OPOSICIÓN A LA OPOSICIÓN

Yo hablo y/o tengo comunicación epistolar con todo tipo de gente. De diverso estrato social, procedencia, edad, ubicación geográfica u oficio. La opinión sobre lo que nos está pasando no es homogénea. Aquí todos tenemos una visión de las cosas, ergo, hay tantas visiones como personas y situaciones hay. Eso hace muy difícil tratar de entender la situación y vuelve en extremo complejo el trabajo que hacen las empresas que miden e intentan interpretar eso que llaman opinión pública.

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Para la inmensa mayoría de las personas en Venezuela lo cotidiano es extremadamente difícil y complejo. Sin embargo, el país se ha pasado el año entero en un pesado letargo. De hecho, ya comienza a escucharse la sempiterna frase de “y ya se nos fue el año y seguimos en las mismas”. Yo no diría que estamos en las mismas, más bien en peores. Porque la inacción, la no toma de decisiones es como pararse en una caminadora eléctrica, no encenderla y creer que se está haciendo ejercicio. Resulta que quedarse parado es muy perjudicial para la salud. Y desgastante. Y absurdo. Es un desperdicio de energía para llegar a ninguna parte.

En este país hay montones de temas importantes que no encuentran espacio para el debate o siquiera la conversación. Los consensos son tan escasos y tan frágiles que los “caminamos de puntillas por no romper el hechizo”. Los expertos en negociación dicen que hay momentos en que los consensos escasos y minúsculos se convierten en fuertes rejas para la construcción de grandes consensos.

Estamos a la vuelta de la esquina de unas elecciones marcadoras. Por primera vez, la polarización conviene a las fuerzas de oposición y pecha al oficialismo. De allí que escuchemos a ciertos personeros del ejecutivo y los poderes públicos y a voceros no oficiales utilizando un lenguaje más moderado. Porque se han percatado, finalmente, que los alaridos, esos que tanto beneficio electoral les produjeron en el pasado, son hoy un pesado fardo porque lo que está a la vista no requiere de anteojos: la crisis es mega y la produjo el gobierno por la mayor cantidad y concentración de errores políticos y económicos que podamos recordar en los últimos cien años.

A la enrevesada situación económica no le han dado la cara. Y por eso estamos como estamos. Pase que hubieran cometido algunos yerros, pase que hubieran tenido que enfrentar catástrofes naturales como los ocurridos en Vargas, Miranda y otros estados. Pase que no calibraron con rigor las consecuencias de absurdas decisiones que llevaron a la destrucción del aparato productivo y los latigazos colaterales de esas infortunadas acciones. Pase que no midieron con propiedad la factibilidad de un precio petrolero convertido en montaña rusa. Pero nada de eso justifica el haber desterrado adrede la cada vez más evidente necesidad de crear consensos sociales que nos permitieran como país enfrentar los problemas.

De hecho, la grave crisis que atravesamos sólo puede ser enfrentada si se produce un cambio en el Poder Legislativo Nacional. Me refiero a un cambio estructural en la Asamblea. ¿Pueden los que están, cambiar? Algunos opinamos que hay gente que no importa lo que pase, no va a cambiar. Entonces hay que cambiarlos, porque se erigen como terribles obstáculos en la creación de los impostergables consensos.

No hablo del cambio como una consigna electoral. Me refiero a algo mucho más ancho, largo, profundo y denso. Siento que ese cambio, por demás tan necesario, que algunos llaman transición, es una demanda de la sociedad a la que las élites políticas querrán  oponerse, pero simplemente no tendrán cómo. Entonces jugar a los círculos viciosos es tan absurdo como los que dicen hacer oposición a la oposición.

 

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