LA BATALLA DE SAN CRISTÓBAL

Julio 1901

En el pequeño comedor de la finca quedaban los restos del chocheco cocido y de un pescado asado de color amarillo, con cierto sabor terroso, como todo lo que venía del río. Después de comer, el viejo Isaías encendió un gran tabaco y se recostó a medias en la pared con su silla de cuero de vaqueta, aspirando el aroma de la noche. Todos sabían que era el momento en el que dejaba que su memoria saliera a pasear, mientras la oscuridad avanzaba lentamente: “Ahí, donde está el hospital Vargas, había antes una plaza que llamaban San Pedro. Entre esa plaza y el cementerio municipal, ahí mismo, a la orilla de la quebrada La Parada, esperamos a los paisas que habían entrado por San Antonio. Éramos menos, pero estábamos preparados y teníamos buenos generales, Eustoquio Gómez y Clemente Medina”.

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El anciano dejó que su mirada se perdiera entre balas y ayes de heridos que solo él oía, mientras los muchachos se miraban con cierta malicia. “Nosotros no llegábamos a 500, pero nos pusimos muy bien.  En lo alto, de manera que los colombiches quedaran más abajo. Así el tiro sería más fácil. Luego supimos también que ellos eran muchos, como cinco mil. La verdad, fue lo de la posición que nos dio la victoria. El 28 de julio, en una noche como esta, llegaron y comenzó la plomamentazón. Tiros iban y tiros venían. Caían de lado y lado, muertos y heridos. Y así estuvimos hasta el amanecer. Resulta que por el norte aparecieron unos mil nuestros que había enviado el general Castro y entonces los colombianos tuvieron que irse. Ahí dejaron a sus muertos. Nosotros ganamos esa”.

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Uribe Uribe

El viejo aspiró fuerte, y luego dejó salir el humo poco a poco. Los jóvenes ya se sentían en medio de la batalla. “Yo era muy joven, de Santa Ana, y mi patrón me mandó a ponerme a la orden sin explicar nada. Luego supe que todo fue porque el general Castro quería revivir la Gran Colombia. Sí, la misma del general Bolívar. Parece que por el sur, en un pueblo llamado Quito, había un presidente liberal, y don Cipriano, también liberal, quería reunirse con él. Pero imagínense que en el medio estaba Bogotá, donde mandaban los conservadores y había una guerra civil que llamaron de los Mil Días. Bueno, a mi general Castro se le ocurrió que él podía ayudar a tumbar ese gobierno para poner ahí a un amigo suyo, un tal Uribe Uribe, liberal colombiano. Y luego todos iban a declarar que ya tenían otra vez la Gran Colombia. Si yo hubiera sabido que la cosa era así, pues más bien hubiera huido, porque eso sonaba a loquera. Pero yo era un muchacho emocionado con el máuser que me habían dado”.

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Castro

El viejo siguió, ya abstraído totalmente en el pasado: “Luego de lo que pasó en San Cristóbal, los generales decían que el Presidente estaba muy bravo. Los colombianos invasores vinieron jefeados por un general de por aquí, del Táchira, que era conservador. Rangel Garbiras se llamaba. Y a don Cipriano le calentaba que venía con soldados colombianos, y entonces dijo que les haría lo mismo a los vecinos. Despuesito nos contaron que a un pueblo colombiano de la costa que se llama Ríohacha llegaron tres barcos y comenzaron a disparar cañonazos. De ahí bajaron como dos mil soldados. Eran venezolanos mandados por un general que, al parecer, no era muy bueno. Echaron plomo y plomo, pero no pudieron. Allá los derrotaron y tuvieron que correr a montarse en los barcos para regresar”.

El anciano Isaías se quedó callado, mirando con cuidado el tabaco, que se quemaba por las orillas. Le habían dicho que si eso pasaba quería decir que la vida se acortaba. Fue cuando uno de los jóvenes lo sacó de su marasmo, preguntándole si eso era todo. El viejo lo miró sin verlo y dijo: “Esas son las únicas veces que Colombia y Venezuela han peleado de frente. Fue más por política que por otra cosa, por lo de liberales y godos. Nosotros ganamos en La Parada y ellos en Ríohacha. Y hasta ahí. Como quien dice, un empate”.

 

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