GRACIAS POR LA VIDA

“Dad palabra al dolor; el dolor que no habla, gime en el corazón hasta que lo rompe”.

William Shakespeare (1564-1616), dramaturgo y poeta inglés.

Mi papá murió hace una semana y todavía miro atónita su puesto en la mesa. El vacío es una enormidad oscura que devora el sueño y hace lucir nimios todos los problemas que rodean nuestra domesticidad de venezolanos.

La película de nuestra vida juntos pasa una y otra vez, haciendo mi memoria un trabajo progresivo de selectividad de los bellos recuerdos, apartando esos momentos de disenso, naturales entre un padre posesivo y una hija voluntariosa. No conozco otra forma de expresión que la palabra, escribir alivia la pena y reafirma el agradecimiento a Dios por haberme dado tal padre durante 87 intensos años.

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La pérdida obliga al recuento de memorias, enseñanzas y herencias que no tienen ningún beneficio de inventario: las acepto todas. Mi papá era un oriental que como tal amaba el mar, la pesca, la comida marina y los “cachos”. Así llaman los margariteños a los cuentos sobre personas y hechos. Y los “cachos” de mi papá, plagados de gracia y picardía, con nombres originalísimos y situaciones extraordinarias, hubieran sido la envidia del realismo mágico de García Márquez.

Viajero, errante, navegante, volador, mi papá nos montó en su carro de largo kilometraje y enseñó a sus hijos los más recónditos rincones del país que él conocía y repasaba en sus giras infinitas. Sabía cuál era la más bella vista, la mejor posada, conocía al dedillo todas las carreteras, muchas de ellas construidas por su compañía. En oriente, pasaba por los pueblos saludando de compadre y comadre a todo el mundo. Los conocía por su nombre y nosotros nos preguntábamos dónde guardaba mi papá ese diccionario de sitios y de apelativos, esa enciclopedia de historias que después nos hacían recordar los sitios visitados.

“El judío errante” le decía mi mamá, no por judío sino por lo itinerante de sus apariciones. Y hasta su última llegada a mi casa, venía siempre como Santa, cargado de sorpresas mayormente gastronómicas: morcillas y chorizos carupaneros, queso guayanés de Puedpa, pescado salado de Río Caribe, huevas de lisa de algún compadre que se las regaló. De la hacienda familiar traía aguacates, vinagrillos, bolas de cacao puro. Mi papá era un “gourmand” que disfrutaba de un lebranche servido en un rancho de la playa de Irapa, con la misma fruición que degustaba caracoles o fondos de alcachofa con salsa holandesa en su restaurante favorito de Caracas. O de cualquier otro país, pues sus cruzadas traspasaban las fronteras con la misma facilidad y autonomía.

Mi papá me enseñó el placer de comer y de cocinar. También me enseñó a usar una calculadora para ayudar mi fallida matemática. Usaba siempre plumas de marca con tanque de tinta, que me enseñó a llenar sin hacer desastres. Le pegué el sarampión y se vio malísimo, pero lo pasamos juntos. Nos enseñó a jamás tomar lo que no era nuestro, a actuar con honestidad y gentileza.

La exuberancia de sus historias se cortaba en seco cuando de expresar sus sentimientos personales se trataba. Jamás discutía, decía una palabra cortante y terminaba con la situación. Nunca usaba la correa y solía levantar los castigos de mi estricta mamá preguntándonos: “no lo van a hacer más ¿verdad?”. Una sola vez en mi infancia probé sus correazos y un solo pescozón frenó a la adolescente alzada que replicaba el regaño materno. Mi papá expresaba su máximo disgusto retirándose de “la escena del crimen” y, en ocasiones verdaderamente graves, retirándonos el habla.

Tres veces en mi vida probé su silencio helado y la primera fue cuando decidí estudiar periodismo.  “Ésa es una profesión de saltimbanquis”, sentenció molesto por el incierto futuro de la niña que había criado en una caja de cristal. La segunda vez y la tercera por circunstancias de mi vida personal. El silencio, que casi siempre duraba 3 meses, terminó en un caso con la resignación y en el otro con el regalo de unos zarcillos de diamante.

Mi papá iba y venía como el oleaje del mar que tanto amó, pero su brazo estuvo allí para sostener mis primeros pasos, mis primeras brazadas de nadadora; allí me apoyé cuando me gradué de bachiller; de su brazo entré en el Aula Magna de la Ucab para recibir mi título; de su brazo caminé hacia el altar y fue su brazo silencioso el que me ofreció apoyo en momentos inciertos. Para mí ha sido un gran honor que en el ocaso de sus años, mi papá se haya refugiado en mi hogar y fuera ahora él quien se apoyara en mi brazo, para devolverle con gratitud una mínima parte de lo que él me dio.

En sus postreros días, mi papá me regaló sus dos últimas enseñanzas: cómo freír un huevo perfecto y una palabra que es mi carencia: “paciencia, hija, paciencia”. Su compañía atemperó mis preocupaciones estos dos últimos años, una presencia activa y correctora, la sugerencia oportuna para el tema de la columna, su informadísima opinión sobre la situación nacional. Es una alegría inmensa haber visto su orgullo por mis logros profesionales, en los cuales siempre procuraba estar presente, admitiendo que se había equivocado en su rechazo inicial a mi carrera.

Coronó su vida con un trabajo de “pater familia”: unió a todos sus hijos a su alrededor, mientras que la palabra “mi amor” aparecía cada vez más frecuentemente en su trato. Los nietos le regalaron risas y la sorpresa de la llegada de dos más en su última hora. Los secreteos de sus últimos días con mi mamá nos hablaron de más de 60 años de un amor inquebrantable.

Mi papá murió como vivió: decidiendo cada paso. La misericordia divina le permitió no sufrir largas agonías ni molestar a nadie. Como un caballero, estuvo lúcido hasta su último instante cuando dijo: “ya no más, estoy cansado”. Y el viajero infinito cerró sus ojos y se fue con una sonrisa de paz cuyo recuerdo alivia el gran dolor de su muerte. Y no me van a creer esto: dejó lista la maleta, el pasaje y el pasaporte, porque se iba a Ecuador esta semana, a visitar a uno de sus hijos. Su destino era hacer otro viaje.

Ha sido un placer y un orgullo la gran jornada vivida a su lado. Mi fe enseña que quien cree en Dios no morirá jamás. Y yo digo: solo mueren los olvidados y el recuerdo de mi singular papá, estará presente en cada momento difícil, en cada viaje, en cada comida deliciosa, en cada “cacho” que recuerde.

Gracias por la vida, Talio.

 
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