Entre la política…

EL CHE VA A LA MISA

El intenso y pegajoso aroma  se expandió entre los fieles más cercanos al altar, colocado en un extremo de la Plaza de la Revolución (72 mil metros cuadrados de cemento y hormigón,  destinados originalmente a servir de escenario para las ya lejanas en el tiempo  alocuciones de Fidel Castro) y el rostro de la efigie del Che Guevara, desde el otro extremo,  parecía aún más adusto que de costumbre al respirar los efluvios de aquella sustancia  que si bien no resultaba, precisamente, “el opio del pueblo”, a sus ojos inmóviles representaba algo similar o incluso peor.

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Al fin y al cabo el incienso ardiente que esparcía  el Papa Francisco, balanceando rítmicamente el braserillo metálico que lo contenía, formaba parte del ceremonial propio de una misa solemne, a la cual asistía en pleno un fervoroso Buró Político del Partido Comunista Cubano, a la cabeza de la cual,  ufano, con su impecable guayabera blanca, aparecía Raúl Castro, cuya conversión, confesa y pública (“si sigue así -Francisco- volveré a rezar y regreso a la Iglesia”)  le provocaba náuseas a un Che, quien (ateo por convicción, por ideología) en medio de su obligada y perenne presencia en la gigantesca estructura, ahora generalmente vacía,  seguía prefiriendo el tedio de los discursos interminables de Fidel a las carantoñas de su hermano con el líder máximo de una institución que, a diferencia de otras, nunca pudieron liquidar.

Si bien el Partido Comunista  y la Constitución que habría de adoptar, consagraba el ateísmo y el materialismo, en 1992 abrió las puertas del partido a los creyentes y con los años comenzó a devolver los 80 templos que había confiscado en los primeros años de la revolución, cuando los católicos o fieles de otras confesiones eran perseguidos con la misma saña con la cual se trataba, por ejemplo,  a los homosexuales. Ya para los años 80 el régimen cubano había abierto vasos comunicantes con los curas de la Teología de la Liberación y por esa vía, en el intento de conciliar dos concepciones filosóficamente ubicadas en las antípodas, encontraban puntos de contacto a la hora de pregonar la justicia social y reivindicar a los oprimidos del mundo.

Pero 25 años después, luego de dos visitas papales, llega la tercera y durante la misa, con sabor a piña colada y profusión de ritmos tropicales, el entorpecimiento a los intentos de los disidentes (incluidas las Damas de Blanco) por acercarse al Papa, un pontífice sutil, quizás demasiado, en contraste con su desenfado habitual, le reclama al comunismo cubano, aquel que se vanagloriaba del avance social de la revolución y de la igualdad entre los cubanos, así como queriendo y no queriendo, la necesidad de defender y ponerse en la piel del “más frágil”: “el servicio no es ideológico porque no se sirve a  las ideas sino a personas” o esta frase que ya resulta lugar común y no por eso menos cierta: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

Claro, la gira apenas comienza, el huésped debe ser amable con su antiguo perseguidor quien, por su parte, sabe que Francisco, más allá de la dimensión espiritual y de su extrema sensibilidad social, es un político y en su caso un mediador, cuyo papel puede resultar decisivo a la hora de concretar los acuerdos con Estados Unidos, que es su próximo destino. Y esto, más allá del aroma pegajoso del incienso,  es lo que no dejar dormir a la efigie malhumorada y escandalizada (por lo que considera una traición) de la Plaza de la Revolución.

…y la FE

 

 

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