YA NO TIENEN A QUIEN MANDAR

Atados al estado de decadencia  general que domina al país, acomodados ya a la tesitura de sufrir con ejemplar estoicismo las siete plagas de Egipto y luego de asumir como inevitable la pérdida de un manera de vivir que, sin ser el modelo perfecto, resultaba aceptable, estamos dejando pasar por debajo de la mesa un dato capaz de frenar la velocidad de la caída: el chavismo ya es no es mayoría.

Que se trata de una perogrullada, que siempre ha sido así, que el chavismo nunca construyó un movimiento de masas de profundo arraigo popular y sus triunfos electorales eran producto del fraude y del clientelismo desenfrenado, se utilizaban como justificación por parte de algunos políticos arrollados, una y otra vez,  por una desordenada pero obediente maquinaria clientelar al mando de un líder forrado en billetes y libre de los formalismos de  “la democracia burguesa”: “el pueblo es el partido, el partido es el gobierno, el gobierno es el Estado y el Estado soy yo”.

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Si bien nunca se constituyó un movimiento altamente organizado, ni su dirigencia se caracterizó por la disciplina y el apego incondicional al diktat del partido, estaba claro que tras las botas del caudillo marchaba la mayoría. Mayoría que se convirtió, a la manera de Tocqueville, en una “tiranía de la mayoría” que, amparados en el mandato democrático,  sancionaba desmanes, protagonizaba confiscaciones, aplaudía expropiaciones y demolía el orden establecido, aun cuando el nuevo no apareciera entre las ruinas del caos.

Hasta 2013 y 2014, cuando dos eventos, fuera del alcance de la clase dominante, pusieron en evidencia la fragilidad del piso político que soportaba el tinglado chavista: la muerte del caudillo y la baja de los precios del petróleo.

Desde el principio se corroboró lo que había sido una realidad durante catorce años: el gran soporte, quizás el único que le daba sustento al denominado socialismo del siglo XXI, desapareció con el jefe. Ni partido, ni  pueblo habían establecido una estructura de poder capaz de generar alternabilidad (dentro de la élite) a largo plazo. Era Chávez o nadie. Y luego estaba la baja de los precios del petróleo, la base económica que convirtió al gobierno venezolano en el gran dispensador de la bonanza hacia el interior y en el gran elector, hacia afuera, de una nueva correlación de fuerzas políticas en países de la región y más allá. Era, en este caso, el petróleo o nada.

Perdidos esos dos puntos de sustentación, el mundo se le vino encima al delfín nimbado por el gran jefe, pero arrastrando con él a todo el país. Y si nunca sabremos si el caudillo habría podido conjurar la crisis creada por él mismo, si sabemos que los venezolanos debieron sufrir las penalidades que sufren ahora para cambiar su percepción. De  manera que ya la  “tiranía de la mayoría” dejó de existir y lo que queda es un grupo aferrado al poder, despojado de apoyo popular  mayoritario y temeroso de unas elecciones que antes ganaba con toda facilidad.

Alguna vez, luego de una de sus derrotas, Rafael Caldera dijo que el pueblo nunca se equivoca. Pero el venezolano se equivocó, (riesgo inevitable de la democracia) aunque ahora se disponga a enmendar su error acudiendo a las urnas y desechando la salida violenta. Y esto a pesar de que,  por obra de las experiencias vividas y la incredulidad que mantiene, no haga sentir en la calle ese cambio fundamental de percepción porque aún no se acostumbra, después de tantos años, a la idea de que quienes mandan, o intentan hacerlo, ya no tienen a quien mandar.

*Título original DE TIRANIAS Y MAYORIAS

 

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