GUERRA DE SUPERVIVENCIA

Podría parecer un atrevimiento argumental, pero creo que ya existen suficientes evidencias de que el régimen chavista se percibe a sí mismo como librando una batalla por su supervivencia en el poder. El desastre de la gestión de gobierno de Maduro, la corrupción desembozada, el desabastecimiento, la violencia endémica, la incapacidad para controlar la economía en medio del escenario de caída de los precios del petróleo y, lo más grave, la pérdida del apoyo popular al experimento chavista, han creado una situación real y objetiva de amenaza a la revolución.

Nicolás-Maduro-Diosdado-Cabello

Esta percepción de riesgo ha generado una respuesta brutal cuyo propósito último es crear una sensación de invulnerabilidad frente a sus adversarios. Paradójicamente, la lista de adversarios incluye tanto al enemigo externo, es decir el resto del país que se opone a la oligarquía chavista, como a los críticos al interior de los partidos y movimientos todavía afiliados al proyecto revolucionario, como la gente de Aporrea y Marea Socialista. Ello explica porque, a pesar del costo político nacional e internacional que tuvo la aventura patriotera contra Guyana, se emprende otra aventura de calibre aún mayor y más irresponsable contra Colombia. En nombre del Libertador Simón Bolívar se comete la más grande tropelía contra la memoria del hombre que soñó en el proyecto continental unificador de la Gran Colombia: se agrede y humilla a nuestros propios hermanos bolivarianos con el sólo propósito de generar una situación de conflicto y caos que permita, una vez más, levantar las banderas del patrioterismo.

El último episodio de la guerra de supervivencia que libra el régimen chavista es la condena contra Leopoldo López y el grupo de estudiantes acusados de crímenes fabricados para encarcelar a uno de los más valientes voceros de la oposición venezolana.  En medio del más vil atropello a nuestra constitución y leyes, y desafiando el clamor del mundo civilizado, se sentenció a López a casi catorce años de prisión por ejercer como ciudadano y dirigente político el derecho a expresarse y a participar en acciones políticas consagradas en nuestro ordenamiento jurídico. Al gobierno, y al sistema judicial y legislativo controlados por el régimen no les importa exhibirse frente al mundo en su condición de violadores de la ley y de los derechos humanos de los venezolanos, por la simple razón de que lo que está en juego es la supervivencia de la revolución.

El chavismo ha llegado a la conclusión, trágica para los venezolanos, de que si muestra alguna fisura, alguna señal de debilidad, alguna vacilación contra el adversario, por esa fisura se le va a escapar la vida a la revolución. Por ello la orden universal es jugar cuadro cerrado y hacer aparecer frente al mundo a la alianza cívico-militar, origen y fuerza de la revolución, como una estructura inquebrantable, dispuesta a desatender el clamor internacional y a la fuerza creciente del descontento de los venezolanos. De ahí la insistencia en la imagen retorcida de pueblo y ejército unidos, dispuestos a hacer lo que sea necesario para que la oligarquía chavista sobreviva en el poder. Ya no es tiempo de caretas. No importa que los acusen de aquí en adelante. Siempre será preferible enfrentar las acusaciones de fascismo con un ejercicio de desinformación, como el que se acaba de publicar a página completa en el New York Times para fabricar hechos y transformar mentiras en verdades sobre lo que ocurre en la frontera con Colombia, antes que perder el poder.

La disyuntiva que se presenta ante el movimiento de resistencia en Venezuela es muy compleja porque las herramientas de la violencia y la represión están de un solo lado. El chavismo se comporta cada vez más como una fiera herida y arrinconada por su propia incompetencia y corrupción. Como bien lo aseveró el presidente colombiano hace unos días: la revolución bolivariana se ha destruido a sí misma. O como destacados ex-partidarios de la revolución, como el profesor Lander de la UCV han señalado: el proyecto chavista fracasó porque no supo construir desde abajo y porque resultó consumido en el modelo rentista. Todo lo que alguna vez despertó sueños en alguna gente honesta que aspiraba a un cambio en Venezuela a través de la revolución bolivariana está muerto. La oligarquía chavista traiciona el sueño bolivariano y al pueblo de Bolívar, pero eso no quiere decir de ningún modo que hayan perdido su capacidad para reaccionar y para infringir más daño al país.

Así las cosas, todo parece indicar que todavía vamos a tener elecciones en diciembre en medio de una campaña abusiva de atropello judicial y físico para intimidar a la población y sembrar la idea de que el chavismo es invencible. Para que la gente se convenza de que ninguna presión internacional será capaz de garantizar observación independiente y que, en definitiva, el voto popular será ineficaz, porque las fuerzas del régimen jamás saldrán por la vía electoral.

Nada más lejos de la verdad. La desesperación de la fiera herida, la aparición desembozada de su carácter fascistoide y represivo, está en relación directa al peligro de la situación que percibe. El chavismo sabe perfectamente que no podrá ocultar frente al mundo y, más importante, ante su propia gente y sus apoyos internacionales, que ha perdido el apoyo del pueblo venezolano. Ese es precisamente el escenario que les produce miedo y en el cual las fuerzas de la resistencia democrática tienen que insistir.

Pero también puede ocurrir que a medida que se acerque diciembre, el chavismo más extremista y violento termine por convencerse de que no pueden ir a una contienda electoral que evidenciaría frente al mundo que son minoría. Entonces asistiremos a intentos por suspender las elecciones en medio del caos creado por los estados de excepción y otros artilugios diseñados para violentar el mandato constitucional. La oligarquía chavista juega en todos los tableros para hacer lo necesario para sobrevivir. Está en nosotros, en la ayuda de los amigos internacionales de Venezuela, y en la sabiduría y el temple del liderazgo de la resistencia ciudadana que no tengan éxito.

 
Vladimiro MujicaVladimiro Mujica

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