Nosotros los privilegiados

 

familia latina

Deseo para cada venezolano una vida mejor que la que yo y muchos como yo hemos tenido. Sé que he sido una privilegiada. Tuve papá y mamá dedicados a hacer familia, a trabajar, a cuidar de sus hijos, educarlos, formarlos, darles amor y atención. Conozco este país casi de punta a punta. He recorrido sus carreteras, sus pueblos y ciudades. He probado sus platillos y sus dulces. He hablado con venezolanos de pompa y también con humildes ciudadanos de a pie. He tomado café en finísimas tazas de porcelana traslúcida y también en pocillos de peltre, para concluir que en ambos, si el café es bueno y ha sido bien colado, sabe igual. He conocido venezolanos de todo estrato, raza, estirpe, tendencia, pensamiento, color, olor y sabor. De casi todos he aprendido algo.

Como fui becada casi toda mi carrera universitaria, luego de mi graduación en la UCAB negocié con mi papá que me financiara un año más en la universidad para obtener una segunda especialidad. Lo hizo bajo la condición que lo hiciera mientras trabajaba. Cuando me gradué, pude escoger entre tres ofertas de empleo. Tres, a cual mejor. Estudié en la universidad a punta de colas. Para entonces el transporte público era bastante precario, así que me las agencié para moverme a punta de colas. A cada uno de esos amigos les agradecí infinitamente su cortesía.

Aparte de tres comidas diarias bien balanceadas, en mi casa siempre hubo libros; información y cultura estaban disponibles. Y tuve además el privilegio, por ejemplo, de aprender los pormenores de la Guerra Federal en la biblioteca del doctor Miguel Ángel Burelli Rivas. Padre de cinco hijos, él no tenía por qué dedicarme tiempo y paciencia. Pero lo hizo. Y eso no tuvo precio.

Crecí en una familia en la que jugar era un acto de inteligencia. Un reto permanente. Ganaba el torneo quien más sabía. Así aprendí que mucho más gratificante es el éxito medido en conocimiento que aquel que se pesa en dinero. Tempranamente entendí que es más rico quien más sabe que quien más tiene. Hoy aprender es mucho más fácil que cuando yo era joven. No puedo ni imaginar a mis papás teniendo a su alcance la maravilla de Internet. Si ya mucho sabían, si mi papá leyó de punta a punta la Enciclopedia Británica, si mamá tenía talento natural para el progreso, cuán lejos hubieran llegado si en la biblioteca de casa hubiera estado instalado un computador con acceso a todo el conocimiento universal.

En mi casa hubo lujos. Muchos. El de la unidad. De la amistad. De las querencias. Del compartir. Las alegrías se festejaban juntos. Los problemas se padecían juntos y juntos se superaban. Eso, que hoy llamamos solidaridad, era el pegamento familiar, que no se derretía ni con el calor más sofocante de cualquier angustia. En mi casa el amor jamás tuvo fecha de vencimiento y se le vetó la entrada a la vulgaridad, al manirrotismo, a la estupidez. Se le dio con la puerta en las narices a cualquier manifestación exógena de ordinariez o corrupción que pudiera ensuciarnos. Nos enseñaron a no escupir en la calle, a respetar a los mayores, a querer a los animales, a retribuir las gentilezas y cortesías; que botar comida es un pecado, que los libros no se queman, que hay que limpiar la casa y las aceras, que la ropa se cuida, pues cuando uno ya no la use a alguien le servirá. Nos enseñaron que no existe tal cosa como la felicidad en solitario.

Muchísimos venezolanos hemos sido privilegiados. El verdadero privilegio está en la decencia, en la prudencia, en el festejo del conocimiento y el trabajo, en el sudor honesto. En levantarse cada día pensando en qué hacer para que nuestro país sea una nación mejor para todos. Los que dividen, pisotean, insultan, roban, los que se enchufan en sórdidas oportunidades, los que creen que el éxito se mide simplemente en cuánto contabilizan en dinero, y peor si es mal habido o de dudosa procedencia, esos no son privilegiados. Y mientras esos gobiernen, mientras esos manden y controlen, mientras esos oportunistas decidan, nuestro país seguirá bajo estado de sitio y secuestro.

 
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