NO TENGÁIS MIEDO

La condena de Leopoldo López basada en falsas imputaciones fue además en exceso cruel. Tanto, que lleva a pensar en motivaciones ocultas sobre las que poco o nada se ha escrito.

A primera vista, la decisión de la Juez se inscribe en la sempiterna estratagema del régimen: Transferir a los opositores la responsabilidad de sus propias tropelías, y conlleva la intención –por si los hechos en la frontera colombiana no fueran suficientes– de desviar la atención sobre la crisis humanitaria que vive la familia venezolana.

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La brutal sentencia respondería además al deseo de darle sustento al insustentable propósito de asignarle a Leopoldo la responsabilidad por las protestas del año pasado y –de paso- endosarle por derivación alguna dosis de responsabilidad por las muertes ocurridas en el transcurso de las mismas.

Pero, ya lo dijimos, podría haber otras motivaciones, sobre todo cuando la sentencia coincide con situaciones en las que interviene la alta política.

Alguna vez se dijo que Fidel exigía no menos de siete buenas razones antes de emprender una acción. Y en este caso, no solo está de por medio el progresivo colapso de la revolución venezolana, y una elección parlamentaria en las que el Régimen lleva todas las de perder, sino también conversaciones entre EEUU y Cuba en las que se juegan tres transiciones de poder.

La de los hermanos Castro, por lógicas razones biológicas, la colombiana, que persigue poner fin a una guerra que ha durado más de cincuenta años, y la transición venezolana, dirigida a emprender el regreso a la normalidad democrática y el bienestar social. Todo ello, en vísperas de la visita del Santo Padre, quien no querrá -después de un prolongado esfuerzo diplomático- regresar al Vaticano con las manos vacías.

Recordemos por un instante la fase final de las largas negociaciones de París que en los años 70 darían fin a la guerra de Vietnam. Fue precisamente en las semanas finales cuando los bombardeos de EEUU a Hanói llegaron a su máxima intensidad, al tiempo que se recrudecían las incursiones del Vietcong en los espacios del sur. Ambos bandos procuraban alcanzar el mejor posicionamiento posible.

Y en el caso nuestro, ¿Existirán entendimientos que se harán públicos durante la visita de Francisco? ¿Serán las escaramuzas en la frontera colombiana, además de un ardid electoral, el preludio a un entendimiento con las FARC o de nuevas exigencias del propio régimen cubano? ¿Fue sobre dimensionada la condena a Leopoldo López para dejar margen a alguna concesión?

“¡No tengáis miedo!”, pidió al pueblo católico Juan Pablo II al asumir su pontificado en el 78, un emplazamiento que, pronunciado por el primer Papa polaco, se convirtió en un llamado a la independencia de los pueblos subyugados por la Unión Soviética. Once años más tarde, caía el Muro de Berlín.

Hoy en América los acontecimientos se aceleran. Al igual que en su momento Rusia, Venezuela, y por banda Cuba, están duramente golpeados por el descenso en los precios petroleros y en lo político, al izarse la bandera norteamericana en el corazón de La Habana, el mito de la revolución cubana ha fenecido.

¿Tendrá la visita de Francisco en el tenso escenario de las Américas una repercusión similar al llamado de Juan Pablo?

Nunca es más oscura la noche que cuando está a punto de amanecer.

 

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