EL MANUAL DEL OTRO CARREÑO

No es que uno quiera echárselas de fino. De vez en cuando, especialmente al chocar el dedo chiquito de un pie contra la pata de una mesa en la oscuridad, suelta uno algún vocablo de cuatro letras considerado “vulgar” por otras personas que, cuando chocan el dedo chiquito de un pie contra la pata de una mesa, sueltan la misma interjección “vulgar”. Pero uno se cuida de no soltar el mismo “c-ñ-” en sitios donde pueda verse comprometida la imagen de gente “fisna” que uno quiere hacer creer a los demás que se es.

Por supuesto, toda esta disertación es válida para personas que, como el autor de esta columna, son ya mayores y recibieron una rígida educación que proscribía el uso de palabras ofensivas a la moral y las buenas costumbres, pero resulta incomprensible para los más jóvenes, entre quienes es normal, y hasta “estar en algo” soltar diez o doce obscenidades por minuto, en reemplazo de las que el diccionario de la Real Academia de la Lengua nos recomienda. Para ellos, algunos epítetos, como “marico”, son simples muletillas, que en otro tiempo hubieran significado una ofensa grave, que ponía en duda la hombría del destinatario y digna de un arreglo violento que zanjara una virilidad en entredicho.

Los organismos del estado han sido siempre muy celosos del lenguaje que se difunde a través de los medios de comunicación, aunque se han relajado un poco desde que un hombre tan culto y de tanta autoridad moral como lo fue Don Arturo Uslar Pietri, usara en público la palabra “pendejo” hace ya unos cuantos años. Desde ese entonces, cualquier pelagatos recién llegado al poder se viene considerando con derecho a proferir vulgaridades e insultos impunemente en los canales de televisión, en las emisoras de radio, y en los medios escritos.

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Hasta el mismísimo presidente de la República ha pronunciado una fea y maloliente palabra de tres letras, que comienza por “p” y termina por “o”, para referirse a una posible situación irregular surgida a raíz de unos resultados desfavorables a su causa que pudieran ser motivo de manifestaciones y disturbios. Palabra que ha repetido César Miguel Rondón sin ningún pudor en un reciente artículo para referirse a la velada amenaza proferida por un individuo que ha firmado un pacto, ante una supuesta Tibisay, donde promete respetar el resultado de las venideras elecciones, de cuyo triunfo alardea de estar muy seguro.

Así que no es de extrañar que un parasitario diputado del régimen haya dado a conocer su clase y su cuartelera ordinariez al expresarse ofensivamente de un exitoso empresario, trabajador como pocos y capaz de mantener a flote una gran empresa en estos tiempos de desastre económico al cual nos ha llevado este nefasto régimen que lleva tres lustros acabando con el país, con mucho éxito, por cierto.

Pero tampoco podemos esperar mucho del buen hablar de los venezolanos, cuando en los textos recomendados por los planteles escolares encontramos expresiones como “circula el caballo que está más lejos”. Uno no sabe, suponiendo razonablemente que el autor de tan infeliz texto es natural de esa isla, si en Cuba los caballos “circulan”, porque se supone que los caballos cabalgan, trotan o “pasillanean”, pero no que circulan. Mucho menos si no tienen permiso de circulación expedido por el correspondiente ministerio.

Será difícil corregir tanta vulgaridad y falta de cultura, pero votar el 6 de diciembre, y defender esos votos para evitar cualquier tipo de flatulencia, será el comienzo de una nueva Venezuela.

Amén.

 

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