¡¡¡ FRAUDE ELECTORAL !!!

Se acerca el mes de diciembre. El país entero se prepara para el evento comicial. La tensión ha alcanzado niveles impresionantes. Los allegados al gobierno están convencido de que pase lo que pase el gobernante no entregará los logros alcanzados. Se sienten confiados porque piensan que el sector militar apoya firmemente al gobierno y que son tantas las prebendas que han recibido que sin duda serán leales. Se dice que muchos de esos militares se han enriquecido groseramente y que no permitirán que el régimen corra ningún riesgo. ¡Se trata claramente de un régimen militar¡

Por otra parte, la oposición está siendo arrinconada. Muchos de sus líderes están presos o exiliados. La libertad de prensa está severamente restringida. Existe en la práctica un estado policial.

La propaganda gubernamental está diseñada con triunfalismo para sembrar una “desesperanza inducida”, una resignación que paraliza los ánimos de muchos opositores, quienes llaman incluso a no votar bajo el argumento de que se estaría convalidando una dictadura.

El gobierno tiene oídos en todas partes y conoce el malestar profundo que se siente en las entrañas del pueblo. No está dispuesto a correr riesgos. En connivencia con unas autoridades electorales sumisas se concerta un desenlace favorable al régimen.

Llega el día que todos esperan. El Consejo Electoral monitorea la situación. Desde tempranas horas las cifras comienzan a llegar directamente a Miraflores.

A las 12 del mediodía del 15 de diciembre de 1957 ya la situación está decidida. El régimen ha sufrido una contundente derrota en aquel plebiscito planificado por Laureano Vallenilla Lanz y respaldado Pedro Estrada.

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Al ver las cifras, el general Marcos Pérez Jiménez dice con su habitual serenidad:

– “Llegó la hora de actuar”. Todo estaba ya planificado.

El día 20 de diciembre de 1957, el Consejo Supremo Electoral anuncia los resultados oficiales del Plebiscito:

– El Si (a favor de la reelección del General Marcos Pérez Jiménez): 2.374.790 votos

– El No (en contra): 364.182 votos

– Votos Nulos: 186.015.

El fraude se había consumado. El camino del “Nuevo Ideal Nacional” lucía despejado.

La obra de Pérez Jiménez no podía ser puesta en duda. Durante su gobierno Venezuela había sido la economía de mayor crecimiento en el mundo. Según cifras de las Naciones Unidas éramos -después de EEUU, el Reino Unido y Francia- el cuarto país del mundo con mayor renta media per cápita. El bolívar venezolano y el franco suizo eran las monedas más sólidas del planeta (más que el dólar). Se habían construido autopistas, puertos, aeropuertos, grandes avenidas, carreteras, universidades, represas, acueductos, hoteles, teleféricos y la industria de la construcción crecía a un ritmo frenético. La inflación era inexistente y todo abundaba.

Además, el petróleo venezolano era vital. Venezuela había aportado el 60% del petróleo usado por los Aliados en la II Guerra Mundial y su importancia estratégica había quedado ratificada durante la Guerra de Corea y después con la nacionalización del Canal de Suez por Gamal Abdel Nasser.

Parecía pues que rodeado por sus Fuerzas Armadas y respaldado por su obra, el futuro del gobierno de Pérez Jiménez estaba garantizado. Pero no era así. Se había cometido un fraude electoral y tanto los militares como el pueblo lo sabían.

El 31 de diciembre de 1957, apenas 16 días después del plebiscito y 10 de anunciarse el fraude, Miraflores se vestía de gala en una suntuosa recepción para celebrar tanto el triunfo como el año nuevo.

Esa misma madrugada los aviones sobrevuelan Caracas. La aviación se había levantado, al igual que tropas de la guarnición de Maracay -cuyos tanques avanzaban hacia la capital- así como dos unidades blindadas del cuartel Urdaneta en Catia.

La ciudad se despierta sobresaltada. Los rumores pululan por todas partes. La Seguridad Nacional se apresura a actuar. El levantamiento es controlado y sus líderes apresados … pero la estabilidad del régimen había quedado comprometida. Tratando de reparar el daño y de calmar a las Fuerzas Armadas, Pérez Jiménez sacrifica a las dos principales figuras de su gobierno, Laureano Vallenilla Lanz (Ministro de Relaciones Interiores) y Pedro Estrada (Jefe de la temida Seguridad Nacional). A la vez nombra un nuevo gabinete eminentemente militar.

La emergencia lucía controlada, pero no era así. La sociedad no aceptaba la dictadura. Desde el 1 de mayo del año anterior monseñor Arias Blanco, Arzobispo de Caracas, había difundido una Carta Pastoral denunciando los atropellos. La corrupción era vox populi. Las universidades y los estudiantes estaban conmocionados, al igual que los intelectuales, profesionales, sindicatos y partidos políticos. Todos conocían las atrocidades que ocurrían en las celdas de la Seguridad Nacional.

Aquellas Fuerzas Armadas, que se creía estaban absolutamente plegadas a Pérez Jiménez, no estaban dispuestas a transigir con el fraude. La unidad de las FFAA era un mito. Los jefes militares deben granjearse el respeto de sus subordinados respetando la Constitución. Quien apoya un fraude electoral se pone al margen de la misma, pierde la autoridad moral y no será obedecido por quienes se apeguen a su juramento de respetar y hacer respetar la Carta Magna. Es más, el militar que apoye un fraude comete un delito e incurre en responsabilidad penal, sin que le sirvan de excusa órdenes superiores.

Finalmente el 23 de enero, apenas cinco semanas después del plebiscito estalla el golpe. El fraude había sido el detonante. El presidente, que además había asumido el cargo de Ministro de la Defensa, llama a las principales guarniciones para pedirles su apoyo.

– “¿Puedo contar con Uds?”

– “No mi general, no después del fraude”, es la respuesta que recibe.

El Jefe de Estado analiza la situación con sus allegados. Entre ellos estaba el general Luis Felipe Llovera Páez quien le aconseja:

– “Mejor nos vamos Marcos, el cuello no retoña”.

Aquella misma madrugada, Pérez Jiménez y su séquito se dirigen a La Carlota y desde allí parten al destierro a bordo de la “vaca sagrada”. Terminó preso en Miami y después cumpliendo su condena en la cárcel modelo de Caracas. Muere en el exilio.

Como corolario de esta narración, conviene acotar que cuando un gobierno destruye su propia legitimidad y engaña al pueblo, ya no hay fraude electoral que valga. Ante circunstancias similares, la historia tiene una terca tendencia a repetirse.

 

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