LA GUERRA IMPOSIBLE

Hablando en términos boxísticos calificaría el resultado de la reunión de Quito como un clinch y toque de campana. Con el auspicio de los presidentes Correa (Unasur) y Tabaré Vásquez (Celac), Santos y Maduro detuvieron la peligrosa escalada en que se venían engolfando, bajaron el tono y resolvieron someter a diálogo la peligrosa situación fronteriza.

No fue ni remotamente una solución, pero sí una detente –dicho sin hipérboles- en el camino hacia la confrontación armada, y eso debe calificarse como muy positivo. Para una comprensión global de lo ocurrido, diría que se dibujó el traspié de la tentativa madurista de promover una artificial causa patriótica exacerbando las relaciones en las fronteras guyanesa y colombiana.

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No es que Maduro haya inventado los problemas en ellas. Existen, son muy serios y no pueden dejarse al azar pero seguían un necesario curso diplomático, con retardos y defectos es verdad, no obstante el único que dejando viva la legitimidad de las reclamaciones, le amarraba las manos a los guerreristas.

Se cree con fundados motivos que dado el deterioro de la popularidad del gobierno y de la mayúscula derrota que parece esperarlo el 6D, Maduro haya querido reunificar a los venezolanos al son de la exacerbación patriótica para que olviden la ruina bajo la cual están viviendo y renueven de alguna manera el respaldo al gobierno. Apostó a ese recurso extremo porque su arsenal electoral está exhausto, sus clamores sobre golpes y homicidios no impresionan a nadie y el PSUV parece haberse evaporado quedando su base material en manos de burócratas, policías y militares. En la calle solo están la MUD y los partidos y ONG´s que apuntan al mismo objetivo.

No puede saberse qué frutos le habría proporcionado esa política de haber tenido éxito, pero el hecho es que no lo tuvo y el resultado ha sido peligrosamente contraproducente. Por su superioridad militar, le habló duro a David Granger y alentó así una causa patriótica pero no en Venezuela sino en Guyana. Perdió el ascendiente que con cartas marcadas había obtenido Chávez en ese país y en el Caricom, porque el PPP (oposición de izquierda prochavista, hasta ese momento) respaldó al gobierno guyanés y le mostró el puño al errático mandatario de Venezuela.

Entonces decidió tragarse sus amagos y amenazas y se revolvió contra Colombia, desvío aprovechado por Guyana para consolidar sus posiciones en el Esequibo y las alianzas que le llovieron. Con Santos no le fue mejor. Unificó a los colombianos alrededor de su presidente y como quiera que sus desplantes (incluido el anuncio de que adquiriría 12 nuevos sukhois) lo empujaban sin desearlo a una guerra que perdería de calle, optó por el diálogo salvador. Toda guerra es mala, pero esta hubiera sido la peor. Según el ranking de Global firepower, Colombia sobrepuja a Venezuela tres veces en todas las armas, aparte de haberse fogueado durante aproximadamente 70 años en guerra caliente y beneficiado tecnológicamente por su alianza con EEUU. En semejantes condiciones una guerra sería imposible.

No teniendo nada más que inventar, el hombre fue al diálogo y a la oposición no le queda más que valorarlo positivamente, pero también ha de solicitar del gobierno que tome las medidas correspondientes. Alejado el fantasma de la guerra, que si tuviera con qué afrontarla le vendría como anillo al dedo para posponer el 6D de sus tormentos, debería entonces restablecer la normalidad fronteriza, comenzar a levantar los estados de excepción y evitar que su fuerza militar perturbe la campaña electoral y el acto de votación.

Lo interesante de todo esto es que hasta ahora la alternativa democrática se las ha ingeniado para desplegar sus actividades electorales sin mengua de eficacia en los municipios cubiertos por el estado de excepción. Ha mejorado su nivel organizativo y aprovechado la irritación despertada por la abundancia de botas militares, la interrupción del comercio con el vecino y la certeza de que el contrabando y el narcotráfico en nada han sido afectados,  para perfeccionar sus métodos y ganar más adhesiones.

Se suele hablar de las astucias de la historia. Y una de ellas parece presentarse en Venezuela. Un gobierno inescrupuloso, con todos los poderes empuñados incluso el electoral, los medios comprados o autocensurados, dinero usado libremente para comprar conciencias a granel, ventajismo de lo más vil y plétora de uniformados y colectivos armados a su servicio. Tan enorme fuerza a favor de la perpetuación, no parecería dispuesta a perder el dominio del país por el simple hecho de que la MUD la derrote en los comicios.

Ese ha sido el principal argumento de los partidarios de la abstención. ¿Para qué votar, se preguntan, si seremos burlados por el CNE? Pese a las victorias parciales importantes de la oposición, insisten en su argumento. Sin embargo la receta que proponen es como la de quien se suicida para evitar que un carro lo mate en la autopista. Para que no me roben el voto, se los regalo.

No entienden que el poderío oficialista pierde fuerza todos los días. Se han desaguado de popularidad y el malestar en sus propias filas se incrementa. Con la mirada del mundo –del cual Maduro se ha aislado- puesta en Venezuela, si pretendiera desconocer la masiva voluntad popular podría sufrir la misma precaria suerte que corrieron sus desplantes en las fronteras. Si el tamaño de su derrota electoral fuera como se espera, descubrirá que no siempre querer es poder.

A fin de cuentas una victoria democrática nunca será un chavismo al revés, y eso, créame señor, es digno de considerarse.

 

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