta naturaleza en su estado primigenio, selvático, vuelve locos a los que vienen de sociedades muy organizadas. Y si supieran, ese fue justo el contraste que sintió con fuerza el muchacho venezolano al pisar Maiquetía. Al llegar sintió que respiraba libertad. Claro, no vive aquí, le diría cualquiera, pero es interesante su sensación, pues la seguridad y el respeto a los derechos individuales que caracteriza la vida en un país del primer mundo suponen una observancia a la ley que nosotros desconocemos. Y estos contrastes nos pegan.

En la búsqueda de los traje de baños, mucho más baratos para ellos aquí, lograron ir a dos fábricas. La muchacha norteamericana me preguntó si era común eso de ir a las fábricas y yo le dije que lo hacía quien buscaba ahorrar. Le extrañó muchísimo ver paredes en las casas; ha sentido, como es lógico que sienta, que la gente busca protegerse. Cercos eléctricos, alambradas, muros muy altos y rejas, han sido realidades que le han asombrado. Le ha impresionado también que la gente hable tanto del dinero y que “se sepa” de economía desde tan joven. Yo le expliqué que en estos momentos cualquiera debe tratar de entender lo que quizás nunca antes procuró entender, pues si no lo hace no comprendería al país ni sabría tampoco cómo moverse ni qué decisiones tomar. Me dijo que ellos sabían lo que era la inflación, pero nada más. El juego era para ellos predecible, “simple”. Uno trabaja, gana y paga. Aquí existe eso del “control de cambio”, me decía, y “ustedes están siempre traduciéndolo todo a dólares”. Confuso, sí, para un norteamericano.

Los invité a dar una clase a mis alumnos porque ambos son escritores creativos. Se asombraron de la mucha atención de los muchachos y de que ninguno se durmiera. Confieso que yo he visto un cambio en este último año en la actitud de muchos. Lo atribuyo, les dije, a que la situación económica puede ser tan tensa para algunos hogares que no cabe la inconsciencia en quienes han logrado una beca o reciben el apoyo familiar para ir a la Universidad. Además, la incertidumbre está haciendo que muchos muchachos se apuren en sus estudios para correr a producir o tristemente salir del país. A la muchacha le asombró que yo no pensase en irme y le dije que la crisis que vivíamos se estaba traduciendo en muchos en todo un dilema existencial. Plantearse irse o no irse no es cualquier cosa, le dije. Exige definir los ideales para encontrar el propio lugar en el mundo. Un lugar que es mucho más que un punto físico. Uno debe encontrar una razón para quedarse (una misión) y en su búsqueda muchos se han vuelto más profundos y reflexivos.

La muchacha quería conocer Petare. Le tomó muchas fotos. Es una realidad totalmente desconocida para ella. Si para muchos venezolanos puede ser como otro mundo, para un norteamericano lo es más.

Su asombro ante la escasez de lo más básico, ante las colas, es el mismo que los venezolanos tuvimos algún día cuando escuchábamos lo que vivían los cubanos. El mismo asombro. ¿Lo recuerdan?

Los contrastes son muy fuertes: escasez, colas, inflación y restaurantes con mucha gente dentro, como si nada…Un país muy loco. Para comprenderlo hacen falta más de tres semanas. Si nosotros lo estamos intentando, ¿podrá lograrlo un extranjero?

 
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