ORTEGA, EL CARDENAL

 

Cardenal Jaime Ortega

Cardenal Jaime Ortega

En 2013 escribí en mi libro “Huracán sobre el Caribe” acerca de instituciones y personajes determinantes en esa época que han vuelto a serlo y con más fuerza en la actualidad. Analizando la reforma raulista aprobada en el VI Congreso del PCC en abril de 2012, dije algo que repetiría hoy, sin más:

La esperanza de hacer marchar la reforma sin proyectarla a los derechos humanos podría zozobrar (…) Raúl Castro comprendió que para dosificar cualquier eventual medida política necesitaba un interlocutor válido (…) Pensó un momento y miró hacia la Iglesia que, sin tener más arraigo en Cuba que en países de mayor tradición católica como Colombia o México, tenía una aceptada respetabilidad “y además gozaba del directo respaldo del Vaticano”

Desde entonces viene la cordial relación entre el cardenal Jaime Ortega y el heredero del caudillo. Urgido de superar la tragedia económica que ha sepultado la isla, RC hizo aprobar su apertura hacia el mercado y el doloroso shock para el ajuste fiscal, tratando de mantener bajo control la eventual protesta de la conciencia. Alguna vez dijo Napoleón: “dejemos dormir al león chino”. Habrá pensado algo parecido el hermano menor al querer cambiar un sistema paleolítico sin despertar al león cubano.

Cuando se buscan grandes objetivos a veces hay que dosificar la memoria. Roosevelt y Churchill no agitaron el recuerdo de las horrendas purgas estalinistas al fundar la alianza con el feroz georgiano, todo con el fin de derrotar al enemigo en ese momento más peligroso. Y nadie, que recuerde, les reprochó la aplicación de semejante jugada estratégica. El cardenal Ortega pensaría que no le sería dable recordar la sañuda persecución de la revolución contra la religión, sus escuelas y su episcopado entre 1959 y 60 y “el golpe crucial contra la iglesia” en 1961, sobria y profundamente relatado por el profesor Juan Clark (Cuba, mito y realidad, Saeta ediciones 1990)

¿Quién decidió guardar el memorial de agravios a fin de impulsar el diálogo de la Iglesia? Quizá Ortega influyó y no poco, pero esa iniciativa es de índole papal. No será por atractivo turístico que Cuba habrá recibido a tres papas: Juan Pablo II, Benedicto XVI y ahora Francisco. Son dos mil años de experiencia. La causa es y tiene que ser la de fomentar la religión en Cuba y propiciar cambios del modelo hacia un sistema más humano. Pero el problema es que la visión y metodología de la Iglesia difiere de las del movimiento democrático cubano. ¿Cuáles son mejores? No es ese el punto. Son distintas y, en algún sentido, complementarias. Pero en medio de las legítimas pasiones desatadas por más de cinco décadas de cerrada revolución esas diferencias no se aprecian y sobre todo, no se aprovechan.

La extensa declaración televisiva del cardenal Ortega en Cuba ha puesto de relieve estos dos ángulos. Una tormenta acusa a Ortega de confabularse con RC para embellecer sus políticas. Ciertamente algunas de sus afirmaciones resultaron irritantes.

  • ¿Cómo es posible que usted haya hablado de la inexistencia de presos políticos en Cuba? le pregunta su entrevistador, el periodista Amaury Pérez.
  • Han sacado mis palabras de contexto, pero admito que puedo equivocarme.

¿Cómo equivocarse en un punto como ese? Es obviamente una falacia que ha acarreado una legítima reacción en su contra, pero al escuchar serenamente la declaración de Ortega puede aceptarse que esas concesiones descuadradas de alguna manera engranan en el objetivo que busca: aprovechar las tribulaciones del gobierno para empujarlo suavemente hacia el diálogo y la apertura. Es cuestión de opiniones saber si lo logrará, pero el asunto se dimensiona cuando se recuerda que es un ejecutor de decisiones de El Vaticano, lo que parece evidenciar que no se trata de ligerezas

Benedicto XVI lo definió de esta manera:

  • La iglesia no está para cambiar gobiernos, sino para evangelizar hombres que se encargarán de cambiar el mundo.

Los partidos democráticos sí están para cambiar gobiernos, es su meta y en función de ella diseñan estrategias, formas organizativas y consignas. Mientras encaran sus labores y trabajan por modelos democráticos y justos, es Jesucristo quien afirma, según el Evangelio de San Juan:

  • Mi reino no es de este mundo.

Que se lo graben con fuego los revolucionarios empeñados en “captarlo” para sus causas, incluida la socialista siglo XXI, cual predicaba el pirata que emprendió la demolición de Venezuela.

Que Cuba ha iniciado una era de cambios parece indudable. El peso de la realidad ha incidido notablemente para que así ocurra. Las relaciones con EEUU y una serie de medidas de mercado lo demuestran. La visita de Francisco, quien luego verá a Obama, lo confirma y refuerza.

Pero el cambio en Cuba se está ralentizando. Pesan obstáculos fuertes. La deuda externa es abrumadora, más ante el hecho de que la isla importa el 80% de sus alimentos y el gobierno intensificará la carga impositiva para medio atender el insondable déficit fiscal y el naufragio de su economía. Son fuentes de malestar colectivo y de protestas reprimidas a la antigua.

Para re-impulsar con fuerza el cambio económico y abrirse al respeto a los DDHH y la libertad política trabajan con entusiasmo variable el gobierno norteamericano y en medio de contradicciones los dirigentes castristas que no olvidarán el crucial lema del VI Congreso:

  • Rectificamos o se acaba el tiempo de seguir bordeando el precipicio y nos hundimos

Y sobre todo la mayoría del pueblo cubano y sus bravos líderes, interesados como nadie en bajarle el telón a la tragedia que han vivido.

 

 

 

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