HUMILLACIÓN

En un memorable editorial, mi excelente amigo César Miguel Rondón calificó de “humillante” la inhumana política del gobierno. Ningún vocablo más apropiado que ese. Ninguno resume mejor los contornos de la farsa oficialista. Podría uno hablar de falacia y tendría razón porque ciertamente se trata de una élite poderosa que miente más que ninguna otra. Nadie engaña o tuerce la verdad en forma tan continua, aviesa, desvergonzada.

Podria destacarse el hambre que muerde a la mayoría, en siniestra sociedad con el desempleo y el caos de los servicios; o el odio contra los medios y periodistas, defensores jurados de la libertad de expresión  y del derecho a disentir; o las persecuciones y cárceles ávidas de presos políticos que no gozan de protección legal o procedimental; o la concentración del mando en un solo puño; o las nerviosas operaciones abiertas contra la consulta electoral del 6 de diciembre. Todo eso define sin duda la descosida gestión del desalmado gobierno venezolano.

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No obstante es la “humillación”, palabra dramáticamente evocada por César Miguel, la que cruza como un tatuaje siniestro el rosto del régimen, porque es posible encerrar en ella la generalidad de los despojos que están soportando los venezolanos. El nuestro es un país humillado alevosamente por una sedicente revolución que la ha empujado a la ruina.

El presidente Maduro, que no es lo que se llamaría “un hombre listo”, venía dando muestras de derrotismo, haciendo admisiones indirectas acerca del resultado probable de las elecciones del 6D. Algunos respetables disidentes –dados a sospechar casi por obligación de los aspectos favorables de la situación política- se apoyaron en el derrotismo oficial y el dictamen de las principales consultoras del país para tomar en serio la posibilidad de una victoria de la alternativa democrática. El asunto se desplazó entonces a otro terreno. El tema no sería “vencer” sino capacidad de “defender” el resultado e impedir el arrebatón gubernamental.

Algo tarde Maduro y Cabello se vieron obligados a cambiar el tono. Estuvieron insinuando que jamás reconocerían su derrota, en clara demostración de que no sabían como evitarla

  • ¡No sacrificaremos el legado de Chávez a la ultraderecha, apátrida! clamaron una y otra vez.
  • ¿Significa eso que incurrirán en fraude si pierden, como ustedes mismos lo han deslizado?

Obviamente tanto la opinión nacional como la foránea se inclinaron a la suspicacia e insistieron en que se aprobara la observación internacional. Querían garantías de transparencia que el discurso del gobierno estaba muy lejos de proporcionar. En ese momento, según me parece, alguien les aconsejaría el viraje retórico. Sudando la camisa y disparando en todas las direcciones, comenzaron por  comprometer al CNE en el ardid del “acuerdo” de respeto al resultado electoral, y se dieron a anunciar con impostada sonrisa la segura victoria del oficialismo en la prueba del 6D. Si con semejante esguince esperaban levantar el entusiasmo de la militancia, lo cierto es que hasta ahora eso no ha ocurrido, seguramente porque el decaimiento espiritual del chavismo obedece a problemas de fondo relacionados con la inviabilidad del modelo, la mala gestión de Maduro, la corrupción y, sobre todo, a que la militancia oficialista se siente tan humillada y hambrienta como la de oposición.

Si el gobierno dice sentirse ganador, debería trabajar activamente en las parlamentarias en lugar de levantar estados de excepción, inventar que la oposición por fin dará “el golpe” tantas veces descubierto y olvidado por el gobierno, o amenazar con las pomposas “áreas de defensa integral”

¿Pero cuál es la realidad?

Los únicos que hacen campaña organizada en los 87 circuitos electorales son los candidatos de la oposición, que para aprovechar la sinergia se unen en la tarjeta de la MUD. En la militancia del PSUV no se aprecia lo mismo y se comprende porque su descontento se incrementa y porque del oficialismo solo reciben malas noticias.

Se respira en el aire el voto-castigo. Ese fenómeno es propio de los procesos dominados por una polarización extrema, y no hay ejemplo más característico al respecto que el de Venezuela. En Argentina, donde ocurre algo parecido aun cuando no tan profundo como en nuestro país, el voto castigo sorprendió incluso hasta a Mauricio Macri, su principal beneficiario. Carece de importancia que se trate más de un rechazo “al kirchnerismo” que un respaldo a los candidatos de la oposición.

Las organizaciones crecen cuando en tiempos electorales interpretan el deseo de cambio y lo encausan hacia cambios democráticos en el poder. Fue un gran mérito de Macri y Massa cabalgar sobre esa honda aspiración colectiva que colocó a la gran nación sureña en la perspectiva de un profundo cambio de gobierno, cuyo impacto sobre nuestro hemisferio será impresionante.

¿Y del 6D qué decir?

Simplemente que también es una lúcida comprensión del drama nacional haber detectado el movimiento sísmico del voto castigo para encarnarlo en listas únicas, tarjeta única y comando único. Es lo que ha levantado la esperanza de cambio pese al ventajismo y las maquinaciones fraudulentas del poder.

No fue una operación perfecta. Hay reservas, molestias, rencores. legítimos algunos, fabulados otros, pero en contraste se aprecia una mística de victoria que ha ido tomando mucho cuerpo.

¿Está escrito el resultado?

Ningún político respetable podría asegurarlo. De ese noble oficio es detectar tendencias y flancos, pero cantar victoria antes de que se cuenten los votos es la demarcación que separa a quienes persiguen objetivos tangibles, de quienes, arrastrados por las ilusiones, terminan perdiéndolos de vista.

No obstante, no había visto una oportunidad tan luminosa como ésta para que el cambio democrático fructifique definitivamente en nuestra agobiada Venezuela.

 

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