ENTRE GUERRAS TE VEAS

Venezuela puede tener fama de cualquier cosa como nación, como país. Que si mujeres bellas, que si gente muy creativa y emprendedora. Que si está llena de grandes potencialidades nunca bien desarrolladas ni bien explotadas. Que si es una tierra de grandes oportunidades. Que tiene de todo. Que es un país bendito por su ubicación geográfica. Por el buen carácter de los venezolanos y su amabilidad eterna. Muchas cosas pueden ser verdad. Otras una exageración. O hasta mentira. Pero hay algo cierto que no está sujeto a prueba en contrario. Venezuela no es un país belicista ni busca pleito. No está en su pueblo. Además desde la Guerra de Independencia y luego las matazones internas los venezolanos quedaron como hartos del plomo y la sangre. Especialmente cuando la matazón era producto de una manipulación política. Es decir, casi todas. Las montoneras son un claro ejemplo.

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Pero llegamos a la revolución de los Castro en Venezuela y eso cambió las cosas, al menos de la boca para afuera. Porque si hay alguien que les guste el plomo y la sangre es justamente a los hermanos Castro. Esa es la esencia de su historia y vida. Y su influencia entró frontalmente a Venezuela luego de la llegada al poder de la revolución de izquierda, la llamada fuerza cívico-militar.

Hay muchas señales de que el país se ha vuelto violento. Hay armas por todas partes y más de 25 mil muertes violentas por año son suficiente argumento para asegurar que en efecto estamos en tiempos de plomo que será  muy socialista y todo, pero al final es plomo. No obstante, una cosa es la seguridad interna, la vida ciudadana alterada, la violencia en cada esquina, los choros mandando, los colectivos amos y señores, las bandas lanzando granadas y matando policías. Eso es parte del costo de vivir en revolución. Y otra, muy distinta, es la buscadera de pelitos a otras naciones.

¿Para qué? Está claro. Desde el primer día cuando el difunto Chávez se declaró antiimperialista y antinorteamericano se sabía que acabábamos de entrar en el libreto cubano. Y eso implicaba una pelea hoy y otra mañana. Contra lo que sea. La idea de esas guerras siempre ha sido tapar algo feo, tapar el hambre, tapar la escasez, darle carácter épico a una revolución que no es. Y para nada.

La cúpula cubana, para mencionar a los culpables directos de la desgracia venezolana, bien acompañada por el propio pueblo y una gente que se siente más identificada con la isla comunista que con su propio país, está ahora mismo en pleno baile de bolero con el imperio. Como novios en discoteca oscura. Como antes. Junticos y en un solo ladrillo. Tanto muerto y tanto fusilamiento con el cuento de la revolución de los Castro para terminar mantenidos por otros, como es el caso de la chequera venezolana, y pegados como garrapatas al gigante que siempre acusaron de enemigo mortal. Tiempo y vidas perdidas.

Y en eso el chavismo ha sido excelente alumno. Peleas eternas con Estados Unidos, España, México, Perú, Honduras. Peleas con Colombia que van y vienen según se mueva el billete y la crisis interna, o los rollos del contrabando y otros negocios extraños. Peleas con Guyana, después que el comandante fallecido dejó que los guyaneses hicieran lo que quisieran en el territorio en disputa. Pura bulla. A la final pasa lo de siempre. La gente en sus colas para comprar un pedazo de jabón, mientras las cúpulas se abrazan y se prometen amores renovados. Así pasan los meses.

O como en el caso cubano. Así pasó la vida entera.

 
Elides J. Rojas L.Elides J. Rojas L.

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