RASPUTÍN, EL MONJE LOCO QUE CONQUISTÓ A LOS ZARES

Llegó a influir en asuntos de Estado en Rusia

Francisco Javier Tostado

Místico, impostor, santo, visionario, curandero, consejero real, monje loco… muchos son los calificativos que recibió. Alto, de mirada penetrante, palabra fácil y ambigua, amaba igual que odiaba atrayendo a las mujeres y consciente de sus habilidades las utilizó con inteligencia. Este carisma fue lo que conquistó a gran parte de la aristocracia rusa acabando por influir incluso en las decisiones de Estado, pero quizás lo que más impresionaría a todos sería una curación que dejó perplejos a todos, especialmente a la mujer del Zar: la sanación de su hijo.

Nació en un pueblo de Siberia Occidental en 1869 y su nombre completo era Grigori Yefimovich Rasputín. Muchos de los datos que se conocen de su infancia se cuestionan aunque sí se sabe que no se relacionaba mucho (o nada) con otros niños. A los 18 años marchó al monasterio de Verjoturye (en principio a meditar aunque se cree que se envió allí como castigo acusado de robar) manifestando poco después una visión de la Virgen que le convertiría en un místico. Ingresó en una secta cristiana conocida como jlystý cuya traducción sería “flagelantes”. Condenada por la Iglesia Ortodoxa Rusa se caracterizaba por las fiestas y orgías que realizaban. Su máxima era: el mayor placer de Dios es perdonar a los más grandes pecadores, así pues, el libertinaje se convirtió en su filosofía (aunque según algunos historiadores no se han encontrado pruebas concluyentes que puedan afirmarlo). Esto y el hecho de conocer a Makari, un iluminado, marcaría la vida de Rasputín. Con veinte años se casó, teniendo tres hijos aunque tuvo otros con más mujeres. Dos años después inició un peregrinaje donde aprendió  historia, religiones y esoterismo, volviendo a Rusia en 1903.

rasputin

A partir de aquí es cuando se da a conocer ejerciendo de adivino en San Petersburgo pero con la mente puesta en la familia real. Y se presentó la ocasión de presentarse a ellos cuando le llamaron para intentar curar al mismo hijo del zar, Alexis, afecto de una enfermedad poco conocida entonces,  hemofilia.

Se conoce desde el siglo II d. C. (aunque podrían haber referencias anteriores) tras comprobar los rabinos judíos que durante la circuncisión de algunos niños presentaban un sangrado exagerado asociándose a ciertas familias. Incluso el rabino Yehuda haNasi excusó de realizarla al tercer varón si sus hermanos mayores murieron o sufrieron hemorragias severas durante la circuncisión.

Más tarde, en el siglo XII, Maimónides descubrió que eran las madres las que transmitían la enfermedad y estableció una nueva ley que eximía de la circuncisión a los varones de una madre que ya tenía hijos con este problema. No será hasta el siglo XVI que este mal se referencia en Europa y en 1928 el estudiante de Medicina suizo Friedrich Hopff en su tesis doctoral le pone el nombre.

Hoy se sabe que se produce por un déficit de un factor de la coagulación (debido a una mutación) y se clasifican en A, B  o C dependiendo de si falta el factor VIII, IX o XI, respectivamente. La padecen casi exclusivamente los varones (está ligada al cromosoma X), hijos cuyas madres son sanas pero portadoras del gen alterado, encontrándose en su ascendencia algún otro miembro afecto (existe un porcentaje que no es así por producirse una mutación “de novo”).

Se la conoce como “enfermedad Real” al afectar a parte de las familias reales de Europa, en especial las que descienden de la reina Victoria I de Inglaterra que la transmitió a su hijo Leopoldo y, al menos a dos de sus hijas, que son las que extendieron la enfermedad por las Casas Reales de España, Alemania y Rusia. Al no conocerse antepasados de la reina Victoria que la sufrieran se piensa que apareció la mutación en ella.

Actualmente no hay un tratamiento curativo disponible (aunque en el futuro los tratamientos genéticos tendrán mucho que decir) y solo se pueden corregir las graves hemorragias que producen el factor que falta administrándolo vía intravenosa.

En el caso del zarévich Alexis, hijo menor de Nikolái Aleksándrovich Románov, Zar de todas las Rusias, y de la emperatriz Alejandra Fiódorovna Románova, heredó la enfermedad de su madre por ser nieta de la reina Victoria. Al mes de nacer, Alexis tuvo una hemorragia en la zona del cordón umbilical que ya indicaba que padecería la enfermedad pero quedó oculta para el pueblo durante años hasta que ya se encontraba en fase avanzada. Postrado en cama debido a los problemas de inmovilización que sufría al tener afectadas las articulaciones por los sangrados que había sufrido, los médicos no sabían qué hacer para curarle y lo único que se les ocurría era darle algo para calmarle los dolores ignorando que aún le produciría más sangrados porque lo que le administraban era ácido acetilsalicílico (la conocida aspirina), un antiagregante plaquetario.

La zarina, desesperada, hizo llamar a Rasputín para que obrase en la curación de Alexis. Cuando llegó al palacio de San Petersburgo lo primero que hizo fue decir que le retiraran todas las medicaciones que le hacían tomar, mejorando así de sus sangrados en pocos días. Esto se interpretó como un milagro y la zarina Alexandra lo convirtió en su protegido (algunos dicen que en algo más que eso) confiando ciegamente en él. Tal era su poder de convicción que rápidamente llegó a influir en el propio zar Nicolás II, motivando que miembros del gobierno vieran esta relación como nefasta para el rumbo político del país.

Rasputín sufrió sobornos para que abandonara la corte e incluso intentos de asesinato, pero ninguno tuvo éxito en su objetivo. Se llegó a pensar que era inmortal, que nada ni nadie acabaría con él, hasta que el noble ruso escritor Félix Yusúpov como cabecilla, el Gran Duque de Rusia Demetrio Románov y el político Vladímir Purishkévich hurgaron un plan junto a otros colaboradores (dicen que el Servicio Secreto Británico se involucró). Su plan era sencillo: un día de diciembre de 1916, lo envenenarían con cianuro tras invitarle al palacio Moika en Petrogrado. Rasputín recibió su buena dosis de tóxico pero ni se inmutó así que tuvieron que pasar al plan “B” que no era otra cosa que dispararle. Como todo inmortal que se precie sobrevivió a los disparos huyendo. Siendo perseguido le dispararon una vez más y dándole por muerto y de madrugada, le tiraron a un agujero en el hielo del congelado río Neva, al lado del palacio. Lo que más sorprende es que tras localizar el cadáver y practicarle la autopsia, se descubre que la verdadera causa de su muerte no fue ni el cianuro ni las balas, murió ahogado (cosa difícil de creer).

Años después descubrimos gracias a la ciencia, cómo ese pretendido milagro no fue más que un inesperado golpe de fortuna. Rasputín supo aprovecharlo y muy bien, aunque de poco le sirvió, ese milagro hizo que un inmortal acabara siendo muy mortal. Por cierto, existe otra leyenda sobre su figura, más concretamente sobre su pene, y es la que hace referencia a la reliquia que se conserva de su miembro, aunque esto es otra historia.

Tomado de  franciscojaviertostado.com

 
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