CONDENADO EXCANDIDATO PRESIDENCIAL

Por traición y sedición. Antonio Leocadio Guzmán, 1847

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Antonio Leocadio Guzmán

“El hombre caminaba esa mañana rumbo a San Jacinto. Iba ensimismado, sin mirar la cara de los transeúntes que se encontraba en el camino. Salía del tribunal y la ruta ya la conocían sus pies, así que no temía desviarse. Su preocupación era otra. Como abogado estaba acostumbrado a los sinsabores del ejercicio, más en esos días, donde los juicios y las decisiones eran sesgados, influidos abiertamente por el interés político. Su destino era la cárcel, para informar a su cliente la decisión del juez. Lo más probable, que el encausado presentía un resultado no favorable, pero el problema no era ese, sino la magnitud de la sentencia. En el bolsillo llevaba un papel doblado, con el basamento legal de la condena. Artículo Segundo, Caso Cuarto de la Ley de Conspiradores, referido a los que persuaden o aconsejen los delitos de traición y conspiración. Lo irónico del caso es que su cliente había refrendado esa ley, cuando se promulgó en 1831.

El hombre se ajustó un poco el chaleco y siguió hacia la cárcel pública de Caracas, lateral al mercado de San Jacinto. Todavía andaba con los pensamientos un poco revueltos, intentando poner orden a sus ideas para el momento de hablar con el condenado. “No es cualquier cosa decirle a un hombre que tenía seis meses encerrado en un tétrico calabozo, húmedo, insalubre, y además hacinado con cuatro presos, que no disfrutaría del aire libre, ni del abrazo de su esposa, o del cariño de sus hijos. Que el juez Osío estaba en su contra desde el principio se sabía, pues respondía al gobierno. Que el nuevo ministro del Interior, Ángel Quintero, enemigo personal y político, había acelerado el juicio, tampoco era una sorpresa. Pero siempre se tuvo la esperanza de que los testimonios a favor influyeran en el juez. Eso no sucedió,  pues ninguno de los testigos presentados por la defensa fue tomado en cuenta. En cambio, gente sin credibilidad fue valorada, con dichos tan fuera de lugar como que un grupo de exaltados había dado “vivas” a su cliente al momento de producirse los hechos”.

José Tadeo  Monagas

José Tadeo Monagas

El abogado González conocía la historia  de arriba abajo. Su defendido había fundado el periódico “El Venezolano” y a partir de ahí surgió el Partido Liberal, el cual se opuso frontal a la oligarquía militar conservadora. Pasados los años, la crisis económica y la mala situación del gobierno, hicieron que Antonio Leocadio Guzmán se lanzara de candidato presidencial. En 1846 se realizarían las elecciones, y ahí se produjo el problema. Al parecer Guzmán tenía altas probabilidades de ganar, y no hubo manera de que las facciones políticas se pusieran de acuerdo para efectuar los comicios. Quedaba recurrir al general Páez, quien en verdad estaba en contra de Guzmán. Este, acompañado de sus seguidores, fue hasta La Victoria, a instancias del general Mariño, para entrevistarse con Páez y llegar a un acuerdo para ir a las elecciones. Justo cuando estaba a punto para el encuentro,  estalló una revolución campesina. Los alzados gritaban “viva Guzmán”, quien no tenía nada que ver con la asonada. Él era un político civil.

A medida que avanzaba el abogado se decía: “Mi cliente pecó de ingenuo a pesar de su experiencia política que no era poca, pues había sido muy cercano a Bolívar, y alto funcionario del gobierno de Páez. Debía saber que los militares se consideraban  los jefes de la República, por haber participado en la Independencia. Por eso lo pusieron preso, acusado de sedición. Se realizaron las elecciones presidenciales y Monagas, el candidato de Páez, “ganó”. Cuando nombró a Quintero como ministro, a mi defendido se le fue la esperanza, pues bastante lo había combatido a través de “El Venezolano”.

José Antonio Páez.

José Antonio Páez.

Sin darse cuenta llegó a su destino. En la puerta de la cárcel enseñó un papel y un soldado lo llevó al oscuro calabozo. Allí consiguió a un hombre con los ojos hundidos por el insomnio, sin afeitar y con una camisa que alguna vez fue blanca. Las opacas pupilas le preguntaron, mudas y ansiosas. Y contestó: “A muerte. Ahora queda apelar al Presidente. Todavía hay esperanza. Mire que en este país pasa cualquier cosa y los imprevistos nunca se ven venir”.

 

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