VIDA VIRTUAL TRAS LA MUERTE

Las nuevas tecnologías y la ciencia están transformando el modo en que nos enfrentamos a nuestro final y al de nuestros seres queridos

Javier Sampedro

Cualquiera que sea la forma de inmortalidad que nos depare el futuro —holograma o avatar, curación o clonación—, hay una de la que ya disponemos hoy, la permanencia en las redes sociales, una forma de vida virtual después de la muerte que seguramente deje al muerto tan frío como estaba, pero de algún modo deposita una copia suya en la nube para consuelo de sus allegados, o al menos de sus amigos en Facebook. Nos guste o no, esta es la manera de morirse en los albores del tercer milenio, y faltar a ella empieza a parecer tan desconsiderado como ponerse una corbata roja en un entierro.

Por mentira que parezca, Facebook todavía no ha cumplido un decenio, pero ya se le han muerto 30 millones de usuarios, siguiendo esa fatídica costumbre que tenemos todas las cosas biológicas en este valle de lágrimas. Ese es por tanto el número de almas que andan penando por el lado oscuro de la red social de Mark Zuckerberg. Es como un Shanghái y medio de espectros digitales fotando por el hiperespacio —la ciudad más poblada del otro mundo—, y sus efectos se están dejando notar en este.

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No es infrecuente, por ejemplo, que te llegue una petición de amistad de un muerto, lo que te puede dejar en un estado de ánimo filosófico, por llamarlo de alguna forma. Facebook, de hecho, ofrece la posibilidad de crear una cuenta conmemorativa de los usuarios que nos han dejado, y hay sitios como Duelia.org que están dedicados exclusivamente a ese tipo de cosa. Otras empresas, como el Grupo Mémora, permiten recopilar el legado digital del finado, lo cual puede resultar pavoroso, al menos en ciertos casos. Por fortuna, hay otras firmas, como Postumer.com, que se centran en todo lo contrario: eliminar las cuentas del muerto y borrar su paso por este mundo para empezar de cero en el otro. La gente se muere y para la mayoría parece trivial qué va a pasar con todos sus me gusta y sus tuits. Pero el legado digital crece sin medida: cerca de 55 millones de fotos se publican en Flickr cada mes, Youtube da alojamiento a cientos de miles de vídeos a diario y uno de cada cinco habitantes del mundo tienen una cuenta en Facebook.

Pese a todo lo anterior, los entierros, incineraciones y funerales siguen siendo tan reales como antes de que se inventara el transistor, aunque no por ello permanecen inmunes al empuje tecnológico. Un tercio de los asistentes a los entierros, por ejemplo, se hacen selfies en el cementerio, y muchos de ellos cuelgan la foto en Instagram sin haber esperado ni al soterramiento de la caja, según un estudio con 2.700 encuestados encargado por la funeraria británica PerfectChoiceFunerals. La razón por la que la funeraria encargó ese estudio no está del todo clara; tal vez piensen alquilar palos de selfie a la llegada de la comitiva mortuoria: en esos tristes momentos siempre hay quien lo olvida en casa.

Sí, puede parecer escandaloso, irritante, de mal gusto, pero recordemos esos funerales de Nueva Orleans que todos hemos envidiado en secreto, cuando, una vez la carne mortal se ha dejado en el hoyo, la orquesta vuelve al bollo con brillante bronce y achispada síncopa. ¿Qué importa un selfie al lado de todo eso?

O, ampliando el foco de la pregunta: ¿qué hay de realmente nuevo en el duelo en el mundo contemporáneo?, ¿nos otorgan la ciencia y la tecnología alguna forma nueva, siquiera metafórica, de inmortalidad? Y si no lo hacen ahora, ¿lo llegarán a hacer?

Respecto a la primera pregunta, relativa a la situación presente, Facebook, los blogs y las demás webs dedicadas al duelo y la memoria están extendiendo a la población general lo que hasta ahora era el privilegio de los grandes escritores, los memorialistas y otras celebrities: la forma de inmortalidad que otorga la obra. Pero este asunto ya lo zanjó hace tiempo Woody Allen, que no quería ser inmortal en su obra si no a través de no morirse. Exacto. Y ahí está el problema.

El problema es que, por más que digan los curas, los metafísicos y los libros de autoayuda, la muerte no es un asunto religioso, metafísico ni psicoanalítico, sino tan material como la vida misma, que está hecha de cosas que se deterioran, degeneran y se desintegran. Pocos principios habrá tan generales como ése. Todos entendemos perfectamente la muerte, siempre que sea la muerte de los otros. Nuestra incapacidad para aceptar la nuestra, y de vivir tranquilamente hasta que llegue, no es más que una consecuencia de lo díficil que resulta entender la idea de no ser. Pero también es difícil entender el bosón de Higgs, y ahí lo tienen fotografiado en Ginebra.

¿Nos hará inmortales la clonación? No, por el amor de Dios. Un clon no es más que un hermano gemelo, solo que vive más tarde. Y, viendo a una pareja de gemelos, a nadie se le ocurre que, si se muere uno, el muerto vaya a sobrevivir en el otro. Son dos personas, todo lo parecidas que se quiera, pero dos. Entonces, ¿no será posible descargar la estructura cerebral de uno, incluidas todas sus experiencias y sus recuerdos, en algún tipo de soporte físico o lógico? Pues seguro que sí, pero el resultado no serás tú, sino otra cosa que se parecerá a ti todo lo que quieras, pero será otra cosa. Lo mejor será que nos olvidemos de ser inmortales. Si cada uno dejamos una página de Facebook, no habrá nadie para leerlas y seguiremos solos e ignorados durante una eternidad de silicio, un infinito interminable, una nada como cualquier otra, un aburrimiento.

Tomado de tecnologia.elpais.com

 

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