UN NIÑO ESCRIBE LA TRAGEDIA DE UN PUEBLO EN LA ARENA

“Yo soy un inocente y he venido a la orilla del mar” – Gastón Baquero

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Hay un niño en la playa, no se mueve, no sonríe, no levanta castillos de arena. La vida de Aylan Kurdi ha sido breve: solo tres años, pero el drama de su gente tiene décadas, siglos. Una tragedia que arroja luz sobre los desplazados, las guerras y los abrumadores contrastes económicos que marcan a este planeta. Esa cabecita que descansa en la orilla resume el dolor del que huye, de quien lo deja todo atrás y, sin embargo, nunca llega a su destino.

Un pueblo que escapa siempre comprende mejor a otro que emigra. Sabe el dolor de despedirse de las cosas que se dejan atrás. ¡Adiós mesa! ¡Adiós árbol! ¡Adiós ventana, desde la que se ve cada día salir el sol y erigirse el horror! ¡Adiós amigos! Siempre hay un toque de inocencia, de ciega esperanza en los que se van, como si estuvieran insuflados por la certidumbre de que llegarán al otro lado.

El Mediterráneo huele a cementerio por estos días. En sus aguas flotan muchos de aquellos a los que la fatalidad geográfica dejó atrapados en un conflicto bélico y decidieron hacer lo que el ser humano aprendió desde los días de la caverna: buscar un lugar más seguro, proteger a su familia llevándola a un sitio fuera de peligro. Pero el mundo ahora tiene fronteras, aduanas, oficiales de inmigración que inspeccionan los pasaportes y, sobre todo, miedo al que llega de algún distante lugar, mucho miedo.

La odisea de Siria y otros lugares de África es de todos. Cada habitante de este planeta tiene una cuota de responsabilidad con esos países que se desarman ahora mismo azotados por la ingobernabilidad, la brutalidad del Estado Islámico y las carencias materiales. No le corresponde solo a Europa ayudar a paliar esa situación humanitaria y acoger a la gente desesperada que emigra. ¿Dónde está la solidaridad de los otros continentes? ¿Qué pasa que no se escucha a los gobiernos de América Latina, Asia, América del Norte o la lejana Australia, ofrecer cuotas para dar asilo a los que huyen?

La deuda histórica con África la llevamos todos sobre las espaldas. Cuando disfrutamos de la belleza de algún templo antiguo erigido con el sudor de su gente o al saborear una cucharada de azúcar de esa que le costó latigazos y muerte a los suyos por siglos. Incluso, al rememorar aquellos aplausos que le dedicamos a la Primavera Árabe; ese momento en el que los ciudadanos de la región se sacudieron a los dictadores y salieron a las calles con sus teléfonos móviles y su entusiasmo, confiados en que empezaba una nueva era.

La solución a la crisis migratoria en la que está sumido el viejo continente no debe quedar solo en manos de lo que decida la cumbre de urgencia convocada por la Comisión Europea para el próximo 14 de septiembre. Este problema tienen que involucrar a la mayor cantidad de Gobiernos del planeta. Incluso a los países de donde también la gente escapa cada día, como esta Isla en el Caribe para la que su Mediterráneo es el Estrecho de la Florida. Nadie debe quedar ajeno al drama de un niño muerto a la orilla de la playa.

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